Para vos, Mago Mutante

A Miguel Ángel Méndez Pereira (1975 – 2020), in memoriam.

Por Agustín Barúa Caffarena*

Lo generacional suele caracterizarse por cierto común – particular. Por un lado, haber compartido colectivamente momentos, con-fusiones y sensibilidades. Y, a la vez, haber vivido de manera singular, algo que contrasta, algo que in-nova.

Los tipos de aquella generación

Fuimos carapintada. Peleamos en el Marzo paraguayo mientras odiábamos al argañismo. Tomamos y destomamos la U.N.A. mil veces. Reaprendimos la inocencia en las utopías comunitarias campesinas sanpedranas.

Acumulamos charlas, conferencias, exposiciones, lecturas, presentaciones, lanzamientos, huelgas, marchas, ocupaciones y cierres.

Claro que tuvimos modelos.

Afuera, el Che nos enseñó tanto como morir, que nunca menos. Cortázar, afrancesada y rioplatensemente nos narraba al oído qué carajo lo que era la belleza. Y Charly, nuestro profeta del orgullo de habitar la locura.

Adentro, Chester Swann, Telmo Carrillo, Ananías Maidana, eran letra y vida de nuestras utopías amadas.

Aprendimos a gritar y a denunciar; a grafitear paredes, papeles y pantallas.

A la vez, nos fueron creciendo pudorosos silencios, palabras nunca dichas, casi “malas” de tan indecibles, respetables silencios.

Tuvimos los mismos miedos, aprendimos (y usamos) las mismas mentiras, nos perdimos -como suele ser- sin conciencia de extravío.

Sentir era algo que se daba recostados en alguna pared mal revocada, cerveza en mano no siempre fría, y risas, muchas risas.

Nos dolía el mundo, mucho. Y sí, muchas veces con ese dolor, nos espantábamos los otros dolores, esas moscas que insistían en zumbar dentro de nuestras mentes.

Y, finalmente, aprendimos que el arte era un salvavidas, o casi.

Ese mago mutante

Hace unos días, un tipo de mi generación, se mató.

Uno que había hecho de lo transgresor, del crear, de lo colectivo, de la genialidad: materia diaria, rítmica bocanada.

Uno que no mezquinó ni susurros ni alaridos, ni poemas ni presencias en calles de sol y de lluvia.

Uno que fue pagando todas las cuotas que esta sociedad asuncena cobra con ensañada crueldad a quien no repita sus dogmas de corbata, camioneta y cinismo.

Uno que nos contaba, desde su “barrio en el que todo sale mal”, sus derrotas, y que inventó con sus miserias, una ética de lo sensible, antídoto para ese exitismo cerrolimpista con el que nos naufragan el alma, inundando nuestros vacíos con copas perdidas y encontradas.

Hace unos días, un tipo de mi generación, se mató.

Mago mutante. Nómada de estilos, ideologías y territorios. Encarnadura de aquella “metamorfosis ambulante” de Raúl Seixas.

Un trueno estalló dentro de su palabra. Estampido que nos queda estampado, como el codo del otro en un ascensor hacinado, como sudores de pasillos colectiveros. Esta sordera que no permite oír sino a través de su inagotable retumbo.

Cervezas heladas y paredes tibias

Hoy, volvemos a nuestros rincones mal iluminados, a recostarnos en esos revoques que nos seguirán dejando telarañas en los hombros y en los silencios. A nuestro inexpugnable credo humorístico.

Pero algo es nuevo.

Hoy nos queda un espejo, herencia hecha misterio en su reflejo.

Un espejo con su oficio amoral e interrogante.

Irreparable y reparador a la vez… jodida cosa este espejo.

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