La dignidad electoral

Desde el golpe de Estado de 2012, un sector muy grueso de la población electoral de este país definió que si no le pagaban no iba a ir a votar. Fue así que una práctica antigua se convertía en un escenario público en el que la dignidad no radicaba en no recibir plata si no en cuánta plata te dan. En las elecciones municipales, salvo esporádicas excepciones, más del 90 por ciento de la gente acude a las urnas solo si van a buscarla. Fuera de algunas ciudades, la gente no registra que algo importante se juega en unas elecciones municipales. Debe ser, entre otras cosas, porque a las municipalidades solo se las asocia con el cuidado de plazas y calles, aunque, desde 2010 manejan, además de los royalties de Itaipú, el Fonacide, aquel dinero (unos 240 millones de dólares) que durante el gobierno de Fernando Lugo se había sacado de las negociaciones con Brasil.
El manejo de los royalties y el Fondo de Inversión Pública y Desarrollo (Fonacide) ha generado una dependencia casi obsesiva con esos dineros. Cómo y con quiénes gastarlos genera un coto de poder que se abroquela en torno de licitaciones de obras, ubicando a los municipios medianos y pequeños como administradores de fondos externos. Entonces la mirada no está concentrada en generar recursos propios (ampliar nivel de inversión en la ciudad, transporte y otros servicios municipales) sino en cómo utilizar la plata que viene desde el Estado central.
Con la lista desbloqueada, eso que podés elegir al interior de una lista, una sola candidatura, produjo una explosión gigantesca de candidaturas fuera de los partidos tradicionales y los que, sin serlo tanto, hace rato ya vienen haciendo de furgón de cola de estos.
Esta vuelta si eras colorado “podías elegir” a la candidatura que más te gustaba, pero más que esa cuestión idílica, al interior del Partido Colorado hubo un despliegue inusitado de dinero y aparato, ya que todas las candidaturas debían pelear porque su nombre aparezca con la cruz de la votación.
En unas elecciones que no despiertan el interés espontáneo de ir a votar sin que te vengan a buscar, al antiguo aparataje del Partido Colorado, seguido unos metros atrás por el Partido Liberal Radical Auténtico, se insufló de una fuerza centrífuga. Si estabas en el primero o en el segundo lugar de la lista no podías descansar en la elección de lista cerrada.
Fue un aparente todos contra todos que casi hizo desaparecer, electoralmente, a las experiencias políticas alternativas.
Las minorías quedaron sin representación. La experiencia extra de Ciudad del Este, que es la que más conozco, nos indica cómo mantener un proceso de grandes cambios que se iniciaron con la caída del clan Zacarías. Cómo mantener con vida el espíritu del cambio a partir de unificar emblemas, discursos, y sostener con coraje las embestidas. La gente sintió allí que algo realmente importante se jugaba y que entre esas cosas realmente importantes estaba la mínima institucionalidad que se pudo organizar en la ciudad a partir del desplazamiento del Clan Zacarías, aquel clan que manejaba a su entero arbitrio a los trabajadores, a los fiscales, a los jueces, a los policías y a la Caminera.
La otra dignidad, la antigua, la que se sostiene en el coraje de decir no al patrón o al patroncito operador, habrá que buscarla, compartirla, amasarla, cuidarla y convertirla en un proyectil cargado de rabia y amor para intentar una amplia alianza de la gente para el 2023.

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