Punteros, los de vaka´i y los más chuscos

Hay un juicio social que desprecia al puntero político. Escuchamos la recriminación burlona respecto al que cambia su voto por vaka’i, tres leones, una remera o fideo a granel. Hablamos de quienes tal vez ya tienen resuelto el almuerzo, pero que no tienen muy claro el plan de la cena, gente que vive con un ingreso precario o eventual.
También se incluyen en esta clasificación a aquellos que llevan la marca de la carpeta roja bajo el brazo o el «quepi» del candidato a comité liberal de la zona. Entre ellos tenemos a algún portero o seguridad de una institución pública, a una trabajadora de limpieza de un colegio, a una asistente no técnica de una Secretaría Nacional de X, o al chofer de Municipalidad. Posiblemente es un trabajador o trabajadora formal, pero dentro precariedad… Un clásico «contratado» o un nombrado mal pagado. Para ellos también hay críticas, pero un poquito suavizadas.
En un eslabón más arriba en la cadena alimentaria de la política y, coincidentemente, en la capacidad de consumo, está aquel que administra a los de abajo. Es algún jefe o jefa que tiene el lugar reservado en el estacionamiento y que es saludado como «Dr.», «Licenciado» en cada pasillo. Este tiene un título universitario pero su cargo deviene de su hacer político o su vinculo social. En este eslabón la responsabilidad política es mayor, y el precio del trabajo de este «puntero fifí» se multiplica varias veces.
Es mínimamente sugerente ver que la repugnancia al puntero o ficha política es inversamente proporcional a sus ingresos. Es decir, mientras más precaria es la vida del puntero, es más vilipendiado por su hacer ¿Es cuestionado por pobre o es cuestionado por político?
Después vienen los que aprovecharon la oportunidad. Esos que se saltaron algunos eslabones de la cadena y que colorean con saber técnico su trabajo político. Del gobierno anterior tenemos a Santi Peña o a Soledad Núñez, por ejemplo. El primero pasó de ser un técnico a ser una figura política de un partido.
Peña tiene el talento de saber aprovechar las oportunidades personales. De ganar en 2013 el Partido Liberal (PLRA), casi no caben dudas de que hubiera convertido en una figura predominante del liberalismo local, la nueva generación del partido que se identifica con el azul. Su participación en la política de la mano de Horacio Cartes parece, a los ojos muchos observadores, no es más que un trueque por vaka’i y tres leones, pero de otro target, o sea, es contraprestación de una acción política por un beneficio económico, como la venta de votos lo es.
En ese sentido, es interesante como la clase media ya no se siente ofendida de que un «técnico» venda sus votos. Ya no hay chistes ni burlas sobre eso. En este caso se da una relación entre un pelagatos y el tipo más, o de los más ricos del país. Toda dádiva es necesariamente mita’i recreo.
Finalmente, aparecen los Roque Santacruz de escenario, personas que están lejos de la carencia y que tienen los recursos para un desarrollo económico propios. Sería ofensivo para Roque decir que él no sabe que utilizan su figura de deportista dentro de una plataforma política, con el mero vínculo, con la mera foto. Hasta el mensaje de que todo se compra, es un mensaje político. Algunos juntan votos el día de las elecciones, otros venden votos, y otros acumulan aceptación política para terceros, con estos gestos.
Sobre todo los expuesto, lo único trascendente es, para mí, no la descripción de la lógica política, sino que hay cierta hipocresía social de juzgar a los que brindan un servicio político por enlatados vacunos, y los que lo hacen por vínculos económicos mayores. El que es puntero, es puntero.

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