La casita de los pobres

Nuestro ranchito era de paja y estaqueo. Una pieza grande y una cocina. Era fresco. Alrededor yvapovo, inga, mango. Afuera el baño, unas cortinas de tacuara. Mi padre y mi madre aseguran que la virgencita les avisó que salieran, con todos los hijos, de la pieza antes de que la única pared de adobe se derrumbara. Desde ese tiempo, todos los días, a las cinco de la tarde, mi padre prendía velas a la virgencita, en un santuario donde las figuritas de San Cayetano y San Antonio actuaban de fondo. Un cristo de arcilla se quebraba sobre las piernas sin remedio. Es que es complicado estar tanto tiempo clavado en la cruz.

El episodio apuró la necesidad de construir una casa de «material». Mi madre ya vendía frutas y verduras en el centro asunceno y mi hermano Víctor ya tenía changas importantes. Era yo un chico flaco, descalzo, con algún pantalón cortito. Mi padre, con cierto poder aún en las decisiones, contrató a su amigo Calí a emprender la ardua tarea de levantar los ladrillos. El señor sufría de diabetes, chupaba caña blanca y fumaba cigarro po’i. Yo era uno de sus ayudantes en mezclar la arena con la cal y cemento. Entre un aprendiz lúdico y un maestro que se destartalaba en sofocones y dormía extensas siestas, llegar a alturas de techo llevó casi un año. A Calí se le pagaba por día. Así, y sus limitaciones, cerrar el techo y tapiar bien las paredes podrían durar unos años más. Mi madre, entonces, tomó cartas en el asunto. Contrató con Antonio Alvarenga, joven, ducho y rápido. La flamante casa con flecos, un clásico de los 70, completamente integradas sus piezas, estaba lista. Tantas historias encierran esas paredes y albergan los alrededores. En ese mundo todo olía a dignidad y terquedad de pobres. Eso es lo que gobernantes vende patrias no podrán jamás entender. La dignidad de pobres. Ellos pueden, justifican y predican en su casta la buena vida y el confort. En tanto, ven que nosotros, los de abajo, podemos vivir en celdas, con sus viviendas letrina. Que podemos internarnos en salas húmedas, que podemos aguantar cinco a seis horas para un número de cita médica. Que debemos conformarnos con lo que nos alcanza. Si serán, sí serán…

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