Paraguay, esa isla de niñas madres

Por Romina Aquino González 

Desde que empezó la cuarentena no dejé de pensar en qué va a pasar con los niños, niñas y adolescentes; qué va a pasar con su educación, con su alimentación, con su juego, con sus emociones, con su crecimiento. Siento que este no tiempo se convierte en un hueco gigante para quienes no tienen las herramientas necesarias para llevar una vida digna, y en nuestro país, lastimosamente somos la mayoría.

La escuela era ese pequeño espacio semi seguro que salvaba a muchas niñas y niños de sus realidades míseras. Era una de las pocas oportunidades para evadir un destino impuesto por un Estado abandónico. No solo era ese lugar de encuentro, estímulo y nutrición, sino también era el escape a las situaciones de abusos que viven en sus casas.

Según datos del Ministerio Público, en el 2019 hubo por lo menos 9 casos diarios de abuso sexual de niñas, niños y adolescentes, que se pudieron constatar por medio de las 3.330 denuncias registradas. Este año, hasta el mes de mayo, el registro que compartió el Ministerio de Niñez es de 1.679 denuncias por maltrato infantil. Son los que llegan, los que se quedan en la oscuridad, no sabemos.

Aún hay un temor y sobre todo un tabú a decir en voz alta que la mayoría de los abusos sexuales a niñas, niños y adolescentes ocurren en el núcleo familiar. En el país que defiende “la vida y la familia” por sobre todas las cosas, nos preguntamos ¿qué vida y qué familia?

El 26 de junio la noticia de una niña de 11 años embarazada, a consecuencia de una violación, que sería sometida a una cesárea puso otra vez en debate la consigna #NiñasNoMadres. En la semana se dieron a conocer más números, dolorosamente ella es parte de las 233 niñas y adolescentes que fueron obligadas a parir solo durante este 2020.

¿Qué estabas haciendo vos a los 11 años? Nos empezamos a preguntar las feministas y otras mujeres en las redes sociales. Muchas jugando, leyendo, estudiando, pero definitivamente estábamos lejos aún de querer ser madres. Porque la maternidad es un deseo, y cuando obligan a una niña a tener que hacerse cargo de otro niño no están pensando en ella ni en su deseo.

“Las dos vidas importan”, sostienen los guardianes de la más terrible (doble) moral. Cuando una frase tan cargada de significado como esa se pronuncia con tanto cinismo, deberíamos saber a qué costo y bajo la dignidad de quién. No olvidemos nunca a Mainumby, otra niña a la que le impusieron ser madre y la abandonaron nada más parió. Un año después de que naciera el bebé, la abogada de la familia contó que la niña tuvo que cambiarse de escuela porque recibía bullying y acoso por parte de sus compañeras y compañeros, además de haber desarrollado ataques de pánico y problemas de aprendizaje.

Cuán frágil puede ser la vida cuando está en juego mantener una estructura arcaica, obsoleta, sostenida principalmente por organizaciones político religiosas. Porque acá se glorifican a las madres, se celebra el sacrificio desmedido y la entrega absoluta, pero solo para la foto, porque para cumplir leyes, dar permisos y ofrecer protección, ni nos vimos.

Con argumentos religiosos y pseudocientíficos se defiende el hecho de que una niña está “preparada para ser madre”, pero a la vez, se le niega el derecho a acceder a información de calidad, científica, laica y con perspectiva de género sobre su salud sexual y reproductiva.

¿A qué edad entonces una está preparada para recibir educación integral de la sexualidad? La única forma de empezar a disminuir los abusos y las desigualdades es hablando: de violación, de interrupción del embarazo, de penetración, de menstruación, de preservativos, de infecciones de transmisión sexual, de placer y de dolores.

La única forma de saber cuándo alguien se está propasando con nosotres, es conocer nuestros límites. Pero mientras sigamos manteniendo esos límites en gris, no vamos a poder identificar la diferencia. El espacio puede ser público (y debería), nuestros cuerpos ¡no!

La información es lo único que nos va a poder permitir decir las cosas por su nombre: Violencia es obligar a una niña de 11 años a parir; violencia es desconocer los traumas de una violación; violencia es encontrar el cuerpo sin vida de una niña indígena con marcas de abuso; violencia es destruir infancias y deshumanizarlas hasta el punto de que solo importan en la medida en la que pueden dar a luz.

Leí muchas comparaciones super insólitas de la interrumpción del embarazo con la esclavitud de personas afro o el holocausto. Nada más alejado de la historia. El verdadero campo de concentración es este pequeño país, rodeado de tierra, en el que las niñas están condenadas a ser madres.

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