Quebrar el miedo

Por Julio Benegas Vidallet

Anoche, en un encendido diálogo con amigos, en una noche hermosa de cumple de La Rana Verde y de Karen, me excedí sobremanera en una cuestión que para mí, hace más de 10 años, es una inapelable realidad y una línea imprescindible en la construcción de nuestras demandas profundas: hay que prohibir las semillas transgénicas. Me cuesta, poderosamente, entender que la línea -además casi testimonial- de intentar cobrar un impuesto a la soja sea una línea liberadora. Si hoy no levantamos entre todas las organizaciones e individualidades ingnidadas, esponteneístas y demás deudos la bandera de quebrar el centro de acumulación del capital latifundista, esa que destierra todos los santos días a familias campesinas e indígenas de su casa, de sus bosques, de sus arroyos, de sus mymba, no estaremos discutiendo con seriedad una salida que relaje, mínimamente, la tensión social, el ecocidio, la deforestación, el calor sofocante, las tormentas que destrozan todo a su paso por falta de colchones arbóreos y, finalmente, el despojo que hoy hace comer y rebuscarse en la basura a millones de paraguayos desterrados que no encuentran, dentro de este modelo de acumulación, un empleo no digo digno, un empleo que no sea miserable, que no te haga trabajar 10 a doce horas al día sin seguro social, sin vacaciones, sin permisos de maternidad.

Qué nos falta para entender que no podemos vivir con los transgénicos, que la Región Oriental es pequeña, que por todas lados, adonde talen y conviertan en páramo, habrá niños que hayan nacido con deformidades, arroyos que se hayan contaminado con el veneno. No sé, no entiendo. Un socio me dijo: «pero, Julio, si este sistema no aguanta un p..10 por ciento de impuesto a la exportación en bruto, es irreal, ingenuo, plantear la eliminación de los transgénicos. Con qué fuerza, con quiénes..En la Argentina no se plantea, en Brasil tampoco…»

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-Hay que hacerlo, hay que hacerlo, atreverse en serio a hacerlo. Más temprano que tarde la demanda principal de toda nuestra sociedad será eliminar las semillas transgénicas y los 25 millones de litros de veneno que consumen año para que la plantita crezca y se vaya a China a engordar los chanchos.

Hay que hacerlo. Hay que atreverse.

Creo que alcé la voz, es que este tema realmente me asusta, el tema en sí y el miedo a plantearse cosas que pueden golpear nuestros propios oídos.

No sé, la noche estaba muy linda y creo que forcé demasiado el tema. Disculpas. La Rana Verde, Sajonia, cumplía 32 años; Karen 33. Era mi primera cerveza con Juan luego del premio Gabriel García Márquez al Surtidor. En más, disfrutamos de un recorrido por tantas corrientes musicales que relajaron mi bronca y me llevaron por senderos de alta fraternidad con amigos y los devotos de una de la paradas más emblemáticas de Sajonia: La Rana Verde.

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