Los paraguayos trabajamos demasiado

Los datos del estudio del ex ministro de Hacienda Dionisio Borda (coordinador), Cynthia González y Diana García hablan de un 79 por ciento de ocupación laboral de jóvenes de 15 a 24 años. Entre otras cosas, el dato viene a desmontar un mito, el mito de que en Paraguay “falta trabajo” o que la gente es “haragán”. Pero arroja, en contrapartida, el problema principal de la ocupación en el país: la absoluta precariedad y los bajísimos salarios. El promedio salarial es de G. 1.200.000.

Ya el último censo de hogares arrojaba datos más alarmantes: 450.000 niños y adolescentes en el país trabajan. En su mayoría vendiendo, lustrando, ofreciendo servicios.

Si cruzáramos estos datos con otros, la situación se vuelve más densa: 40% de nuestra población se encuentra en la pobreza y la mitad en la extrema pobreza.

En general, la mayoría de nuestra gente trabaja mucho más de ocho horas. Y si contáramos las horas que malvivimos en los colectivos o en precarios coches, esta carga horaria se dispara hasta el hartazgo. No en vano, hemos dejado nuestra antigua cortesía para mirarnos como extraños y potenciales adversarios.

Kanguero, py’aro y paranoia son rasgos comunes hoy en la sociedad urbana en Paraguay.

Es importante desmontar el mito del trabajo para intentar comprender dónde radica el principal problema de la ocupación y de las condiciones de la ocupación.

En qué condiciones trabajamos los paraguayos es la principal cuestión a discutir y a resolver, si es que esa posibilidad aún existiera.

El tipo de trabajo de una sociedad corresponde al tipo de modelo económico que se impulsa desde los sectores de poder económico y desde el Estado, apéndice, generalmente, de ese modelo económico.

En Paraguay se recrea y se promueve con políticas públicas, incentivos fiscales, créditos, subsidios, bajos aranceles de importación, el modelo de reexportación (y su apéndice, el ensamblaje) y la agroexportación.

El modelo de reexportación consiste básicamente en traer la mayor parte de las mercaderías de afuera, dejar acá una cantidad para consumo del mercado interno, y el resto reenviar al exterior. El caso más común y el que más se conoce son los productos electrónicos, pero, en general, en este país casi todo de importa y muchísimo más se reexporta: incluidos los cigarrillos.

Se traen los insumos de Brasil, se empaquetan y se vuelven a meter en el mercado brasilero y otros grandes mercados.

El negocio genera multimillonarios pero en la base social un trabajo sumamente precario, mucho de ellos incluso clandestino, como las drogas, los relojes, los lentes…

En cuanto a la agro exportación, este modelo aparece como la niña bonita. “El país que trabaja” nos dicen cada año en la Expo los agro exportadores. La carne, la soja, el arroz y el maíz de producción a gran escala ocupan muy poca mano de obra, gran parte el insumo se importa y no paga impuesto de exportación en bruto. No hablemos acá de los estragos medioambientales y humanitarios.

Una tercera pata es coja: ensamblar acá cosas que se fabrican en otro lugar abarrota el mercado de bienes de uso muy baratos pero poco duraderos. La maquila hubiera sido algún refugio, aunque temporal, de asalariados y cierta estabilidad y seguridad laborales de tener posibilidades de meter los productos ensamblados a mercados vecinos: Brasil, Argentina y Bolivia.  Esa posibilidad es muy complicada. Hace rato que Brasil y Argentina sustituyen productos importados por fabricación casera. De hecho, esta política fue la que prefiguró el modelo económico “paraguayo” durante el régimen de Stroessner.

El régimen vio que era “un lindo negocio” traer productos de todos lados, de todas las marcas, a muy bajo arancel, y reenviarlos de contrabando a los mercados vecinos. Cuántas fortunas se han hecho con este «bonito» negocio.

Al interior del país, malvivimos con ventas y servicios: Bodegas, almacenes, pancheros, lomiterías, repuestos de autos, motocicletas, quiniela, plomería, electricidad, albañilería, ventas de cedés, binguitos, empleos domésticos, golosinas…

De hecho, está visto que es este sector el que genera la mayor fuerza laboral y es, además, el que sostiene el sistema tributario del país.

El modelo de acumulación de capitales produce niveles de renta importantes (algunos incalculables), pero su redistribución es pobre, bajísima.

¿Cuánto queda en el país, por ejemplo, de toda la soja que se exporta? ¿Cuánto queda en el país de todo lo que se reexporta?

Ni hablemos de las telefonías móviles y los puertos privados, por donde circulan hoy la mayor parte de las mercaderías producidas acá o reexportadas, incluida la cocaína. Las telefonías móviles y los servicios de internet generan un empleo “de terror”, según muchos trabajadores, y la mayor parte de las ganancias se la llevan afuera.

Aun la industria láctea, una de las pocas industrias de punta del país, está casi monopolizada por un emporio económico extraño, algo así como un Estado en otro Estado, el menonita. No hay trasferencia de tecnología, capital y otros recursos. De impuestos ni hablemos.

Sin impuesto a la exportación en bruto, con bajos o nulos impuestos a la transferencia de las ganancias y sin inversión de capital en procesamiento de producción primaria, nos quedan la inestabilidad y la precariedad laborales.

Una última cuestión. Si el 79% de los jóvenes de 15 a 24 años trabaja y en las condiciones y los salarios en que lo hace, deberíamos estar muy atentos a la idea que tenemos de la ocupación.

Sería importante que la mayoría de esta gente, en estos tiempos, tenga tiempo para el ocio, el estudio, las artes, la investigación técnico científica.

Con tal grado de ocupación y super explotación para acceder a lo mínimo, mínimo, es de esperar que la alienación, la enajenación y la brutalidad avancen por doquier. Y eso que llaman “inseguridad”.

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