Para el coronavirus, no todos somos iguales

La sensación de que automáticamente entramos en estado de gravedad o nos morimos al contraer el covid-19, es falsa. Muchos habitantes de este país están sintiendo este miedo extremo. La causa es nuestro miedo natural a la muerte, un miedo que –y aquí está el problema- está siendo atizado y agigantado por los medios masivos de comunicación. La equivocación de este discurso mediático consiste en sacar del foco de atención que un mínimo porcentaje de los contagiados por covid entra en estado de gravedad, y un porcentaje aún menor, muere. Las estadísticas y los estudios aquí y en todo el planeta así lo confirman.

Por Arístides Ortiz Duarte

El coronavirus es tan real como que -según cifras actualizadas de la Universidad Johns Hopkins al día de hoy 6 de setiembre- mató a 880.000 personas en el planeta. Es un tipo de gripe (SARS-CoV-2) con una capacidad de dañar el organismo humano 10 veces mayor que la gripe común con la que convivimos, además de que tiene una capacidad de trasmisión muy superior: está confirmado que se trasmite por el aire, aun cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no lo admita.  Ataca no solo el sistema respiratorio, sino también el vascular. Y hasta que llegue una vacuna realmente efectiva (no se sabe cuándo, la OMS repite esta aclaración cada mes), seguirá matando gente. Negar la existencia y la mortalidad del virus es, vivir en otro planeta o vivir en un lugar impenetrable de la selva amazónica sin contacto con la sociedad moderna o ser una persona completamente distraída, o las tres cosas a la vez.

Pero lo que quiero contar en este artículo es que, yo fabularía sí creyera que mi hijo de 24 años -sin ninguna enfermedad de base conocida por él, con un cuerpo de toro que le permite comer tres hamburguesas grasientas y luego dormir toda la noche como un ángel- tiene más probabilidades de morir por la infección del covid que yo, que tengo 51 años y fui fumador durante 26 años, aunque (salvo que yo no lo sepa) no tenga ninguna enfermedad crónica; mi hijo, a su vez, se mentiría a si mismo si creyera que tiene menos probabilidades de morir por el virus que Ían, mi sobrino de 3 años, un niño sano que (salvo que tenga una enfermedad congénita oculta) tiene más furia que un huracán. Lo mismo diré de mi madre de 87 años (hipertensa) y mi padre de 84 (cardiópata) por el solo hecho de ser longevos: las probabilidades de que mis padres mueran por infección de covid es muy pero muy alta, muy superior a las que tendríamos yo, mi hijo y mi sobrino.

Mi relato familiar coincide cabalmente con las estadísticas elaboradas en estos días por la  Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, las mismas que fueron difundidas por el ministro de Salud  Pública, Julio Mazzoleni, el pasado viernes 4 de setiembre; son estadísticas elaboradas por los algoritmos de esa Escuela a partir de los datos oficiales de la población con enfermedades del Ministerio de Salud; son estadísticas respaldadas por la Oficina de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Paraguay: 1 de cada 5 paraguayos y paraguayas (1.321.000, el 19% de una población de 7.200.000 habitantes) padece al menos una enfermedad que lo condiciona a una infección de covid grave; pero estos datos son aún más específicos: de éste 19%, el 4% (310.000 personas) sufre 2 o más enfermedades que agravarán un eventual contagio y la mayoría tiene 60 años o más; existen, además, 185 mil personas en Paraguay que tienen más de 65 años, quienes por el solo hecho de ser parte de este grupo etario, y aún sin enfermedad alguna, están dentro de la población de alto riesgo. A estos números debemos agregar que en nuestro país hay un alto sub-registro de personas que no saben -porque no consultan ni se realizan chequeos- que padecen o diabetes o hipertensión o cardiopatía, las enfermedades epidémicas en Paraguay. Si agregáramos un 15% de sub-registro, el total de la población vulnerable treparía a 1.520.000, aproximadamente.

