La crisis de la guerra

Por Paulo César López

Los grandes medios de las principales economías de Occidente son unánimes al señalar que existe una “crisis migratoria” en el seno de sus países. La mayoría de estos cuentan con un historial de violenta dominación colonial en otros continentes, con heridas que permanecen aún abiertas y hasta sangrantes.

Millones de personas han sido desplazadas por las guerras de Siria, Irak y Afganistán. Presas de la desesperación y la angustia, se arriesgan a cruzar los mares en sobrecargadas embarcaciones en busca de mejores condiciones de vida. Sin embargo, el viaje a la utopía tiene como frecuente desenlace ahogamientos masivos o penosas estancias en centros de refugiados con paisajes que más bien rememoran los campos de concentración de la segunda guerra.

Los “cambios de régimen” impuestos por los Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Irak, Libia y Afganistán han terminado en empantanadas aventuras donde el caos, la violencia y el hambre han ganado terreno a las promesas de libertad, democracia y prosperidad. El mundo feliz sin tiranos ni opresión ha conducido a una guerra sin fin.

La “crisis migratoria” y los ataques de parte de elementos o simpatizantes del Estado Islámico en países como Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Estados Unidos –principalmente– ha instalado al sujeto migrante como enemigo de la sociedad. Además de la crisis económica y la creciente falta de legitimidad del sistema político, el apogeo del malestar xenófobo ha sido una de las principales fuerzas impulsoras de movimientos como el Brexit, el renacer neonazi o la emergencia de figuras como Donald Trump, quien ha sido confirmado como candidato republicano para las elecciones de noviembre en los Estados Unidos. Las promesas que se han destacado en su campaña han sido la construcción de un muro en la frontera con México y la prohibición del ingreso de musulmanes a territorio norteamericano.

Pero ante esta hipótesis de guerra contra el enemigo externo, desde las propias filas atacan los “casos nativos” de terrorismo, aunque en los medios aparezcan como episodios aislados de personas con distintos grados de desorden mental. Además de ciudadanos nacidos en los propios países donde llevan a cabo los ataques y que se habrían radicalizado “online” con propaganda del Estado Islámico, las minorías raciales y hasta oficiales militares que formaron parte de estas guerras empiezan a responder a la violencia interna que padecen.

El pasado 18 de julio, Gavin Long, un exsargento de la Marina norteamericana que sirvió en Irak entre 2008 y 2009, asesinó a tres policías e hirió a otros tres en Baton Rouge, Luisiana. El autor justificó el ataque como una respuesta a los maltratos que sufre la población negra en su país e hizo un llamado a la venganza ante la poca efectividad de los métodos de protesta, declaró en un video colgado en internet. El asesinato de decenas de jóvenes negros a manos de policías blancos ha desatado una serie de acciones de lobos solitarios que toman represalia contra estos crímenes, que en la mayoría de los casos no implican mayores consecuencias legales para los agentes responsables.

No obstante, en lugar de que esta crisis suscite algún tipo de revisión las réplicas que se avistan como más probables parecen ir todas ellas hacia opciones más conservadoras y que recrudecerán el estado de violencia. En un contexto de recesión económica y de alto desempleo, el comercio internacional de armas ha roto sus propios récords.

Un reporte de Voice of America (VOA), el servicio informativo del gobierno de los Estados Unidos, reseñaba el pasado 26 de junio en un maquillado tono triunfalista que este país sigue liderando el mercado internacional de defensa. Durante el 2015, de acuerdo a los datos de la agencia consultora IHS, ha exportado armas a otros países, en especial de Oriente Medio, por un valor de 23.000 millones de dólares. Este monto representa un aumento de 10.000 millones de dólares con relación al 2009. Por su parte, Francia dio un salto exponencial en sus exportaciones de 8.000 millones de dólares en 2014 a 18.000 millones de dólares en 2015. A este ritmo para el 2018 el país galo desplazaría a Rusia del segundo lugar entre los principales proveedores de armas del mundo, añade el reporte.

Según la misma fuente, en total el comercio internacional de defensa ha llegado a los 65.000 millones de dólares en 2015 y para este 2016 se estima que llegaría a 69.000 millones de dólares. Las tensas relaciones de Occidente con Moscú, los programas nucleares de Corea del Norte e Irán, el conflicto en Oriente Medio y las disputas territoriales en el Mar del Sur de China –todos ellos asuntos con activa intervención de los Estados Unidos– vaticinan que la escalada armamentística de la principal potencia no tiene visos de tregua.

El reguero de pólvora sigue expandiéndose en episodios como la intentona militar en Turquía, policía de la frontera de la política (anti)migratoria de los países de la OTAN, que siguen matando civiles y bombardeando hospitales en incidentes o “daños colaterales” cada vez más frecuentes en las incursiones contra los supuestos grupos extremistas. En definitiva, las principales potencias del centro capitalista se enfrentan actualmente al efecto búmeran de la “cruzada civilizatoria” con la que han sojuzgado al resto del mundo.

Foto: eltribuno.info

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