Ingredientes para una serie pandémica: Los cambios

Por Miguel Caballero

En el orden de una importancia que mira primero al total desamparo, habría que incluir, para empezar desde abajo, a las personas que venden empanadas, chipa, yuyos y prácticamente cualquier cosa por la calle. Esta larga cuarentena tuvo que haberlos barrido como el sol a los hongos, y más allá de los rubros, la propia mecánica de la venta les ha sido prohibida implícitamente: al carecer de redes que los incluyan en el comercio digital, o del acceso físico o verbal de los demás, y sobre todo en un mercado pauperizado y anémico por los efectos de la pandemia sobre la economía, la persona que hacía esto se ha quedado con un tablero vacío. No está prohibido vender, sino que el ABC de los factores indispensables para el trámite, se ha evaporado. Los vendedores, en este escenario, han sido reemplazados por los deliverys, y acaso la misma necesidad de vender por parte de la producción, se ha transformado en la necesidad de comprar para un consumidor que, al igual que el hombre con su vehículo, puede ir únicamente a donde lo lleve el camino.

Es así que el cuentapropista, que sin dudas precedió a las grandes corporaciones, sufre dramáticamente el cambio generado por esta situación: sus opciones son pocas, aparte de cambiar de trabajo en un mercado laboral donde la demanda ha perdido relación alguna con la oferta, la mayoría se adhiere a las filas de las ollas populares, y otros ensayan malabarismos impensables para acceder al crédito. Pero incluso disponiendo de un capital, el trabajo en el nuevo orden establecido –había sido que Fukuyama no mentía-, tendrá una connotación de control civil más que de actividad útil o rentable. Y eso, básicamente, es lo que marca la diferencia, porque rentable puede ser igualmente la venta de empanadas, para un pobre, o la donación de las mismas para un rico con equis intenciones publicitarias o filantrópicas.

El gran cambio, sin embargo, no está dado por las pequeñas, ni por las medianas, ni por las así llamadas, grandes empresas. Sobre las ruinas de este genocidio comercial, al lado del cual la bomba de 2009 en Wall Street o la Gran Crisis del 29, fueron incluso positivas, en tanto que afectaron especialmente a los grandes centros de poder económico, en este caso la explosión deja afuera a casi todos los que no están integrados a la nomenclatura digital, vale decir los pobres o los incomunicados.

De yapa, lo que circula en la mass media para ayudarnos a entender o combatir el problema, sin dudas, es lo que afirman aquellos que todavía disponen de medios para pagar la opinión. Si las marchas hippies a pulmón en los sesenta eran sacrificadas, salir a manifestarse sin tapabocas, distancia social y pan en casa hoy va a ser cada día más utópico. No sólo está prohibido aglomerarse: además no dispones de dinero para el pasaje. Si estornudas, podrías ser arrestado por la cuarentena, y si mueres nadie podrá asistir a tu entierro. Estos son, a simple vista, algunos de los cambios perceptibles.

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