¿Existirá la vergüenza de género? Tres episodios y una sola vergüenza

Lucía sandoval

Lucía sandoval

Con diferencia de pocos días, un hecho tras otro -y son sin duda apenas la punta del iceberg- muestran patrones de comportamiento del ‘macho paraguayo’ cuyas consecuencias -dramáticas, trágicas y vergonzosas- nos colocan ante la necesidad de reflexionar sobre lo que está pasando.

La muerte de un violento y la justicia que no es justa.

El caso de Lucía Sandoval con un desenlace trágico de por medio, muestra no solo el cotidiano, extendido y casi siempre silenciado calvario de la violencia doméstica en Paraguay,  donde lo usual es el abuso de poder por parte de hombres que se creen propietarios de su pareja o ex pareja, la persecución constante y la cuota de terror de cada día: muestra también la perversidad de una administración de justicia que cuando trata casos así, inclina con abrumadora frecuencia la balanza dejando ver que los procedimientos y medidas discriminan sin tapujos contra las mujeres que son víctimas de maltratos, sumando a los vejámenes de su vida de pareja, la bofetada de una justicia que no es justa, ni ecuánime ni equilibrada.

Acoso sexual con violencia convertido en “inconducta festiva”.

El manotazo en la cola a Fiorella Migone cuando conducía una bicicleta en la vía pública por parte de un desequilibrado cuya identidad por inexplicables motivos no se hace pública pese a existir una filmación del hecho, encubre, bajo una extendida interpretación que pretende mostrarlo como un jocoso acto de vandalismo “soft”, como una picardía callejera o una inconducta festiva, lo que en realidad es una agresión cobarde y un acoso sexual donde se recurre a la violencia física que podría incluso haber generado un accidente. En este caso, con la expresa complicidad del conductor, que hubo de sincronizar la velocidad del vehículo con la de la bicicleta y alinearse en una trayectoria paralela y lo suficientemente cercana a la víctima como para facilitar la agresión, cosa sobre la que hay que llamar la atención, porque parece no merecer la importancia que tiene.

De nuevo, como en el caso anterior, uno queda estupefacto al comprobar que a lo vergonzoso del hecho debe sumar la reacción de un considerable porcentaje de personas que justifican un hecho grave de acoso sexual acompañado de violencia con argumentos que indignan por su bajeza y porque expresan el cavernario nivel cultural y mental de quienes los esgrimen. Entre estos especímenes cavernarios hay mujeres que demuestran ser resentidas, inconscientes y -evidentemente- poco favorecidas por la naturaleza, ya que incluso cuestionan entre risas el interés en manotear “una cola puro huesos”.

Romper la cara a una mujer y aparecer como “cocinero karateka”: el caso de la complicidad enmascarada.

En el patio de comidas de un shopping, Ever Fernández Carballo, jefe de cocina de un local, por algún motivo a todas luces baladí o anecdótico, no tiene mejor recurso que propinar un fiero golpe en el rostro a una mujer trabajadora, asignada aparentemente a tareas más modestas que las de él. Ensangrentada, es acompañada luego a hacer la denuncia policial, mientras casi instantáneamente las fotos del hecho se diseminan con suficiente celeridad y en medio de la indignación compartida por cada vez más gente por las redes sociales como para motivar una pronta reacción de los propietarios del local, que emiten una comunicación dando cuenta de las medidas tomadas, incluyendo la desvinculación del personal que agredió a la mujer.

Este episodio concitó una repulsa generalizada y unánime, al menos en los diferentes espacios y redes virtuales,  quizás sobre todo porque no comprometía ninguno de los ámbitos de prejuicios vigentes: ni la casa ni otros espacios del poder masculino en las relaciones de pareja, ni el ejercicio de su discrecionalidad en materia sexual sobre la mujer que tiene como pareja (o cualquier mujer sobre la que el “macho paraguayo” cree tener derechos). Era solo una modesta trabajadora abofeteada en la cocina de un patio de comidas por un jefe desequilibrado.

Pero no podía faltar alguna hendija por donde se filtrara la señal de cuál es el sustrato verdadero, la mirada real que prevalece: como ya se apuntó con mucha razón, el agresor es presentado al día siguiente en el titular de una publicación como un “karateka”, como un personaje casi pintoresco, (la fotografía publicada lo muestra en una ridícula pose de kung fu) exaltado u ofuscado, pero no como lo que realmente es: un patético golpeador de mujeres, una de las categorías más deleznables de las varias que adornan la fauna masculina paraguaya.

La respuesta del porqué un medio periodístico prefiere presentar a un “macho paraguayo” de conducta repulsiva sólo como alguien pintoresco nos lleva inevitablemente a lo que cada uno de esos tres episodios señalados aquí nos encara con crudeza: una sociedad que a cada paso exhibe el verdadero rostro troglodita, primitivo y violento de un machismo que -por arrinconado y sobrepasado por los tiempos- se vuelve por eso mismo más duro y resentido. Un rostro que como se ve, asume formas diversas y se enmascara a veces y minimiza o diluye la barbarie apelando a un tratamiento periodístico que desorienta, desvía la atención y trivializa un hecho grave.

Ocaso y caída del “macho paraguayo”. La jauría arrinconada.

En ese machismo violento e impune que se manifiesta en mil variantes cada día y del que aquí solo se mencionan tres casos que tuvieron -tienen- cierta repercusión mediática, hay, como se dijo, una dosis de resentimiento, impotencia y sentido de creciente e irrecuperable pérdida de un poder que antes se suponía -por parte del “macho paraguayo”- fuera de toda disputa o contestación.

El 50% de las empresas de Paraguay ya es administrado por mujeres, de acuerdo a datos de la Asociación Paraguaya de Empresarias, Ejecutivas y Profesionales (Apep), en tanto que las micro, medianas y pequeñas empresas, en su gran mayoría constituidas por grupos familiares, forman 97% de las entidades existentes en el territorio nacional, donde el 80% de ese total corresponde a las micro con el 75% de las mismas lideradas por mujeres. En las grandes empresas, no solo del sector financiero, sino también del sector industrial, los principales cargos gerenciales están siendo ocupados cada vez en mayor medida por mujeres.

Mientras el “macho paraguayo” quedó inmóvil, rígido e incapaz de reformular sus pautas ancestrales de conducta y relacionamiento, las mujeres demostraron poseer flexibilidad, audacia, capacidad de adaptación y de innovarse a sí mismas, superando prejuicios y sobreponiéndose a las innumerables limitaciones y postergaciones en todos los ámbitos y a la falta de oportunidades en la educación, siempre más severas para las mujeres que para los varones.

Puede decirse que la apertura hacia la modernidad en nuestro país, en sus aspectos más profundos y fructíferos, pasa por las mujeres, no por los hombres.

Los patéticos y repulsivos personajes que hacen gala y se ufanan de un machismo prepotente, y que cuentan todavía con el silencio y la complicidad de quienes forman parte de los sectores más primitivos de la sociedad -independientemente de sus ingresos y posición social-, esa jauría en el fondo asustada y acorralada, no se lo perdonan.

Por eso la pregunta del comienzo: ¿existe lo que podríamos llamar una ‘vergüenza de género?’. Si es así (personalmente creo que sí), estos infelices hacen sentir vergüenza a los hombres que no son como ellos.

 

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