Pausa y despedida

Por Miguel H. López*

Hace un mes terminé mi relación laboral con el Diario Última Hora. En este abril se hubieran cumplido 28 años de labor periodística en ese lugar. ¿Por qué me fui? Porque ya no había condiciones. Si escribo estas líneas es porque se las prometí a algunos antiguos colegas que a lo largo de estas casi tres décadas anduvieron el mismo camino con luces y sombras. Ellos siguen, no sabemos hasta cuándo.

Con la explicación de la reducción de personal por apremios económicos, en la primera quincena de enero, la empresa comenzó a despedir trabajadores de diversas áreas y con antigüedad. En esa lista fui llamado. El planteamiento inicial fue poco cortés, aunque fue más educado conmigo que con otros compañeros que estaban en la misma situación, a quienes incluso llegaron a cerrarles el acceso por haberse hecho acompañar por el abogado que dispuso el Sindicato de Periodistas del Paraguay. Explicando el derecho de la estabilidad laboral, la jubilación, hablando con el director periodístico, las respuestas que me dieron fueron que no había ninguna objeción a mi trabajo, sino que la empresa necesitaba reducir costos y si yo me quedaba, se iría otro. Al patrón le importa el capital, no el trabajador. Forzaron a abrir una negociación que llevó más de 1 mes en donde hubo todo tipo de situaciones de presión y coacción. Y lógicamente respuestas fuertes como contrapartida. Algunos compañeros también fueron puestos en similar situación. En la última asamblea de la que participé en Redacción, los delegados sindicales denunciaron este hecho señalando una deslealtad de la empresa en el trato al trabajador en proceso de negociación, persecución sindical, asedio, coacción laboral y sicológica. En el proceso nos hicieron negociar con unos, llegar hasta cierto avance. Luego cambiar de un día para otro la interlocución, e iniciar de cero todo. La empresa rechazó todas las contrapropuestas y me fueron reasignadas nuevas labores, nueva área, pero a las 2 semanas volví a ser convocado para seguir negociando.

Hoy hace 1 mes desde que mis compañeros/as colegas me hicieron una emotiva despedida en la Redacción a la que todos los días llegaba desde hacía casi 28 años para trabajar la información. Muchos años. Dijo una de las compañeras, que intervino en ese momento, que un día alguien escribirá la historia del periodismo paraguayo, de estas épocas, y necesariamente estaremos en esos relatos… Otro resaltó las labores sindicales que emprendimos en defensa de los derechos laborales en el sector, desde la dirigencia nacional, como secretario general y otros cargos, en el SPP. Cientos de historias y anécdotas…

Acababa de licenciarme en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Asunción cuando llegué a Última Hora, que todavía era propiedad de Demetrio Rojas después pasó a manos de A.J. Vierci). Era el lunes 6 de abril de 1992, tenía 22 años. Entraba a prueba para “ganarme el puesto”, me había dicho el entonces director periodístico, Juan Andrés Cardozo, quien después sería uno de mis principales respaldos cuando las autoridades del gobierno pedían que me echaran por ejercer un periodismo crítico sobre las gestiones gubernamentales. La colega Mary Ramos había llevado mi currículum para tentar una vacancia que dejaba alguien que viajaba a Europa. Una semana después –emocionado- firmaba mi primera entrevista. César Ferreira, jefe de Locales, “se había jugado” haciendo que un novato publicara aquello, nada menos que en contratapa. Había comenzado mi carrera periodística, la que me llevó a cientos de momentos extraordinarios, buenos, malos y terribles. Tuve logros importantes que me hicieron tocar las nubes, recibí reconocimientos y premios; y también intimaciones notariales, amenazas de demandas y de muerte, a lo largo de ese tiempo, por el contenido de mi labor. Siempre me decía a mí mismo, tratando de darme ánimo y persuadirme: es la naturaleza de la profesión. Las coacciones siempre fueron parte de esta profesión, tan apasionante y tan ingrata a la vez. Me tocó tomar vuelo en los ’90, comenzaba la transición política en el país, posdictadura stronista, y coincidimos siempre con algunos colegas que aquellos fueron los mejores años para el periodismo paraguayo, cuando “daba gusto hacer periodismo”, ese que actualmente está desdibujado, subvalorado, sometido, humillado…

