Las cartas siguen llegando en la danza contemporánea

Reseña de la obra «Letra por letra – 2019

Por Valerio Marinetti

La sala nos recibe con una oscuridad de buzón y, durante esos instantes previos, las cartas somos nosotros, los espectadores, esperando en sigilo que alguien venga a abrirnos y leernos.

Luego, la penumbra da paso a la oscuridad total y, finalmente, se enciende la luz en el espacio. Comienza entonces la escritura.

Se oye el piano solitario de una canción que se canta dulce. Se sobreimprime el golpeteo de una máquina de escribir que percute su ritmo sobre el papel. El tac-tac-tac de las teclas es el reloj desparejo que puntea la voz de un escriba en tiempo real, quien a su vez puntea los movimientos de una pareja de bailarines. La voz no ordena; más bien describe las figuras que realiza el dúo. Es una danza relatada.

La melodía concluye pero la bailarina no se detiene. Las notas parecen seguir sonando en su cabeza, así como nos resuena la voz de quien nos escribe una carta cuando hacemos una lectura silenciosa.

Un dictado dictador detiene la danza extasiada. El escriba se entrega obediente a su tipeo burocrático, la bailarina se vuelve alumna, la pared, pizarrón, y el lenguaje se desgrana, letra por letra.

Abordar los límites del lenguaje, atrapar lo inefable, tensar el alcance de la letra y lo indecible. La escritura se deshace en intentos fallidos, la musa sopla pero no inspira. Arrasa con todo, mueve y desaparece. Todas las cartas son del viento.

La punta del lápiz da en el blanco del papel. El nombre del destinatario encabeza, abre el vacío que ha de llenarse. La danza se desboca sin renglones y las palabras se desparraman. El roce del trazo se vuelve jadeo, susurro soplado en las orejas ausentes. El cuerpo de la carta no es una parte de la carta. El cuerpo es la carta.

Volver a escribir de cero. Barajar y dar de nuevo para que las cartas se vuelvan mazo y azar. Baja cenital la luz a la mesa, y los bailarines son ahora tahures que se juegan algún destino. Cartas que se rompen en pedacitos, se vuelven estampillas y se adhieren a un cuerpo que ahora se vuelve sobre. La saliva es también firma de quien envía la carta.

Y la carta también es menú. Y, la academia, el comensal exigente que demanda estilos diversos. Solícitos y obedientes, los bailarines responden a sus pedidos. El paladar que evalúa, que apenas es oscuro y se pretende negro, se levanta insatisfecho de la mesa para demostrar personalmente cómo deben hacerse las cosas. Danza llena, corazón deshecho.

La musa retoma literalmente el hilo, como si se tratara de un renglón infinito ovillado por el tiempo. Ya más tirana que inspiradora, rodea al escritor, nuevamente paralizado frente a la danza en blanco. Le canta, lo arrulla, lo enreda. Por un instante, los hilos se vuelven riendas y el bailarín, marioneta. La sujeción genera los mismos movimientos que permitirán la liberación.

Suelto y en viaje de recuerdos, otro bailarín danza postales al aire. Turista de un pasado remoto, baila, piensa y habla hasta el vértigo, mientras desfilan lugares que ya no existen, costumbres que ya no son.

Como un gesto de resistencia de la memoria, aunque ya casi nadie se sienta a escribirlas, desde otro tiempo y espacio, las cartas siguen llegando.

Carta!!! -anuncia el cartero. Es para nosotros, el público, nos cuentan los artistas.

Y, a cuatro, seis, ocho manos y ojos, nos leen y escriben a la vez la última carta de la noche.

FIN.

Ficha Técnica

Idea y Dirección: Edith Correa

Investigación: Diana García

Interpretación y colaboración creativa: Victor Maldonado, Laura Cuevas, Marcelo León

Asistente de dirección: Claudia Martínez

Iluminación: José María Tottil

Composición Sonora: José Ariel Ramírez

Diseño de Vestuario: Fabian Da Silva para Fauve Gaubbe

Colaboración Creativa: Gabriela Zuccolillo

Texto “Una vez una rambla”: Shirley Villalba

Fotografía: Javier Valdez

Tráiler. Registro audiovisual: Carlos Giménez

Diseño Gráfico: Silvia Canillas

Producción: Alba Tottil

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