La deuda acumulada a los campesinos pobres

 

Por Carlos Verón de Astrada

Es una explosión, la explosión de una penuria acumulada en siglos. La conmoción causada por la presión campesina no es solamente en virtud del reclamo a que sean condonadas sus deudas en términos financieros. Es una deuda que tiene el conjunto de la sociedad para la gran masa postergada de campesinos que padecen una penuria consecuente de una malsana y obscena concentración de tierras creciente, en manos de una minoría  cada vez más pequeña que opera para el mercado internacional, perjudicando a quienes en condiciones cada vez más precarias, sobreviven produciendo lo que consumimos.

El sobreendeudamiento del campesinado pobre no es sino el síntoma de un grave problema estructural que pasa no sólo por esa mala distribución de la tierra, sino por el abandono a que son sometidos los que víctimas del monocultivo, en la actualidad sojero, deben sobrevivir en una progresiva y lacerante pauperización.

De nuevo este año, la respuesta de los perifoneros del sistema, levantan su grito para llamar a reprimir a los manifestantes. Tan servil ese papel, que en ningún momento se les ocurre que la expresión desesperada de estos compatriotas sobrevivientes del campo, es un límite que merece ser visibilizado. En ningún momento se les ocurre ni por casualidad, que la solución a la conmoción consecuente de la manifestación, debe ser la resolución de la tragedia que padece el campesino pobre en el Paraguay. Algunos directamente llaman a “guachear”, a reprimir a los manifestantes, ¿De qué nos defendemos? ¿De la verdad? . Una verdad que se nos está vedada por quienes detentan el poder, para hacernos creer que lo natural está dado por la fatalidad a la que se condena al campesino a morir de hambre.

Señoras y señores citadinos asuncenos, sepan que una parte importante de la sociedad necesita hacer conocer sus problemas. Que al hacer saber, rompen nuestra  indiferencia  respecto a una realidad que nos involucra. Y sobre todo debe llamar a romper la ignorancia. La ignorancia de que hay sectores estratégicos, desde el punto social y económico que deben ser priorizados  y que por consiguiente, deben tener un tratamiento especial. Por ejemplo de los pequeños productores rurales que además de producir  productos alimenticios indispensables, están expuestos a las contingencias del tiempo, a las fluctuaciones del mercado, a la subordinación a la intermediación etc. Y que por eso son beneficiarios hasta en países del primer mundo, de subsidios. En el caso de Paraguay, la situación se agrava ante la falta de asistencia técnica.

La opinión pública expresada en la manifestación para reivindicar derechos, es un pilar de la democracia; del contrato social del estado moderno, y más en un Estado que se declara “social de derecho”. A donde si no se expresará el sector social directamente afectado sino en donde se asientan los poderes del Estado.

Es por tanto, desde el contrato social asumido para la constitución de un Estado Social de derecho, por todos los  que lo componemos, en aras de la relación armónica necesaria en su seno, involucrarnos en lo que nos atañe a todos.

No puede ser que cegados por el maniqueísmo ideológico, algunos que celebraban la libertad de expresión de quienes incendiaban el local de un poder del Estado, además de romper y saquear negocios del centro capitalino, o quienes para justificar el privilegio de los grandes empresarios sojeros, decían preservar a los pequeños productores, hoy peguen el grito al cielo por el “caos en el tránsito” porque no pueden desplazarse. Y SÍ, lo que se llame el caos o la conmoción es lo necesario, lo impostergable para llamar la atención, no sólo de las autoridades de un Estado fallido como el que padecemos, sino de la ciudadanía toda para mitigar un drama social y económico de décadas, consecuente de un modelo económico expoliador y excluyente. Muy complaciente con el  gran empresariado sojero y ganadero que concentra tierras y riquezas, en detrimento de las mayorías postergadas.

Citadinos asuncenos, tomemos conciencia de la situación límite a la que está llegando la mayoría de nuestra sociedad organizada en Estado, si no se quiere padecer de un colapso social que será mucho más grave que los problemas del tránsito automotor.

 

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