Mis millennials

Por Lupe Galiano

Los estudiantes de la facultad, en su mayoría, son millennials. En una clase hay de todo, desde quien vive en Babia, hasta la que viene con un bebé.

Una se sienta en la primera fila, es muy seria y no permite que sus compañeros le hablen en clase. Con los prejuicios que me acompañan pienso: “Esta tiene síndrome de primera alumna”. Pasan unas cuantas clases y la conozco mejor. Me cuenta que trabaja de limpiadora y tiene una beca de la universidad, que debe mantener contra viento y marea, ya que su discapacidad auditiva es un obstáculo para estudiar. La observo en los recreos: Es alegre, divertida y tiene muchos amigos. Me doy cuenta de que el obstáculo está en la falta de oportunidades, no en su discapacidad.

Siempre con el prejuicio  a cuestas me encuentro con otro y me digo: “Este es un revoltoso”. A la primera oportunidad le envío a la cátedra paralela. Al siguiente año, es imposible “deshacerme” de él, lo que me permite entender que no es un revoltoso, sino un revolucionario. Quiere un Paraguay mejor y trabaja como puede para crear conciencia: hace podcasts, compone música, participa en cuanta marcha le parece justa y milita en un partido político con “conciencia de clase”.  Con el tiempo se convirtió en un amigo que me enseña habilidades que desconozco (cómo mejorar mis espantosas fotos desde el celular, cómo salir mejor en zoom, etcétera).

En ese mismo grupo, la chica millennial más fashion de la clase me pide amistad en las redes sociales. Acepto, como siempre acepto, lo que me permite  espiar su mundo: Ella cultiva una huerta.  “Por moda”, pienso desde el prejuicio. En clase, le pregunto si le va bien y me contesta: “Las lechugas y las acelgas pagan mi cuota”.  Su compinche millennial dice: No me pidan que hable, soy tímida. Escribe una maravilla y entre los tantos escritos sale a luz su verdad: “No hablo porque tengo miedo. De niña, mi papá me pegaba tanto, hasta hacerme sangrar, cuando hablaba fuerte y me reía, que me encerré en el mutismo, pero siento y quiero expresarme: lo hago como puedo, con la escritura y la danza”. A poca distancia se sienta la jovencita que viene a clases con su bebé. En los sucesivos recreos me cuenta que trabaja en una financiera diez horas y ya no tiene con quién dejar al niño después de las 4, por eso le trae. Pienso, desde el prejuicio: “Pobrecita, tan joven y con un bebé. Nunca va a terminar su carrera”.  A los cinco años, se recibe con el hijo en brazos, una fiesta para todos los que acompañaron su proceso.

La malcriada
El primer día que le vi a esta chica pensé: Esta es una niñita malcriada insoportable. A la semana fuimos a la plaza del Congreso a recoger datos para intentar escribir una crónica periodística. Había una comunidad indígena reclamando algo que no recuerdo, seguro tierras. Los estudiantes se acercaron con sus grabadoras, les tomaron testimonios, anotaron, sacaron fotos. Pero esta chica millennial me sorprendió. Se sentó al lado de un joven indígena millennial como ella y conversó, sin grabar, sin tomar apuntes, sin preocuparse de sus calificaciones de Redacción. Al rato, estaba informando a sus compañeros que los jóvenes indígenas millennial  iban a mostrar una danza ancestral. La primera invitada a bailar abrazada con ellos fue esta chica. Cuando volvíamos caminando a la facultad, la chica lloraba. Le pregunté: ¿Te sorprendió cómo viven? ¿Su cultura? No, me dijo. “Lloro de emoción: ese canto fue la música más sublime que escuché en mi vida”. Descubrí que además de periodismo estudiaba música y cantaba en un coro. Un año después la encontré en una cobertura y me contó que estaba trabajando en una organización social: “Esto quiero hacer. Comunicación con propósito, no para ganar dinero”.
Dos encuentros extracurriculares con esta chica sirvieron para mandar al bombo mis prejuicios.

Pero la historia de la comunidad indígena no se acaba aquí. Al día siguiente y durante los días siguientes, otros  compañeros  millennials como ella se iban todas las tardes a merendar a la plaza con sus nuevos amigos indígenas millennials. Yo, entre incrédula y prejuiciosa –siempre el prejuicio- les pregunté de qué hablan. Me contaron: De fútbol, de cómo es la universidad, de la vida en su comunidad, de las creencias.  Sin lástima, sin prejuicios, sin la mirada desde arriba, con amistad.

En otra ocasión tuve en la cátedra una asistente millennial, que solía traer a clases a sus dos amigas alemanas millennials, que a pesar de ser del país de Lutero, eran católicas y venían a Paraguay a trabajar en la Pastoral Social, en lugar de ir a Disney como se supone deben hacer los millennials.

En estos años de conocer a millennials, centenialls y decenialls, entendí que cada persona es única. Cada una tiene un corazón, un sueño, una realidad, una lucha. A lo mejor agrupar sirve para las ciencias sociales, le economía, los presupuestos, pero no para las personas.

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