Por la salud mental, en tiempos inciertos

Por Álvaro Lo Bianco*

Para la profesora de salud de la Universidad Vrike Brusles, Elke Van Hoof, estamos viviendo el experimento psicológico más grande de la historia: el confinamiento (voluntario o no). Según un reportaje de la BBC que entrevista a dicha profesional, sólo para marzo de 2020, 2.600 millones de personas habían sido puestas en cuarentena.  La referencia a “experimento” es porque aún no tenemos certeza del impacto que tendrá el aislamiento a futuro en relación a la salud mental.

Mirando a nuestro alrededor con detenimiento, independientemente a la fase de cuarentena en la que nos encontremos, podemos decir que todo nuestro mundo cambió. Hoy se observa con reservas, incluso con efusivas condenas, cualquier tipo de interacción grupal, sea asistir a eventos sociales, hacer deportes de manera colectiva, entre otras actividades.

Prácticamente toda forma de relacionamiento social está mal vista, bajo la consigna de que se protege un bien superior: la vida. De hecho, mirando el impacto de la Covid en el mundo en materia de muerte (las cuales ya superando el millón de personas), las internaciones y consecuencias en la salud, la justificación del aislamiento puede ser cierta y también necesaria.

Sin embargo, también es cierto que estamos ingresando a un terreno inhóspito, incierto. Por un lado, estamos acostumbrándonos al encierro, a relacionarnos con otros en la menor medida de lo posible. Las reuniones, clases, muchas fiestas de cumpleaños incluso, ya pasaron a la modalidad virtual.  Es verdad que existen ciudadanos que no han cumplido con el encierro, pero no podemos dejar de afirmar que gran parte de la población sí lo hizo y hoy vive con miedo y angustia producto de ello y de la propia incertidumbre que provoca la pandemia. Miedo a comprar pensando que el dinero no alcance, miedo de ir a algún lugar y contagiarse, miedo a que uno de esos números que salud reporta al día, sea un familiar o ser querido. En fin, miedo con cada paso que damos.

Si analizamos desde la perspectiva de los niños, ellos perdieron más aún que los adultos. Perdieron su principal espacio de interacción, como las escuelas, los tan queridos cumpleaños infantiles, e incluso no pueden ingresar a clubes sociales o espacios con restricciones para ellos. Según el decreto 3964 del 2020,  incluso se requerían autorizaciones de instituciones gubernamentales para traslados a ciertos lugares.  Lo paradójico es que junto con los adultos mayores, los niños no pueden protestar, ya que son calificados como potenciales “transmisores”. Los adultos mayores, por su parte, deben acatar restricciones por estar en la zona de riesgo de la Covid.

Los efectos en ambos sectores se notan.  Tras meses de cuarentena, observamos como resultado en los niños cada vez más irritabilidad, poca tolerancia a la frustración abulia y pocas ganas de participar de las clases virtuales. En los adultos, se visibiliza la angustia, la ansiedad y la depresión; ésta última en particular encontró terreno fértil para manifestarse en este contexto. Cuando hablamos de las medidas sanitarias y de aislamiento social, entendemos que ellas están enfocadas en evitar la propagación del virus; sin embargo, no existe una respuesta organizada del estado paraguayo hacia la problemática de la salud mental. Pese a que la OMS urgió a los estados a invertir en salud mental.

Es probable que ante la imperiosa necesidad de preservar la vida no se priorice tratar sus efectos colaterales; por ejemplo, en la economía. Sin embargo, sin salud mental, no es posible pensar en la recuperación económica, ya que las personas colapsan y pierden su funcionalidad.

Hace unas semanas el Dr Guillermo Sequera, director de epidemiologia del Ministerio salud, hablaba en una entrevista sobre “las 4 olas del Covid”.Actualmente estaríamos en la segunda ola, con las camas de terapia intensiva ocupadas en su máxima capacidad. La tercera ola seria el impacto en pacientes con otras enfermedades, que ya no encuentren espacio en el sistema de salud. La cuarta ola, atañe a nuestro tema del artículo, el impacto de la pandemia en términos de salud mental, tomara fuerza en la última parte

No sabemos a ciencia cierta cuando saldremos de la pandemia. Sin embargo, es importante preguntarnos si podemos hacer algo más por nuestra salud mental La respuesta es que si. Se pueden y deberían destinar más fondos públicos a la creación de dispositivos de atención primaria y contención en salud mental, así como también a mejorar la precaria estructura de salud mental que tiene el sistema de salud público.

También como ciudadanos podemos hacer más. El control social como forma de cuidado entre ciudadanos es correcto, pero no puede convertirse en un pelotón de fusilamiento para todo aquel que intente socializar.

Nuestro pasado autoritario nos dejó impregnada la idea de que el castigo debe ser punitivo y no correctivo. Si queremos corregir una conducta para que no se vuelva a repetir, debemos apelar a lo correctivo y eso no se consigue linchando a los que infringen la norma. La realidad de cada persona es distinta, por lo que debemos incorporar la empatía a la hora de actuar.

Recientemente volvieron algunos eventos y espacios de interacción social como el futbol amateur, probablemente más por una motivación económica que de salud mental. Priorizar la economía es razonable, sin embargo, una persona sin salud mental, es también una persona disfuncional, con pocas posibilidades de ser parte eficiente de la población económicamente activa.

El cuidarnos también implica cuidados en términos de salud mental, el estado paraguayo debería garantizar herramientas de contención en salud mental y por, sobre todo espacios de interacción y socialización en el marco del respeto de los protocolos sanitarios. La inversión del estado paraguayo en salud mental es insignificante, rondado solo el 1% de todo el presupuesto de salud.

Todo esto pese a que las estadísticas son lapidarias, disparándose las consultas por brotes psicóticos en la cuarentena. El brote psicótico implica una ruptura con el presente continuo, incluyendo una diversa sintomatología que genera una disfuncionalidad. El confinamiento promovió una sensación de a-temporalidad en mucha gente, pudiendo propiciar el brote de trastornos mentales.

El “experimento” al que se refiere Elke Van Hoff al incio de nuestro artículo, seguirá teniendo consecuencias inciertas en salud mental, tanto tiempo de cercenamiento a las relaciones sociales y la interacción física, deja secuelas.

Quizás la problemática sea muy grande, pero podríamos comenzar a abordarla, pidiendo tener un presupuesto más digno para la salud mental en Paraguay y cuidándonos entre nosotros, sin linchamientos sociales.

 

*Álvaro Lo Bianco es licenciado en Psicología clínica. Docente universitario. Actualmente maestrando en ciencias sociales.

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