¿Qué nos pasó?

El lunes 18 mayo, en horas de la tarde, recorrieron las redes sociales conmovedoras imágenes y videos del asesinato de del ciudadano afroestadounidense George Floyd, en manos de la policía. En un video que dura aproximadamente dos minutos, se pudo observar a Floyd esposado y acostado en el piso, a un policía presionando con su rodilla su cuello y otros tres custodiando a sus compañeros.

Según la crónica, el hecho inicio cuando supuestamente Floyd intento comprar algo con un billete falso de 20 dólares, lo que provoco una desmedida reacción policial, en un acto claramente racista, que motivó la indignación a lo largo y ancho de EEUU, con una serie de protestas.

El criminal acto policial tampoco es algo nuevo, pareciera ser un hecho cotidiano para la comunidad negra, víctima del racismo y discriminación, algo que reconocen hasta estrellas de Hollywod con pomposos lujos, como Will Smith que afirmo hace unos días: “el racismo no empeoro, solo que ahora es filmado”.

La era digital de la información permitió que al instante observáramos el triste momento en que un ciudadano afroamericano pedía clemencia para respirar, para luego desvanecerse, escena similar se había visto en la célebre película protagonizada Edward Norton, “American History X”.

Sin dudas que liderazgos con el perfil de Donald Trump o Jair Bolsonaro motivan conductas como estas, ya que, bajo el manto de un discurso xenofóbico, racista motivan y apañan conductas discriminativas, que en muchos casos tienen desenlaces trágicos como lo que ocurrió con Floyd.

Muchas veces nos preguntamos, por qué una persona, en este caso un policía, podría dañar a otra persona con tanta saña, solo por su color o ideología política. Sin embargo, también es importante detenernos en algo que pasó desapercibido durante el video; ¿Por qué algunas personas estaban filmando el suceso y otros miraban estupefactos, sin por lo menos hacer un intento de salvar la vida de Floyd mientras este pedía clemencia?

El experimento

En 1974, el psicólogo Stanley Milgran, publicó el resultado de un experimento realizado en la década del 60, conocido como el experimento de “obediencia a la autoridad”. Milgram recluto alrededor de 40 personas, mediante un anuncio en el periódico, por el cual se invitaba a la gente a participar sobre un experimento sobre “aprendizaje y memoria”. Por el solo hecho de participar, los voluntarios ya cobrarían.

El experimento contaba con 3 participantes, un “alumno”, un “maestro” (los cuales se elegían por sorteo) y un investigador, que fungía como encargado del experimento. La actividad consistía básicamente en que el voluntario que tenía el rol del maestro, debía dictar varios pares de palabras al alumno y este luego debería repetir los mismos pares sin equivocaciones. Si el alumno se equivocaba, recibiría por parte del maestro, pequeñas descargas eléctricas que irían aumentando gradualmente si los errores se repetían.

Todo eso, hasta el momento, era aceptado voluntariamente tanto por el maestro como por el alumno (consenso), pese a lo macabro que pudiera parecer, el alumno estaba sentado en una silla y atado de manos y pie, ya que la supuesta consigna del experimento, era ver cómo funcionaba la memoria en una situación de presión y con un castigo latente.

La realidad es que el supuesto sorteo ya estaba armado y el “alumno”, que recibía descargas eléctricas, era un voluntario del instituto, el cual aparentaba supuesto dolor cuando el “maestro” (voluntario original), le impartía supuestas descargas eléctricas ante cada error.

En un momento determinado el “alumno” le solicita al “maestro” que pare con el experimento, ya que las descargas eléctricas le dolían cada vez más. Cuando el maestro se interpela y piensa en parar, el investigador le solicita que siguiera, que él y el instituto se harían responsables de cualquier cosa.

El experimento concluyó  con el resultado de que los cuarenta sujetos obedecieron hasta los 300 voltios mientras que 25 de los 40 sujetos siguieron aplicando descargas hasta el nivel máximo de 450 voltios.

Consenso y coerción 

Podemos citar dos conclusiones del experimento de Milgran, que están relacionadas al suceso que citábamos al inicio:

El poder de coerción contiene en si primeramente un grado de consenso. Un sujeto o un grupo acepta que otro individuo o determinado grupo, tengan el poder de coerción, para regular lo que está bien o está mal, ergo se está delegando el poder voluntariamente. Algo que también es descrito por Gramsci en sus cuadernos sobre Estado y Sociedad Civil.

En un momento determinado, queda casi a criterio del que tiene el poder de la coerción, saber que tan drástico y duro de ser, esto es así tanto en el experimento de Milgram como en las constantes imágenes de abusos policiales.

El encargado de la coerción no tiene culpa, debido a que la responsabilidad de sus actos, es depositada en un “superior”, o en una norma “pre-establecida”, lo que hace que, durante la agresión al otro, no sienta que está sobrepasando ningún límite, más bien está cumpliendo su “deber”.

En el experimento, el “superior” es el investigador o el instituto, tanto así que cuando el maestro se interpela por estar agrediendo a otro, decide continuar luego de que el investigador lo exime de culpa.

El experimento de obediencia de Milgram es sumamente útil para analizar el caso del asesinato de Floyd, por un lado, la actitud de los policías, que, amparados por un Estado policiaco y un Gobierno con componentes racistas, sienten estar cumpliendo el deber al momento de “castigar a un negro”, sin mostrar culpa alguna, aunque este pidiera clemencia.

Por otro lado, la actitud pasiva en primera instancia de algunos ciudadanos que observaban lo que ocurría (las protestas iniciaron días después), asumiendo que la policía tenía el poder de coerción sobre alguien que probablemente estaba infringiendo la ley. Casualmente gran parte de la sociedad norteamericana, siempre asocia los delitos, con la población negra.

Solo se escucharon algunas voces que pedían a los policías dejar de lastimar a Floyd, nadie entro a empujar a los policías para intentar salvar la vida de este, ni individualmente ni en grupo.

Esta última anécdota no tiene como fin cargar con la responsabilidad de lo ocurrido a los ciudadanos presentes en el suceso, más bien, interpelar como el falso consenso sobre la coerción, nos hace tolerar sin siquiera percatarnos, una serie de abusos que se ven a diario, asumiendo que “seguro es por algo”, que una persona está siendo castigada. Por otro lado, la inmovilización que produce el miedo a la autoridad, donde preferimos no arriesgar nuestra integridad o sensación de seguridad, antes que salvarle la vida a alguien.

Floyd puede ser cualquiera de nosotros, puede ser alguno de nuestros familiares o seres queridos el día de mañana, no dejemos que la opresión y el miedo nos sigan gobernando plácidamente.

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