Llevemos a vacunar a los adultos mayores

Por Julio Benegas Vidallet

Sospechaba ya cuando a una hermana le planteé. Y luego a un cuñado. Después a una amiga. Pero seguía pensando que eran excusas de personas mayores que, a cierta edad, necesitan mimo y autoridad. Las dos cosas. Sé de esto. Padecí y disfruté esta cuestión con mis padres.

A los adultos mayores no se les pregunta si quieren ir al hospital o si quieren que se los vacune. A los adultos mayores hay que llevarlos como si nosotros fuéramos sus padres y tuviésemos el deber de hacer lo que ellos hacían con nosotros.

¿Acaso a nosotros nos preguntaban si nos gustaban el ka’are rykue y la leche tibia con ajo?

Nuestros adultos mayores, sobre todo de los sectores guaraní parlantes, con raíces campesinas muy profundas, vivieron con la idea de que ir al médico era llenarte de enfermedad o para morir. Tanto tiempo sin salud pública moldeó el carácter desconfiado hacia la medicina formal.

Anoche me encontré con una pareja de primos mayores en su local de asaditos. Cuando les dije que ya era tiempo de inscribirse para la vacunación, ella me dijo: «sí, añe inscribíma». Pero lo dijo agachando la cabeza. Supe en ese mismo momento que no lo haría ni lo pensaba hacer. Lo miré a su hijo y le exhorté: fulano, anotale y llevale a tus viejos.

-Bueno, tío- me respondió.

Pero luego debimos hablar largo sobre las vacunas y todas las cosas que se dicen y escuchan por ahí.

Creo que una de las razones la convenció. O eso quise creer. Si los ricos como Cartes, Cubas Grau y demás pagan miles de dólares para ponerse las vacunas en Estados Unidos, por qué nosotros, los pobres, nos negaríamos si hubiera a disposición. Si los ricos supiesen que la vacuna les dejaría mal en unos años, no lo harían.

-Te juro, fulana- le repetí. Al despedirme le recordé a su hijo la inscripción de los padres.

Ya en cama, comprendí que la campaña antivacuna había entrado muy fuerte entre nosotros.

-Qué loco. Mboriahu jeýma oñe complica-pensé, bajando al suelo La peste de Albert Camus y apagando el último pucho de la noche.

El caso era un poco más grave de lo que sospechaba. Así como el miedo se había convertido en terror y luego, en el caso de nuestro país (cerrado a punta de armas por tres casos identificados), en la negación incluso de la existencia del virus, ahora el miedo se había metido, entre tanta especulación, entre tanto barullo, por la puerta grande de nuestras creencias formadas a la luz del rumor, la vela a la Virgencita, la inexistencia de salud pública y el cháke.

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