Ficción y realidad en Paraguay

La jerarquía católica paraguaya, en los días previos a la llegada del Papa Francisco, ha comenzado a insinuar una rectificación en su identificación con el gobierno de Horacio Cartes, forzada por una campaña nacional de fuertes críticas a su conducta, que animan miles de feligreses y personas no creyentes que repudian la política estatal, al tiempo de aplaudir posturas del Sumo Pontífice, cuya visita de tres días, que comienza este viernes, es esperada con inmensa expectativa.

Mayoría católica, la población de este país mediterráneo de alto grado de analfabetismo funcional y uno de los 20 más empobrecidos del mundo, está dividida estos días al menos entre tres corrientes. En el único aspecto que hay coincidencia es en reconocer como una maravillosa obra de arte el escenario montado para el principal acto público del pontífice en los campos de la Fuerza Aérea, construido por el artesano Kike Ruiz, con inmensos panelas de espigas de maíz, cocos y palmeras, centrado el altar en la figura del Papa, flanqueado por el jesuita Ignacio de Loyola y el filántropo San Francisco de Assis.

Por un lado están quienes abrigan una ciega como irresponsable esperanza de que tan insigne visitante contribuya a resolver los graves problemas sociales y económicos del país y, en segundo lugar está el gobierno que busca capitalizar la visita a su favor, en un momento de fuerte descrédito y en medio de luchas intestinas en el seno de los dos partidos con más electorado, a pocos meses de las elecciones municipales, en cuya puja los colorados están invirtiendo inmensas sumas de dinero, contabilizadas en millones de dólares, arrastrando al Partido Liberal a renunciar a una candidatura propia.

En tercer lugar, y quizás la corriente más numerosa está integrada por quienes acarician la idea de que Francisco decida cambios en la conducción de la Iglesia y en su mismo representante diplomático, y que salte el protocolo oficial que intenta presentarle un país de ficción y se vuelque a reconocer la realidad miserable, esa que por orden superior esconde a los indígenas, a los miles de niños y adultos mendigando en las calles, forzado dormitorio para muchos de ellos y a los pueblos del noreste del país, donde la reivindicación de una reforma agraria se enfrenta a la represión estatal que ya se ha cobrado la vida de decenas de dirigentes campesinos y algunos policías.
Desde hace un par de meses, algunos curas discrepantes con el arzobispado, particulares a título individual y algunos círculos críticos, han enviado cartas al Papa, aportándole una visión muy distinta a la presentada días atrás al Parlamento Nacional por Cartes en su informe anual sobre el estado de la Nación, cuyas cifras son desmentidas desde muchos ángulos, incluyendo especialistas en temas sociales, organizaciones de trabajadores y de desempleados, e incluso empresariales. Las palabras “mentiroso” y “demente” son las más difundidas y las menos fuertes.

Ausente en su leída perorata estuvo la autocrítica por el aumento de las desigualdades sociales, con el 2.5 % de la población en posesión del 85 % de la tierra, por la corrupción rampante que es institución en los tres poderes del Estado, la mayor empleadora del país secuestrado por el Partido Colorado, por la fuga de capitales de vastos sectores del empresariado privado, por el acoso y expulsión de indígenas y campesinos de sus tierras ancestrales, por la exoneración de impuestos al agronegocio, por el descontrol de la banca extranjera y el supermercadismo que operan en el país, por los precios y calidad de las mercaderías que consume la población, por la violación de las leyes laborales, por el alto desempleo y el irrefrenable aumento del costo de vida, enmascarado por el Banco Central que presenta bajos como ridículos puntos de inflación.

Después de una conducta valiente y honesta, enfrentada a la tiranía del General Alfredo Stroessner (1954/89), encabezada por Monseñor Ismael Rolón, con sus visitas a las cárceles a comunistas presos, entre otros, la Iglesia Católica se ha deslizado en los últimos veinte años hacia posturas antipopulares y de oscurantismo ideológico, incluso de repudio a la Teología de la Liberación, en objetiva alianza con el corrupto aparato del gobernante Partido Colorado, uno de los vértices locales de la criminal Operación Cóndor que, tras asolar Suramérica aún no se ha ido.

El gesto más grosero de ese dañino comportamiento lo efectuó la jerarquía católica el 22 de junio del 2012, cuando junto al Nuncio Apostólico Eliseo Antonio Ariotti, le pidió la dimisión al Presidente Constitucional Fernando Lugo, condenado por un juicio político montado por la diplomacia de Estados Unidos y las corporaciones transnacionales del agronegocio y la minería, Golpe de Estado ejecutado por el parlamento nacional, en un contubernio de la cúspide colorada con el Partido Liberal, éste en su doble función de violador de la Constitución y traidor al proyecto de cambios que estaba en marcha, desde la Vicepresidencia del Ejecutivo, conformado por una alianza de emblemas.

La desviación de la Iglesia persistió días atrás con los elogios proferidos por algunos de sus jerarcas a Cartes, instalando una ayuda a la inocultable intención del mandatario de utilizar la visita de tres días del Jefe del Vaticano para intentar recuperar algo el descrédito ciudadano que acumula por su desaire e insensibilidad frente a los más graves problemas sociales, con más de dos millones de pobres, uno en situación de hambre, en una población de poco más de seis millones de habitantes en un territorio de 400 mil kilómetros cuadrados inmensamente rico en agua, tierra y minerales.

La invitación de Cartes a la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández, para que asista a la ceremonia central que este sábado presidirá Francisco en la Basílica de Caacupé, a 50 kilómetros al este de Asunción, también sería otro intento del mandatario de buscar apoyo a su deteriorada imagen, a la que nada ayuda la marcha atrás del Arzobispado que, oportuna aunque tardíamente, comenzó en las últimas horas a reclamar justicia social y respeto por los excluidos.

Entre los rubros que más reclama la población, sobresale el tema de la salud pública, de hecho privatizada, con los hospitales vaciados de insumos e insuficiente personal médico y de asistencia, y con un Instituto de Previsión Social, financiado con los millones de aportes de obreros y patrones, pero carcomido por sus diferentes y partidizadas administraciones, con miles de pacientes abandonados en los pasillos, donde incluso duermen profesionales por falta de una sala de descanso. La gente compara esta realidad con la política sanitaria del gobierno de Lugo, donde la gratuidad fue regla.
La respuesta más contundente a la política empresarial y privatista de Cartes viene del campo, encabezada por la Federación Nacional Campesina y otras organizaciones de larga lucha por la tierra, a la que responde el gobierno con una represión feroz, con el arrasamiento de poblaciones de labriegos, cuyos rancheríos humildes son incendiados y destruidas o robadas sus pertenencias, según las denuncias que acumulan las fiscalías.

En el acoso permanente que sufren las familias campesinas, por parte de las Fuerzas Conjuntas Ejército-Policía, asesorados por expertos de Estados Unidos, Israel, Colombia y especialistas en contrainsurgencia de algún país europeo, cuyo propósito común es el de aterrorizar a la gente para obligarlas a abandonar su parcela, o venderlas a precio ruin a sojeros y ganaderos, se suma el accionar de capangas armados, en una suerte de paramilitarismo al servicio de la mafia del narcotráfico y el contrabando.

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