Realicemos juntos el sueño de una Asunción inclusiva

Por Cayo Acosta*

Mi nombre es Cayo Sebastián Acosta Cuenca, nací en Asunción (Paraguay) el 4 de julio del año bisiesto de 1960. Mis padres fueron Don Cayo Acosta (de extracción obrera) y Doña Fermina Cuenca de Acosta (de extracción campesina). Cuando tenía un poco más de un año, mis progenitores se dieron cuenta de que algo no andaba bien en mi y que no me podía quedar sentadito como los demás bebés.
Fue una época muy difícil ya que se sucedieron innumerables consultas médicas. En este lapso muere mi hermanito Mario, a quien no lo pude disfrutar. Me contaban de que algunos parientes y vecinos decían, que lo que yo tenía era un castigo de Dios. Mamá y Papá nunca lo asumieron como una verdad.
A mi Papá le convencieron de que yo estaba con problemas por alguna enfermedad y le recomendaron los mejores especialistas de la época. A los seis años me sometieron a una cirugía bastante delicada. A pesar de los intensos tratamientos médicos, nunca hubo un diagnóstico cierto y seguía en las mismas. Pero la persistencia era firme. Me llevaban a cuanto médico (científicos o brujos) les recomendaban, pero nada. Eso sí, aprendí muchas cosas en esas visitas.
Papá viajaba mucho en esa época a Venezuela. Y en una de las fotos que traía, vi a un amigo suyo, parado con “bastones canadienses”. “Este quiero papá”, le dije y él me contestó “no vas a poder usar mi hijo”. Pero tanta era mi insistencia, que el viejo fue a donde un amigo herrero y fabricaron una de hierro puro. A los 10 años, por fin pude caminar sin los molestos andadores e ir orondo a la escuela.
Pero la gente quería que yo me cure. A los 12 años, una señora le recomendó a Mamá, que haga caldo de Ipokué (las patas de la vaca) y que solo eso me diera como comida y cena por una semana, para volver a caminar. Al segundo día ya no aguanté y entré en un grave cuadro de intoxicación. Tal fue el susto de la pobre vieja, que desde ese momento ya no hizo caso a ningún brebaje que le recomendaran.
A esa misma edad, unos vecinos muy sugestionados por las masivas campañas evangelizadoras, me llevaron a una “gran jornada de sanación” de un famoso Pastor de aquella época que curaba de todo, en el “nombre de Jesus”.
Y allí estaba yo, parado en el escenario con mis muletas, ante una delirante y sugestionada multitud. De repente, el predicador, me miró y pidió gritando a los cielos a que se me perdonara todos los pecados que habían en mi; que tire los bastones y camine hasta él. Obviamente que dos pasos fueron bastantes, para estrellarme por el tablado del escenario. El charlatán comenzó a justificarse divinamente y su equipo de producción comenzó a soliviantar a la masa, para distraer la atención ante el estrepitoso fracaso de sanación.
En fin, mi vida seguía de la misma manera. Mi mamá tenía una despensa y yo trabajaba con ella, atendiendo el negocio, mientras que tenía otros quehaceres. Cuando llegaba gente gritaba con todas mis fuerzas, “hay que vieeeeneeee”. Esto me ayudó a fortalecer mi caja toráxica y aprimorar mis cuerdas vocales.
Disfrutaba mucho de ese trabajo, ya que me permitía ver el movimiento del vecindario y conocer hasta sus más secretas historias.
Cerca de los 16 años, una chica llegó al vecindario y mi corazón comenzó a actuar de manera extraña. Llegó a mis oídos que una vecina le dijo a otra, “pobrecito, ¿como irá a la casa de su novia si nunca podrá manejar?”. Todo mi mundo se vino abajo, con días y días pensando, hasta que una siesta, sentado en la camioneta “Kombi” de la familia, le pedí a un hermano que me trajera la llave. Y con eso en la mano, recordé todos los movimientos que hacían los distintos conductores para manejar.
Arranqué el vehículo, e increíblemente pude conducir. Luego, por concluir mi bachillerato, Mamá me regaló un escarabajo azul, que fue mi compañero por muchos años. Me integré a la sociedad, pude también reunirme con mis amigos para gritar: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar.
Pero allí también comencé a descubrir todas las barreras físicas y actitudinales, que una persona con discapacidad pudiera sentir.
A los 16 años estudié por correo para ser caricaturista y a los, 18 cinematografía, también por correo. Estudié locución en la Escuela Municipal, que tenía una escalerota feroz. Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica, en el viejo edificio del Rectorado, que también hacía galas de sendas escaleras.
Pero los más jodidos para mí fueron las barreras actitudinales, con alto contenido de discriminación. Presentaba mis caricaturas a algunas editoriales y tenía como recurrente respuesta, “tus dibujos no son buenos”.
