Involucrarse o incubar un Payo

Por Coralie Arbo

Hay quizá algo de comodidad en apoyar un liderazgo como el de Payo. Un liderazgo mesiánico, de una figura que viene con el discurso de «resolver todos nuestros problemas» como con una varita mágica, anulando la idea de que los problemas (y, más aún, los problemas estructurales) se resolverán en procesos largos, colectivos, ignorando –quizá adrede– que no vamos a transformar nuestra sociedad si no es siendo parte del proceso político que conlleva.

Es mucho más fácil recostarse en un liderazgo casi demencial, en una figura endiosada a veces, demonizada otras; es mucho más fácil atribuirle a esa persona las curas de los males que entender que los males no se van a curar a través de él; de una figura que trabaja en un proyecto en solitario, erigiéndose como el salvador, que no admite otros liderazgos a su lado porque son una competencia.

Estamos tan acostumbrados a los liderazgos verticalistas que la horizontalidad nos da pereza. Porque sí, los procesos que buscan ser horizontales implican mucho mayor involucramiento, implican que tengamos roles muchos mas protagónicos de los que estamos acostumbrados a tener, y protagónicos no necesariamente como caras bonitas, caras visibles de los procesos, sino como partes activas responsables. Es mucho más fácil recostarse en un Payo (y estamos llenos de payos, que gritan menos nomás) que jugarse en un proceso colectivo.

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