Conocí muchas personas en estos casi 28 años de periodismo de diario en los que también viajé miles de kilómetros detrás de la noticia, al interior y al exterior. Muchas autoridades nacionales, dignatarios, personalidades de todos los ámbitos, gente famosísima, y personas de a pie, de esas que tienen poco o nada material, de estas últimas es que tengo los recuerdos más emotivos. Lógicamente hay momentos que quedan como hitos y puntos de inflexión en casi 3 décadas de tarea informativa, de búsqueda de los hechos periodísticos, de enfrentarse con la noticia, desentrañarla, descubrirla, relevarla, revelarla, denunciarla. El primero que recuerdo es cuando logramos recuperar dos bebés robados de las redes del tráfico que operaba en el país. A raíz de ese trabajo, con la colega Susana Oviedo y luego en articulación con periodistas de otros medios, como Oscar Cáceres de Cáritas y Menchi Barriocanal de Canal 13, generamos tales descubrimientos de una criminal mafia, que las consecuencias fueron algunas abogadas procesadas con sus cuidadoras, jueces puestos en tela de juicio y el cambio en la legislación para las adopciones internacionales. Aquella fue mi primera investigación periodística. Luego vendrían muchas otras, algunas muy álgidas, otras más calmas. Recuerdo varias, el hallazgo de los Archivos del Terror de la dictadura stronista, con las posteriores innumerables entrevistas a piel y carne a las víctimas del terrorismo de Estado; y el primer caso de secuestro que nos llevó a desmontar algunas falsedades de la Fiscalía y que provocó que fuéramos llamados a testificar y a estar a punto de ser procesados por las molestias a la autoridad. Con el colega Andrés Colmán nos metimos de incógnito en la celda de Lino Oviedo, en la Agrupación Especializada, e hicimos una memorable entrevista El general en su laberinto (que nos valió en 1999 el segundo lugar en el Premio Nacional de Periodismo Santiago Leguizamón), versión en la que yo había ganado el Primer Premio con un reportaje sobre los primeros trasplantes de riñón en el país, para lo cual me había encerrado 4 horas en el quirófano del Hospital Central del IPS y seguir paso a paso la cirugía. Luego está la serie La deuda social que hicimos con Mary Ramos (que había sido mi profesora en la universidad), recorriendo todos los departamentos del país, dibujando el doloroso mapa de desigualdades a partir de la educación y la salud públicas en escuelas y hospitales de ciudades, compañías y parajes de Paraguay. O aquella caravana atravesando el Chaco de punta a punta hasta Bolivia por las rutas del autotráfico, perdidos en lo inmenso y durmiendo en destacamentos militares… El mortal Marzo Paraguayo nos tuvo 24 horas en la Redacción. La noche trágica estábamos dentro del Diario, yo acababa de volver de la plaza enardecida, cuando las hordas oviedistas empezaron a tirar bombas molotov contra los ventanales de vidrio, pensamos que esa noche nos iban a caer… También nos tocó elaborar en alcance vespertino la nota de tapa de los atentados contra las Torres Gemelas en EEUU con Pepe Costa. Y apoyamos la investigación de Erwing Gómez (también desvinculado del diario en el grupo en el que me llamaron), a quien se le había dado por derrumbar ministros corruptos. Cubría el área de educación cuando la Reforma Educativa. Mi mirada crítica hacia el modelo en marcha no le gustaba al ministro Duarte Frutos, quien pidió que me relevaran. Permanecí en el área 3 años. Estuve en coberturas de decenas de inundaciones, en canoas, en Asunción, Alberdi, Pilar… Tantos años cubrir las marchas campesinas, las huelgas generales de trabajadores, conflictos sindicales, ocupaciones de tierra en madrugadas de crudo invierno en los asentamientos precarios campesinos o en las comunidades indígenas; la seguridad social, el problema de los jubilados, la salud pública… Muchísimas coberturas de casos de corrupción acompañando la Comisión parlamentaria de investigación de ilícitos. Una que otra pasada por la Cancillería, Cumbres, el Palacio de Gobierno, algo de Economía, el Poder Judicial y unas cuantas crónicas rojas. Después, la patriada con Richard Ferreira, quien era el pionero en el periodismo online en ÚH. Estando yo por volver de un semestre en la Universidad Nacional de Córdoba en una beca de estudios, me llamó y me dijo: te quiero en mi equipo. Fue una aventura profesional histórica. Hicimos un portal de noticias enteramente periodístico y formamos un grupo profesional joven, tal vez uno de los mejores en el país en ese momento, y de los que tuvo la plataforma en todo su desarrollo. Algunos del equipo luego fueron a nutrir otros medios. Allí estuve cerca de 5 años como editor principal de contenidos. Entonces me tocó estar coordinando el equipo de trabajo –porque la responsable estaba libre- la mañana de la matanza en Curuguaty. Recibimos muchas felicitaciones por la mejor cobertura online de lo trágico allí sucedido. Ese es un día que no se podrá olvidar.