Soñaba con ser locutor de radio, pero numerosas estaciones de broadcasting locales, tenían sus estudios en la planta alta. Cuando por fin me tocaba audicionar para un empleo, daban otra recurrente respuesta, “tu voz no es adecuada para FM, así que lastimosamente no podrás estar en esta emisora.
Tampoco tuve suerte en los Canales 9 y 13, pidiendo trabajo como editor de video. Allí simplemente me ignoraron, no dando absolutamente crédito de mi preparación en la materia.
Decidí probar suerte en la militancia sindical. Fue mucho peor de lo que pensaba. Más barreras arquitectónicas y mas barreras actitudinales. “Están buenos tus afiches, pero los de “PataPilas” son mejores”. Y nuevamente perdía otra opción de trabajar. Era algo tan perverso, ya que nunca fueron claros conmigo. Me llenaban de elogíos con lisongeras palabras, pero yo perdía viajes de estudios, trabajos, contratos y hasta la alegría de vivir. Como tabla de salvación, abandoné todo y comencé una desesperada carrera como emprendedor, habilitando un Video Club, que no duró mucho tiempo.
Después conozco a la mujer que cambiaría toda mi vida y todo mi universo. Formamos un núcleo familiar con vigencia de 32 años. Contraigo matrimonio el 21 de setiembre de 1989 con María Teresa Stark y comenzamos un viaje alucinante por la vida. Experimentamos tantas cosas para el sustento familiar y formamos un cálido hogar.
En 1995 y por insistencia de un amigo, me presenté a una convocatoria para integrar el staff del entonces naciente Diario La Nación. En la entrevista de trabajo fui recibido por su entonces propietario Don Osvaldo Domingues Dibb quien me dió la bienvenida personalmente. Estuve en el periódico por 11 años.
En el 2004, sin que me vean, fui contratado como corresponsal de una estación de radio de la ciudad de Nueva York por casi tres años.
Pero nuevamente el fantasma de la discriminación se hizo presente, para que yo perdiera el empleo en La Nación.
Otro hecho marcante en mi vida fue la aparición en el 2006 de la Convención por los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad. Por fin tenía a disposición una magnífica herramienta jurídica que me ayudaría a cambiar mis propios paradigmas y encarar mi causa por la defensa y promoción de los derechos humanos, de un sector tan desfavorecido como al que pertenezco.
Enarbolando los principios de la Convención y después de varios intentos, pude ingresar al cuadro propio de la Itaipu Binacional en marzo del 2010. Me cupo la oportunidad de trabajar por los Derechos de las Personas con Discapacidad, integrando el grupo que formó el Comité de Diversidad Funcional, del que fui su primer y único Coordinador hasta el año 2015. El 2020 dejé de pertenecer al cuadro activo, llevando un bagaje de grandes enseñanzas y experiencias.
Hoy día, con todas mis viscicitudes, puedo darme cuenta de que por más de que en aquella época dibujara como Fontanarrosa o tuviera la voz de Jacinto Herrera, nunca me hubieran contratado. Les quedaba más cómodo responsabilizarme de sus rechazos con pretextos que atacaban mi formación, talento o actitudes; y casi casi, me convencen, porque si no fuera a que aquella estación de radio de Nueva York, me contratara sin conocerme físicamente y pagara en dólares, hasta hoy seguiría dudando de mis capacidades.
Ahora llego a uno de los retos más importante en mi vida: invitarles a que unan conmigo en la lucha por la “causa” de las personas con Diversidad Funcional (Discapacidad), aplicar los principios de la Convención por los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad y mejorar nuestra calidad de vida, en un municipio cuyas estructuras aún siguen ingratas y excluyentes.
¿Será que esta breve historia que les relaté, tenga similitud a la de otras personas con Discapacidad?
¿La discriminación, la falta de accesibilidad, la falta de igualdad de oportunidades, la urgencia y la soledad te afecta o afecta alguien cercano a vos?
Por ello vengo a convocarles a cambiar la forma de vivir en esta hermosa y querida ciudad de Asunción.
¡Necesito de todos y todas para que en la legislatura municipal, pueda reivindicar a los y las que como yo, pasamos por la falta de oportunidades, barreras físicas, actitudinales y de comunicación. Así también trabajar por un cambio efectivo en las ordenanzas que hagan realidad una ciudad, accesible e inclusiva. Y como dijera Raúl Seixas: «Un sueño que se sueña solo, es un sólo un sueño, que se sueña solo. Pero un sueño que se sueña juntos es realidad».

*Es activista por los derechos de las personas con discapacidad. Pre candidato a concejal de Asunción por el Frente Guasu.

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