Mario Rubén, un imprescindible

Mario Rubén Velázquez fue una de las fuentes de la documental «Paraguay, droga y banana», de Juan Manuel Salinas. En dicha película hay unas imágenes suyas de hace tres décadas que lo representan, quizá, de una manera sintética: es la mañana del 3 de febrero de 1989 y él está parado y eufórico en la carrocería de una camioneta repleta de gente, frente al Panteón de los Héroes, gritando junto a otros cientos, con el puño alzado, que el pueblo unido jamás será vencido. El día feliz de la caída de un prescindible que llegó a la vejez inmerecida.
Verlo ahí, en esas imágenes, leerlo cada semana me generaron hace poquito, antes de que enfermara y fuera internado, el sentimiento de alivio de saber que existe gente como él. Y ahora se fue.
Quienes lo recuerdan hoy con pesar, pero también con orgullo y reconocimiento; quienes intimaron con él y lo frecuentaron más que yo, hablan de su personalidad coherente, de su compromiso ético con la memoria y con el futuro que venía de hace más de treinta años y que, en el periodismo que hacía, estaba presente sin concesiones: con historias de gente valiosa contadas en la confianza de la existencia de lectores valiosos del otro lado de la palabra. Si no, para qué contar. Esa clase de periodistas que ya no existen casi.
Últimamente fue autor de una serie de artículos como una preciada reconstrucción de la escena del rock, de la música popular en el Paraguay, en sus diferentes vertientes, publicados semanalmente en el diario La Nación.
Mario Rubén tenía, a no dudar, muchos lectores y muchos amigos que respetaban su trabajo y guardarán su vida y su obra en la memoria como los de un imprescindible de verdad. Uno más que nos deja en la tristeza de tener que perder siempre a los valiosos, a los justos, a los que reproducen la vida de una manera, por lo demás, imborrable.
Gracias por eso, Mario Rubén.

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