Pandemia en Paraguay: ollas populares, cuando el Estado tarda en llegar

Por Esperanza Martínez

El Paraguay, es un país con una larga historia política de autoritarismo, acentuada pobreza y desigualdad social. Una deficiente inversión pública en salud, educación, vivienda, agua potable, protección social y desarrollo de la agricultura familiar campesina. La crisis de la pandemia del COVID-19 solo puso de manifiesto esta vulnerabilidad social, donde las mujeres, niños, niñas, adolescentes, indígenas, trabajadores, comunidad LGTB y migrantes, son las grandes mayorías excluidas de las políticas efectivas de derechos y protección social.

Es cierto que, en nuestro país con apenas dos casos confirmados de COVID-19 el Ministerio de Salud comenzó las medidas de aislamiento social progresivo y así logró frenar y enlentecer el proceso de contagios en el país. Sin embargo, en lo que hace a la respuesta de los servicios de salud y al auxilio social a las familias en situación de vulnerabilidad económica, la respuesta ha sido insuficiente, mal implementada, con denuncias de corrupción y prebendarismo político.

La pandemia tiene un gran impacto sobre la vida de las mujeres. Esta situación, profundizó las desigualdades de género, desigualdades históricas que recaen sobre los hombros de las mujeres que son las principales responsables de resolver lo cotidiano: en la familia, en el territorio social comunitario, en el apoyo escolar y en la búsqueda de ingresos económicos creativos y alternativos. Pero siempre excluidas del poder político y del protagonismo real en las decisiones.

“Quédate en casa”: una justificación para la inseguridad en las calles y la violencia en los hogares

El aislamiento social obligatorio, dio una nueva legitimidad al control social en las calles, el “paternalismo que nos cuida”, que criminaliza y castiga si no obedecemos. En el contexto de Paraguay se está aplicando con sesgo clasista, discriminatorio y machista. Las barreras policiales se instalan en los barrios periféricos y marginales, no en barrios de clase media y alta; muchas denuncias de abuso policial en barreras de control (pequeños sobornos, imputaciones no justificadas, abusos, violencia física y estigmatización), que afectan principalmente a mujeres jóvenes, trabajadores que tienen que desplazarse, personas LGTB, trabajadoras sexuales, jóvenes de barrios marginales.

El otro escenario del aislamiento, son las familias, donde las denuncias de violencia familiar han aumentado. En Paraguay, según registros del Ministerio Público, la violencia intrafamiliar aumentó en un 63% en comparación al año 2019. Es preocupante que las medidas de contingencia propuestas por el Gobierno Nacional no contemplen a las mujeres que se encuentran obligadas a convivir con sus agresores. En una de las conferencias sobre el tema COVID19, una periodista consultó al vocero del Gobierno si existían medidas para las mujeres en situación de violencia doméstica, la respuesta fue: “los hombres también sufren violencia”, lo que demuestra que para nada las mujeres son contempladas en el plan de contingencia.

Ollas populares: la organización comunitaria efectiva, cuando no llega el apoyo del gobierno

En esta pandemia, después de lo sanitario, viene el grave impacto económico, financiero y social. Los sectores más vulnerables que viven del día a día, sin seguridad social ni salarios, se hallan totalmente desprotegidos y el gobierno demostró una gran ineficiencia para llegar con la ayuda oportuna. El parlamento aprobó una Ley de Emergencia Nacional para hacer frente a la Pandemia, que estableció medidas económicas y financieras para enfrentar el gasto sanitario, la ayuda social a las familias en situación de vulnerabilidad económica y a pequeñas y medianas empresas.

Un primer paso era entregar kit de alimentos a las familias, sin embargo, la Secretaría Nacional de Emergencias (SEN), canceló los kits de alimentos y en su reemplazo realizó transferencias de dinero equivalente a 35 dólares, que luego de la protesta y la indignación social subió a 77 dólares, y solo llegó a un ínfimo porcentaje de la población afectada. Luego se lanzaron otros dos programas: Ñangareko y “Pytyvõ”, para ayuda económica de las familias. Ambos programas tuvieron serios problemas de implementación porque muchas familias no tienen acceso a internet, ni un teléfono por el cual acceder al dinero. En ningún momento el gobierno ha organizado a la gente por territorios (barrios y municipios) para recibir la ayuda, sino que estableció un medio individual y moderno para hacerlo, y en esas condiciones la población más pobre que no cuentan con un Smartphone fue excluida.

La respuesta a la crisis se dio a través de las organizaciones de mujeres de las zonas más vulnerabilizadas. Ellas organizaron las “ollas populares”, que consisten en una campaña de recolección de alimentos, cocina y distribución de platos de comida gratuita a las familias en las comunidades. Esto se replicó en todo el territorio nacional. Tal fue su relevancia, que los medios de comunicación les dieron destaque porque fue mediante estas organizaciones de mujeres que muchas familias pudieron comer. La población ha encontrado en las ollas populares una forma de aliviar su situación de escases y hambre.

La escuela, “en casa”

La pandemia trasladó “la escuela a la casa”, exigiendo a la familia y maestras y maestros un esfuerzo adicional, una complejidad que no todos los hogares, ni todas las maestras están en condiciones de asumir, y la consecuencia es más desigualdad en el acceso a la educación. El gobierno ha suspendido las clases desde el primer día del aislamiento social y ha establecido clases virtuales a través de Smartphones y computadoras, aun sabiendo del déficit de acceso a conectividad y tecnología. En muchos hogares hay varios niños/as en edad escolar que solo pueden realizar sus tareas con el apoyo de adultos.

Se recogen de grupos de WhatsApp de padres “Hola profe, yo soy la mamá de Bianca. Yo te voy a avisar que yo me voy a retirar. A mí misma me fuerza esta cosa y no le voy a poder ayudar a mi hija.(…) Voy a esperar bien que empiecen las clases otra vez porque esto es demasiado ya para nosotros. Nos enferma más que la enfermedad.”

Y comentarios entre profesores: “en este escenario de emergencia se están construyendo propuestas significativas. Alternativas educativas creativas y transformadoras. Y así como vemos ollas populares, en la educación también somos conscientes de que es la organización, el compañerismo y el encuentro real con la necesidad del otro es lo que nos salva. La garantía para seguir y vivir”

Una docente narrando su experiencia y la de sus compañeras nos cuenta, estamos escuchado historias de profesoras que recorren casa por casa diariamente, entregando tareas y cartitas para sus alumnos/as, invitándoles a escribirse entre ellos, promoviendo la lectura y la redacción. Hemos visto profesores que han decorado una esquina de su casa para que en la cámara sus estudiantes puedan encontrar un espacio similar al aula.

Finalmente, en esta pandemia, las mujeres debemos exigir que la igualdad de género sea un tema relevante de las políticas públicas, señalar cada una de las situaciones de desigualdad y colocarles en la agenda pública para el debate y el crecimiento de la conciencia colectiva. Es el momento de que las mujeres conquistemos el protagonismo político que nos corresponde.

 

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