La cuarentena y el kilo de pan

Por Sara Schupmann
En este país donde hay más de 1millón de gente por debajo de la línea de pobreza, o sea, no tienen un felipito para llevarse a la boca y dependen de lo que encuentren en la calle, de lo recogido de la basura, lo recaudado en semáforos, «quédate en casa» es una sentencia de muerte, y no solo la muerte física producto de la malnutrición y el hambre, hablo de la muerte de toda esperanza.
En este país donde la salud es un lujo que no se puede pagar porque, de qué te sirve un diagnóstico si no tenes para las pastillas, de qué sirve un centro de salud colapsado y sin insumos, 30 años de dengue y en cada temporada lo mismo, nunca hasta hoy un plan, una estrategia o solución real, se muere la gente en los pasillos, sin camas, sin terapias y sin atención de calidad. «Quedate en casa» es sentate a esperar tu hora, porque el sistema de salud no tiene un protocolo, ni puede afrontar una epidemia.
En este país donde se roban todo y nos dejan absolutamente hundidos en la precariedad, hoy el agua es un privilegio de los barrios caté, porque te cuento que no hay agua en mí barrio pobre y no hay money para la botellita de agua mineral, mucho menos para el alcohol en gel y te juro que ni si tuviera pagaría 200 lucas por un tapabocas, la «higiene y prevención» es de los que pueden comprar su lavandina, su lisoform, su jabón de coco…
Eso de «quédate en casa» más me parece un ataque a la gente pobre, una sentencia de muerte para los que viven de la calle y en la calle. Y peor todavía, una nueva razón para discriminar, violentar y excluir al otro

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