¿Por qué la gente vota a fascistas?

Por Bernardo Coronel

Los fascistas se caracterizan por su brutalidad y primitivismo: Donald Trump, Mauricio Macri y Jair Bolsonaro son buenos ejemplos. Sin embargo, en el siglo de los revolucionarios avances tecnológicos, del conocimiento, de conquistas en derechos humanos y de “primaveras democráticas”, la gente sigue votando a fascistas.

El cambio de las condiciones materiales no cambia la ideología

La visión estalinista positivista hasta hora sigue sosteniendo que cambiando la base material económica, cambiaría la conciencia de la gente, es decir, si socializamos los medios de producción todos seremos socialistas. Las cosas no son así. Bastó el decreto de un par de burócratas para la extinción de la Unión Soviética, y no hubo ninguna rebelión popular en contra. Lula sacó a más de 30 millones de la pobreza y convirtió a Brasil en la quinta potencia económica mundial. Lula está hoy en la cárcel y los millones que dejaron de ser pobres ya ni se acuerdan de él.

Una revolución es estéril si no está acompañada de un cambio de conciencia, lugar donde se da la verdadera lucha revolucionaria. «El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa», decía el Che para escandalizar al dogma soviético en los años 60. He ahí el error de los gobiernos progresistas, se preocuparon en la redistribución de la renta sin preocuparse en la formación política de la gente, dejando ese espacio a los medios de comunicación y las iglesias pentecostales que envenenan las mentes con la “prosperidad individualista”.

Después de la derrota en las elecciones parlamentarias del 2015, Maduro se lamentó por la ingratitud de los miles de venezolanos que fueron beneficiados por el programa de viviendas, pero que no fueron a votar por el Partido Socialista Unido (PSUV). Una vivienda sirve para mejorar las condiciones de vida de la gente, pero no para cambiar su conciencia.

Sectores del campo popular en nuestro país siguen sosteniendo que la profundización de la pobreza, inherente al neoliberalismo, conduciría a una rebelión popular. Tampoco es así, en la miseria extrema la gente opta por otra salida extrema: el fascismo, que es más afín a su conciencia liberal e individualista, formateada por siglos de capitalismo. Así fue en los años 30 en Europa y así es ahora, con Trump, Macri y Bolsonaro. El fascismo con su discurso contra la corrupción, la inseguridad, la globalización, está ocupando hábilmente el vacío que la izquierda abandonó. Es el mismo discurso que hacía Hitler arengando a la clase obrera alemana contra las atrocidades que produjo el liberalismo con la crisis económica de 1929.

En Paraguay, la crisis económica de mediados del 90, que llevó a la desaparición de una treintena de bancos y financieras, no elevó a los altares a la izquierda, sino a Lino Oviedo, un militar nazifascista, que convirtió presidente a Cubas Grau, con el ferviente apoyo del partido colorado.

El capitalismo no tiene solución

Bolsonaro así como Trump son la expresión de un agobiado capitalismo, que intenta remendar el orden neoliberal y el reformismo de izquierda en crisis. Son una respuesta a la crisis sistémica de este modelo capitalista, que casi colapsó el sistema financiero mundial en el 2008, y que algunos analistas presagian volverá a corto plazo con más violencia, a pesar de Bolsonaro y Trump.

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