Dudas no caben de que esta población es víctima de un sistema sanitario medicalizante (la cura son los medicamentos) y no preventivo y un mercado capitalista para el híper-consumo que la acosa. Es responsabilidad, centralmente, de un Estado que no cuida, no protege socialmente a su población. Tampoco seremos tan ingenuos en pensar que la mayoría absoluta de esta población enferma en alto riesgo está en los barrios residenciales como Carmelitas, Mburukuya y los demás barrios de clase media alta y alta de Asunción, Encarnación o Ciudad del Este: los enfermos están, en su mayoría, en los bañados de Asunción y en los asentamientos de pobres y pobres extremos en torno a las capitales departamentales y los centros urbanos del Departamento Central. El covid-19 tiene la cara de la desigualdad.

Los que están fuera de esta población vulnerable, de riesgo (5.500.000 personas), sentirán, si se contagian con el virus, síntomas leves (los jóvenes), no tendrán síntomas (los niños y adolescentes) o sentirán síntomas agudos (los jóvenes de más de 18 años). Pueden ser internados, pero es muy alta la probabilidad de que no pasen a la Unidad de Cuidados intensivos. Los que sí tienen muchas probabilidades de necesitar cuidados suplementarios (oxigeno) o pasar a terapia intensiva son las 310 mil personas que padecen 2 o más enfermedades de base.

Sin embargo, las matemáticas sirven para medir tendencias, no realidades; es por esto que incluso muchos diabéticos, hipertensos u obesos hospitalizados en Paraguay se curaron de la infección del covid, porque cada cuerpo humano es complejamente diferente a otro, razón por la cual la reacción de un infectado es, finalmente, incierta, porque los recursos defensivos de cada cuerpo definen la muerte o la curación.

Queda también absolutamente claro -por los estudios hechos en cada país y por la OMS- que las enfermedades que tienen una alta incidencia en las muertes por covid son, en este orden : obesidad, diabetes, cardiopatía, hipertensión, tabaquismo y tuberculosis.

En este sentido, las expresiones de la doctora Yolanda González, directora del Hospital Nacional de Itaguá -publicadas hoy por el medio digital Última Hora- son categóricas: “…entre los que murieron en terapia (43 personas), la mayoría estaba entre 60 años o más y el 90% era diabético, el 85% obeso y un 75% hipertenso…”. Es una clara tendencia marcada.

Vuelvo al primer párrafo de este artículo: ¿Por qué afirmo que los medios están instalando en la población la sensación de que aquel que contrae el virus, entra automáticamente en estado de gravedad o muere? Porque tienen un discurso mediático que se focaliza solamente en los hospitalizados (444) y muertos (412) hasta hoy, dejando fuera de foco -fuera de la atención de la población- la información de que, de los 21.800 contagiados hasta hoy, 10.800 se curaron y 8.600 están aislados en sus casas con síntomas leves o casi sin síntomas. Es una presentación des-contextualizada de las manifestaciones sanitarias del virus. Y no estoy afirmando que los periodistas y los medios «se han confabulado contra el país»; simplemente ellos, los periodistas, también tienen miedo, y están acostumbrados a destacar lo negativo, que vende más que lo ecuánime, lo equilibrado.

Este discurso de exagerada alarma de los medios, que provoca extremado miedo y hasta pánico en la población, no nos permite tener solo miedo, convivir con él y actuar con inteligencia. Es un discurso que no nos permite actuar con lucidez para proteger, con todas las medidas preventivas ya conocidas, a la población vulnerable (1.500.000 personas) y para también cuidar la economía y la salud mental de todo el país, especialmente de los niños, adolescentes y jóvenes que sufren terriblemente en esta pandemia. Este discurso concentrado en generar miedo es completamente inútil, sobre todo cuando sabemos que tendremos que convivir con el coronavirus cuando menos durante un año y medio, hasta que llegue una vacuna efectiva.

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