En todos esos años transcurridos, conocí muchos maestros del periodismo en la Redacción de ÚH, periodistas de experiencia, sin academia la mayoría, pero sabios, que dejaron reflexiones y aprendizajes en mí, antes de partir a otros paisajes: Guillermo Ares, Papote Fretes, Reinaldo Montefilpo… También conocí a colegas olvidables.
En los últimos 6 a 7 años estuve haciendo periodismo cultural en el Correo Semanal, junto con Antonio Pecci (luego jubilado) y Blas Brítez. Las últimas 3 semanas en Redacción estaba articulando trabajos en el área interior con los corresponsales y en planta con José Céspedes, de quien no pude despedirme. Y en paralelo por lo menos 15 años siendo columnista de temas políticos y sociales en la página Editorial, hasta hace 1 mes.

Mi retiro fue en plena cuarentena, dos días después de que el Gobierno declarara emergencia sanitaria por contagios de coronavirus. Ya no me tocó el teletrabajo o como le dicen el home office. Cuando la pandemia planetaria acabe, volveremos a explorar los horizontes. Por ahora, todo está parado. Me sigo interesando en el destino de los compañeros de Redacción, trabajadores y trabajadoras, cuyos derechos siempre defendí ante la patronal, acto que en más de una ocasión me costó muy caro, pero lo volvería a hacer, sin duda alguna.

Quizás haya muchas otras cosas omitidas, anécdotas que faltaron, que prometo ir colocándolas a medida que las rememore o me las recuerden. Probablemente lo que más voy a extrañar es la camaradería, que a pesar del sistema sigue reinando en esa Redacción; y la comida de Lou, en la cantina. Lógicamente hay personas de las que me olvidaré muy pronto, por justicia.

Me traje los recuerdos de toda una vida de aprendizajes, rostros, abrazos, afectos y momentos. Y me queda la calma de saber que hasta el último segundo fui ético y no traicioné ningún principio, a pesar de muchos momentos difíciles o complicados. Y como una suerte de revancha, me queda la suave sonrisa de saber que por lo menos el 50% de esa Redacción está ocupada por profesionales y estudiantes que fueron formados en mis aulas en la Universidad Pública, a lo largo de 24 años de docencia.

Hace un mes empezamos una pausa, que no durará mucho.

Un fuerte abrazo a los compañeros/as y colegas, entre quienes tengo amistades sinceras y valiosas. En breve nos volveremos a ver.

*Periodista, ex secretario general del Sindicato de Periodistas (SPP)

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