Hospital de IPS, del triste silencio a un grito en la noche

Por Cinthia López «La pasividad legitima las injusticias. Por eso, ser rebeldes es ser justos» decía Rafael Barret. Centenares de personas; mujeres, niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos con dengue con la única alternativa de ir al Hospital Central del Instituto de Previsión Social (IPS), a ún lugar lamentable, que aún así es un privilegio para pocos asegurados. El silencio invade el hospital. De repente algunas mujeres se quejan, pero no es suficiente, se escucha un cuchicheo lamentándose. Los hombres no dicen nada y estamos allí más de un centenar de personas. La urgencia del IPS se mantiene igual que todo el año, como si fuera que no existe una epidemia. Igual que siempre. Una sola enfermera para atender, una sola persona para fichar y dos médicos de guardia y un centenar de personas formando fila. Un solo pediatra. Gente llorando y otros desmayándose, callados esperando su turno. ¿Por qué las personas toleran tanto?, es la pregunta. Una mujer comenta quejándose de su marido «siempre le digo a mi marido que no vote más al partido colorado». Los médicos y enfermeras atienden a los pacientes como si fuera que están en un almacén de barrio, despachar nomás y que venga otro cliente, o como si fueran cajeras de un supermercado. Todo es rápido y automático. Impresiona ver tanta gente esperando paciente su destino. Pareciera que quejarse no es correcto, como si fuera inmoral o un pecado mortal, entonces el silencio y la agonía invaden todo el hospital. La gente tiene miedo de reclamar, el enfermo no quiere ser una carga más. Son entre 100 a 200 personas formando fila de urgencias para ser atendidos, la espera se hace infinita, ya es cerca de la medianoche. Entonces es cruzar los brazos, sacar el celular y jugar algún jueguito mientras una señora se lía con su rosario toda la mano, quizás para que siga dándole fuerzas para seguir esperando en total silencio como una buena cristiana. Nada de quejarse, eso es ser rebelde y ser rebelde no es digno de una persona de bien. Alguien grita, se escucha desde lejos «organización y lucha la solución». La gente se mira unos a otros, nadie se anima a decir nada, otros no comprenden. Parece la voz de un fantasma que susurra al oído, «organización y lucha la solución», retumba esa idea desde lejos y cae en un enorme vacío de paredes y pasillos fríos de un hospital dónde parece reinar el sálvese quien pueda. Mientras el hijo cae desmayado en los pasillos, la madre levanta la mirada y delante suyo 70 personas y detrás suyo otras 70 personas en la espera. El panorama es desolador. Los médicos de guardia dicen no somos nosotros lo que tenemos que quejarnos son ustedes los asegurados. «Yo cumplo con mi horario y me voy a mi casa. A fin de mes cobro mi sueldo», repite tirando el problema al pueblo desamparado. El reclamo parece otra carga más que hay sobrellevar. «Organización y lucha la solución», retumba un pequeño eco que ojalá crezca.

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