Koa la nde morbo

Los medios de comunicación y las redes sociales se han convertido en los últimos tiempos en una especie de circo romano moderno.
En aquellos tiempos en Roma, la «diversión» consistía en ver como literalmente se destrozaban esclavos, soldados desterrados, hombres comunes.
El éxtasis, el momento de máxima excitación, el clímax llegaba cuando la sangre brotaba por todas partes. El público se deleitaba, vibraba y a voces rugientes pedía más y más dolor, más sangre, mucha más sangre. A los espectadores no les importaba en lo más mínimo, obviamente, la suerte o el bienestar de los que estaban en la «Arena», solo pensaban en satisfacer su enfermiza necesidad de ver a otras personas destrozadas, sufriendo y sangrando por todos lados.
Bien, el siglo XXI y la llegada de espacios comunes por medio del avance de las herramientas de comunicación, han replicado un escenario cuasi idéntico al de los tiempos del circo romano, solo que en vez de la «Arena» están los medios de comunicación, las redes sociales y en especial los grupos «especiales»; en tanto que ya no son los esclavos (aunque en verdad es otro tipo de esclavitud) o los soldados desterrados los que dan el «espectáculo», son más bien personas ávidas de conseguir notoriedad a cualquier costo, con algún problema de personalidad o con inestabilidad emocional, son ellas ahora las que dan el triste espectáculo.
En el caso de los medios de comunicación la búsqueda del bien común o la intención de difundir información que eduque o instruya es hoy una verdadera quimera. Lo ordinario (nunca mejor usada la expresión) es encontrarnos con hombres y mujeres denigrándose o denigrando a otras personas. Las redes están en el mismo espectro. La exposición de cuestiones íntimas y personales, los ataques a la integridad, la distorsión total del sentido de la humanidad son en estos espacios moneda común.
Es aterrador descubrir que cada vez son más las personas que recurren a los medios o a las redes sociales buscando sangre.
El televisor para ver como destrozaron y le cortaron el pescuezo al taxista o al dispensador de la estación de servicio o para saber si la modelo tal consumía cocaína o el futbolista tal se peleó en público con su ex; y las redes y grupos para burlarnos de «Fulano» quien había sido es feroz cornudo y le debe luego dos meses a la despensera o de «Sultana» quien había sido tenía un video «sucio» y además se metió luego con todos los del barrio. Nos ubicamos en posición de los espectadores del circo romano, burlándonos de personas de cuyas luchas, realidades o temores no sabemos absolutamente nada, pero sin desparpajo nos ponemos a juzgarlas y exponerlas al inmisericorde escarnio virtual, que a la postre es más real que la falta de yodo en gran parte de nuestra población.
Es desesperante pensar que en este ambiente estamos educando a nuestros hijos e hijas, pues sin darnos cuenta les estamos diciendo que no importa el otro o la otra, solo importa saciar nuestro morbo, a cualquier precio.
A la jauría de las redes no le importa ayudarte con tus sospechas sobre tu novio, tu novia, tu esposo o esposa, a la horda de bárbaros no le interesa si estás en medio de conflictos emocionales. No. Ellos solo quieren ponerte delante del tigre y ver como te «mutilan» y destrozan en vivo y en tiempo real delante de todos.
En suma el morbo marca nuestra agenda y nos dicta los estándares de acción y comportamiento y nos impone los perfiles de las «figuras» a las que debemos «venerar» y todas sin excepción, son promotoras de este contemporáneo pero no menos sangriento circo romano.
Koa la ñande realidad. Koa la nde morbo.

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