“Reforma del Estado”, una isla rodeada de improvisaciones

Por Carlos Verón de Astrada

A partir de enero se tenía la información de la existencia de un virus que podría resultar en pandemia. Ya declarada la pandemia, el gobierno ordena por decreto a la población quedarse en sus casas sin considerar que hay sectores de la población que no tienen casa, y otros grandes sectores cuya subsistencia se realiza fuera de sus casas. Desde una actitud inmediatista por primaria, un gran público aplaudió la medida.

Cuando se empiezan a sentir las consecuencias económicas de esa medida, lo primero que se le ocurre al gobierno es entrar en una urgente política de austeridad, a la que llama “reforma del Estado” que al estar impulsada por la mera austeridad, esa “reforma del estado” se limita a reducir el gasto público, Y esa disminución supone simplemente reducir gastos corrientes principalmente lo que tiene que ver con salarios y remuneraciones a funcionarios estatales. Y la tan mentada “Reforma del Estado”, se plantea y se piensa implementar en medio de la tormenta del coronavirus.

Todo este grotesco espectáculo da cuenta de la falta total de la idea de lo que es un Estado. Si se tuviera, se sabría que reformar un Estado, es una cosa mucho más seria que reducir algunas erogaciones públicas. Reformar un Estado es algo mucho más profundo que reformar la Constitución, y reformar la Constitución como todos sabemos, tiene un proceso bastante complejo.

Reformar el Estado supone modificar toda la estructura de la organización política de la Sociedad. Saber por ejemplo si la democracia representativa en vigencia está en relación con nuestra sociedad; saber si estructurar el gobierno del Estado en tres poderes cabe modificar o no. A lo mejor hacen falta más poderes, y si esos poderes a su vez tienen una estructura y composición acordes con nuestra realidad actual.

A lo mejor si hacen falta más poderes esos tengan necesidad de estructuras más simples pero eficientes. Por ejemplo un Estado con 7 millones de habitantes a lo mejor con un poder legislativo unicameral sea lo que corresponde. A lo mejor reducir la cantidad de departamentos con estructuras más funcionales y eficientes. A lo mejor definir con más claridad la competencia de las gobernaciones, algo de lo cual hasta ahora se carece.

Un Estado como organización política de una sociedad existe si es una organización eficiente y eficaz. Al Estado que tenemos por efecto de la improvisación, y sobre todo por haber sido concebido por encima de la realidad de nuestra sociedad, lo que le falta es eficiencia y eficacia.

No tenemos un Estado grande que haya que achicar. Lo que tenemos es un Estado inflado, con reparticiones disfuncionales, y con un supernumerario ineficiente que se concibe para dar de ganar a la clientela política.

Todo eso, nos debe hacer saber que una reforma del Estado requiere una reforma constitucional.

El peor flagelo que nos azota es nuestra improvisación. Hasta el punto que ahora , a las apuradas, después de haber sido sorprendidos por la pandemia porque nunca priorizamos la salud y esto a su vez porque priorizamos a un sector minoritario de la población al que no se cobra impuestos, sector que es el poder fáctico intocable y sagrado que determina nuestra vida o nuestra sobrevivencia, referentes del Poder Ejecutivo pretenden hacer una “reforma del Estado” on line.

Si no estuvimos preparados para esta coyuntura global que nunca consideramos porque nos creemos el ombligo del mundo, porque desde nuestra folclórica fantasía, tenemos una vida autónoma, paremos por un momento la locura y tratemos de usar la razón. Porque lo que nos va a matar no será tanto el virus, como nuestra irresponsable improvisación.

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