La tierra y los grandes medios

En el periodismo se filtran vocablos de uso específico, de la Policía, de la Fiscalía, de la medicina, de la economía. Esos vocablos, al ser tan específicos de un área determinada, pueden corresponder no solo a un discurso técnico si no que a uno profundamente ideológico. Así tenemos que desde áreas de la economía nos pueden decir que el país sigue con un crecimiento económico, en tanto que en la gente común aumenta la angustia.
¿Qué sector de la economía crece? ¿A quiénes beneficia este crecimiento?
En el periodismo paraguayo, desde unos 15 años atrás, hay una marcada tendencia de llenar los noticieros con hechos delictivos, de delitos comunes. Esos delitos comunes, por lo general, se presentan con los vocablos utilizados por la policía como el sujeto, el individuo, el malviviente, el arma blanca, en las inmediaciones de tal o cual avenida, se apersonó y términos por el estilo.
Algunos términos se deben al discurso técnico (es decir, propio de un oficio), pero una buena mayoría de esos vocablos corresponde a cómo un grupo de represión considera a la persona bajo sospecha de algo, con sus instrumentos inquisitoriales, y cómo denomina a los sujetos sociales de acuerdo a su clase social.
Nadie, por ejemplo, dice “el ex convicto Horacio Cartes”. O el delincuente Cartes. O Cartes, el de frondoso antecedente. Cartes, el ex presidente, estuvo en prisión en 1985 por estafar al Estado paraguayo con los dólares preferenciales.
Los medios son grupos de interés. Los grandes medios, grupos de intereses corporativos. Es decir, son conglomerados de empresas que tienen capitales, activos financieros, en ganadería, soja, combustibles, supermercados, bancos, inmobiliarias…, como el Grupo Zucolillo, el Grupo Vierci o el Grupo Cartes, o el grupo Alba Visión, del que forma parte Canal 9.
En nuestro país, la mayor parte la renta empresarial se utiliza en patrimonio personal o en compra de tierras para estancias, para la soja, para cadenas de hoteles, departamentos y shópines, supermercados.

Cierre de ruta en el kilómetro 323, comunidad enxet de «La Herencia», en apoyo al reclamo del pueblo sanapaná. Foto: Tierraviva.

Fundamentalmente la reinversión de los recursos financieros se orienta a la especulación inmobiliaria, ya sea en el campo, a través de las estancias y los sojales, o en las zonas urbanas, a través de alquileres, edificios y esos lotecitos 12 por 30 que cuestan un promedio de G. 800.000 mensuales – a diez años- en la zona metropolitana de Asunción.
De ahí que el objeto de mayor disputa de capitales en el país es la tierra.
De ahí que el que produce soja o ganado, según los grandes medios, son los productores y los que viven en el campo, produciendo mandioca, porotos, verduras, son “simplemente” campesinos.
Esta recategorización de los sujetos que producen en el campo ha vuelto, entre otras cosas, muy vulnerables a las familias campesinas, en gran parte víctimas de fumigaciones aéreas, acosos, amenazas, y finalmente, cuando ocupan tierras usurpadas por los otros, esos sujetos que obtuvieron la categoría de “productores”, reciben amenazas, extorsiones, y finalmente toda la tropa oficial de policías, carros hidrantes y la montada.
Es en ese contexto también que el sujeto campesino que ocupa tierra adquiere, sin investigaciones, sin saberse nada en torno de la propiedad, de la procedencia de la anterior ocupación, el mote de invasores.
Los “productores”, aquellos sujetos asentados en alrededor de siete millones de tierras que antes eran del Estado y que según ley eran para familias campesinas, no son invasores, sino que aparecen como víctimas de campesinos “invasores”.
Esos productores pueden deforestar millones de hectáreas, rompiendo completamente el equilibrio ecológico, exterminando la variedad de fauna y flora, contaminando los cauces hídricos, pero, no, el problema será el sujeto pobre, el sujeto sin conciencia que tira la basura o quema la basura.
El sujeto pobre en el campo es por extensión el sujeto pobre en las ciudades. La mayoría de las familias que malviven hoy las ciudades, en sus orillas, en sus villas, son sujetos pobres desterrados del campo que acá no tienen condiciones materiales para acceder a un trabajo estable ni a una vivienda en tierra alta. La tierra alta quedó concentrada en especulación inmobiliaria.
Esos sujetos pobres, en nuestras crónicas policiales, son los malvivientes, los individuos, los marginales, con frondosos antecedentes que se dieron a la fuga.
El cerco corporativo en torno del conflicto social y las demandas profundas de nuestro pueblo mete a nuestra población en un callejón sin salida.
Al no abrirse la discusión real sobre el uso de la tierra en este país y los grandes desequilibrios socieconómicos, humanitarios y medioambientales que se producen, el país no encuentra un lugar apto público de discusión.
Lo público se ha privatizado y millones de pyragues voluntarios, con su miedo a perder lo poco o mucho, en general muy poco, se encargan de custodiar los intereses del latifundio, vomitando fórmulas stronistas hacia la gente que demanda cosas importantes: “zurdo”, “comunista”, “maricón”, “haragán”…
Por eso, repito donde puedo, no se puede creer que se harán cambios importantes en este país con el apoyo de los grandes medios de comunicación. Te habilitarán que dones tu platita a los bomberos, a Teletón, que te juntes para las polladas, plantes un arbolito en tu casa, en tu vereda, te felicitarán por todo acto que no transgreda el nudo central del conflicto social y medioambiental de nuestro país: la acumulación de la tierra en el 3 por ciento que la utiliza para plantar semillas transgénicas o pastos para vacas o de pista de aterrizaje para el tráfico de drogas y armas.

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