Las sentencias para las buenas y malas mujeres

Hasta el último minuto en que leyeron la sentencia de Lucía Sandoval, sufrí por lo que podía ser. Me parecía casi imposible que el Sistema de Justicia de nuestro país, declarara inocente a una mujer que sobrevivió a ser asesinada por su agresor: su marido.

La firmeza de Lucía, quien sostuvo su inocencia hasta el final, fue una de las principales razones que generaron, el apoyo y la movilización para su defensa. Su familia, el abogado defensor, un jurista de trayectoria, que está más al alcance de personas de clase alta y poderosas, que de clase pobre; y de las organizaciones feministas y de derechos humanos, que con compromiso y convicción, la apoyaron, con la difusión y el debate público, posicionando su defensa, desde el cumplimiento de los derechos humanos y la crítica a la cultura machista.

Lucía consiguió su libertad, pero no su inocencia, como lo declaró la fiscala María José Pérez Miltos, al finalizar la lectura de la sentencia: “…se ajusta a derecho, se basó en la duda, pero no fue declarada inocente”. A pesar de que Lucía cumple todas las normas de género para ser una buena mujer ante la sociedad: por ser madre de dos hijos, y cuya razón principal para conseguir su libertad, era la de recuperarlos, ya que no los pudo ver en los 3 años y medio de prisión, ella cometió un delito. Lucía se defendió de su agresor, y en el forcejeo, él resultó muerto.

En esta sociedad las mujeres no podemos sobrevivir a la violencia de género, el máximo dispositivo del sistema patriarcal para controlar nuestros cuerpos, nuestras vidas; estamos sentenciadas a morir, o vivir recluidas en prisión, o vivir la marca del ser víctima para siempre (víctimas y vulnerables, hasta las feministas nos llaman así…). No está permitido defendernos, ni denunciar la violencia, no podemos dejar el lugar asignado: buenas madres que sufren hasta morir, que lo entregan todo para los otros, incluso, cuya libertad es para otros.

Gabriella Wolscham cometió el mismo delito: se defendió de su agresor, porque denunció a un Juez que la acosó sexualmente. Pero Gabriella, no sólo cometió ese delito, porque ella es lo que se dice “una mala mujer” para la sociedad. Aunque sea madre al igual que Lucía, ella es modelo, y por lo tanto “puta”. Gabriella vende su cuerpo, como lo hacemos todas las personas para trabajar, pero ¿cuál es la diferencia? ¿porque ella es “una mala mujer”?

La diferencia es que sobre la sexualidad existe una moral en nuestra sociedad, y cultura, desde donde se mide y clasifica a las personas por sus prácticas, deseos, opciones e identidades sexuales. Desde esta moral, las mujeres que venden sus cuerpos para fines sexuales, o como objetos sexuales, son “putas”. Y ser puta, prostituta, es un delito, no para las leyes en nuestro país, sí para la sociedad.

Esta moral juzga a las personas que tienen prácticas sexuales que no están establecidas como normales y dentro de las “buenas costumbres” (aquellas que se desmarcan del matrimonio con fines reproductivos), calificándolas de promiscuas, degeneradas, etc. Juzga el sexo, mucho más que a la corrupción y al tráfico de influencias desde los Poderes del Estado, mucho más que a la violencia ejercida por los medios de comunicación hacia niñas, niños y adolescentes, desde la moralina falsa e hipócrita. Los valores sociales y morales, son los otros dispositivos que sostienen al de la violencia de género, invisibles y silenciosos a veces, pero que basta que una quiera salir de su lugar “de mujer”, para que todo el sistema se active.

Estos dispositivos sociales, nos dicen cómo debemos actuar (el género es una actuación, una perfomance, como dice Judith Butler) para “ser una buena mujer” (porque las malas siempre existimos a pesar de todo…). Entre ellos está el de dejar bien claro que no sos una prostituta: “Cuando una mujer se aferra a su decencia frente a una puta, suscribe el orden patriarcal que le arrebata tanto a ella como a la puta, por ser mujeres ambas, la capacidad de autonombrarse. Cualquier mujer tendrá que demostrar siempre que no es una puta” (Itziar ziga, Devenir perra).

¿Cuál es el límite para ser una prostituta, una puta? ¿Hasta cuántas relaciones sexuales se puede tener para no llegar a ser “una puta”? ¿Y si esas relaciones son con mujeres y hombres, es peor? ¿La paga que se recibe, el valor que te dan por el sexo, se reduce al dinero en efectivo? ¿Los regalos que te da alguien con quien te acostas, te hacen una “puta?

Sobre la denuncia de Gabriella escuché decir a varias mujeres (“y hombres guardianes de la decencia de las mujeres”) que “el Juez hizo mal, pero ella también hizo lo suyo”, yo me pregunto ¿qué hizo ella? Salir medio desnuda, vender su cuerpo, “ofrecerse al Juez”…. Al parecer, este fue su delito.

Gabriella y Lucía, rompieron mandatos y normas de género para las mujeres, las valientes como ellas, construyen sociedades más justas para todas las personas.

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