Miseria de la filosofía en Paraguay

¡Más gritos, menos elecciones! Desde el primitivo nacimiento del capitalismo, las ideas verdaderamente revolucionarias siempre tuvieron sus detractores. De hecho, el compañero Marx fue difamado y calumniado por derecha, y por izquierda, tildado de radical. Incluso “El Capital”, obra revolucionaria por excelencia, fue catalogada por los primeros entre otras cosas, como un libro de economía distorsionado, por los segundos, como panfleto descontextualizado, exagerado, y hay quienes incluso negaron la consigna de la lucha de clases impregnada en sus hojas, y hoy, sin vergüenza plantean políticas reformistas citando al Capital.

Como tantas otras veces, hoy le ha tocado el turno a Lenin. Y envileciendo una frase reservada para pocos, tan contundente, responsable y revolucionaria como: “salvo el poder todo es ilusión”, se le impone un disfraz tan débil, en el mejor de los casos, y tan vil y oportunista en el peor, como lo es el electoralismo.

Esta perversa fórmula: poder=elecciones es una perfecta falacia, y no hace falta más que dar una vuelta por nuestro contexto e historia recientes para demostrarlo.

¿Dónde las elecciones son sinónimo de poder en Paraguay? País que en el 2008 tuvo en el gobierno a un ex cura progresista, quien cuatro años después fue bajado a balazos jurídicos, tiempo en el cual -si es que tuvo intenciones- no pudo hacer absolutamente nada en favor de los oprimidos de esta patria, dominado en su período por el poder sojero ganadero, la justicia corrupta y el partido del poder, que nunca fue el Frente Guazú.

Por otro lado, ¿qué condiciones reales existen hoy, con el poder hegemónico de los empresarios y un partido comprado que lo acompaña, para creer que este es momento de pelear unas elecciones? ¿No fue acaso suficiente la farsa electoral del 2013 para confirmar que cuando las leyes y el poder económico están en manos de la burguesía, de una manera hegemónica, nadie que represente a los pobres de nuestra tierra será vencedor?

Pero es más terrible aún afirmar que el proceso revolucionario ruso o el cubano tuvieron en su esencia intenciones electorales.

“Paz, pan y tierra”, fue la traducción de revolución socialista de Lenin al pueblo ruso, pero esto no es sinónimo de elecciones. Lenin impulsó la Revolución desde dentro del partido, cuando perdía por lejos y a los 45 minutos del segundo tiempo, y no fue el llamado a elecciones ni la intención de participar en la Duma (este circo que mucha similitud tiene con nuestro Congreso de hoy) la razón por la que terminó ganando por goleada. Fue su empuje, su convicción y su claridad para entender la situación revolucionaria lo que le llevaron a la victoria. Y no fue fácil: los cobardes y los oportunistas lo tildaron (casualmente) de abdicacionista, rebelde, purista, iluso etc. Si no se conoce a Lenin, habría que buscarlo en el ¿Qué hacer? O en sus “Tesis de abril” y no en frases electorales absolutizadas.

Las consignas revolucionarias del compañero Fidel fueron las más firmes, radicales y revolucionarias de la historia de nuestro continente. Su convicción,  fuerza y lucidez política supieron amalgamar un discurso profundamente amenazante contra el tirano y una apertura y capacidad de conexión con las masas, lo que le permitió convencerlas para lograr la gesta revolucionaria del 59. No porque prometió elecciones, no por revisionista ni por tibio, ¡sino por marxista! Simplemente por eso tuvo la capacidad de traducir la revolución a las masas.

El único eje entre la Revolución Rusa y la Revolución Cubana es la lucha de clases. Incluso el proceso dirigido por Chávez, Correa o Evo no está exento de gritos radicalizados, revueltas populares, huelgas generales masivas, consignas revolucionarias y sangre militante y popular en las calles.

Es realmente una cachetada, a cualquiera de estos actores, decir que llegaron al poder porque gran parte de la población, un día, marcó lo mismo en muchos papelitos y los depositó en una urna.

Por último, es deseable que un revolucionario grite consignas revolucionarias, y aunque un rebelde puede no ser revolucionario, un revolucionario debe ser rebelde.

Para los que no lo crean, existen dignísimos ejemplos de rebeldes revolucionarios que no se plantean otra cosa que la cuestión del poder, organizaciones campesinas y urbanas que buscan, día y noche, la mejor de las palabras, una por una, para que el pueblo entienda la necesidad de la lucha, y la reconozca como la vía para alcanzar sus más sentidos sueños, y esto, no es sinónimo de elecciones.

Existen grupos enteros de revolucionarias y revolucionarios combativos, tenaces y comprometidos con la causa del pueblo, convencidos, de que todo por fuera de la toma del poder es una ilusión, y esto no es sinónimo de elecciones.

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