En busca de nuevas trincheras

Por Miguel Lo Bianco

“Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, el Ángel de la historia ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies[..] bien le gustaría detenerse, pero una tempestad se enreda entre sus alas y lo empuja hacia adelante[..] Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”[1]

Walter Benjamín.

Si la incertidumbre era ya una marca de época, la pandemia vino a aumentarla exponencialmente, no sólo haciendo al futuro aún más aleatorio, sino poniendo en duda la posibilidad de que exista uno. Esta incertidumbre se incorporó en el día a día de la gente de a pie, pero también empieza a derrumbar categorías de análisis, o al menos a hacerlas insuficientes, en especial el de por sí ya complejo, análisis del Estado.

Desde una perspectiva crítica, el Estado era el administrador de los intereses de las clases dominantes[2], era el reflejo de la victoria de un grupo social sobre otro. Aunque esta mirada no permite entender las múltiples conquistas que están incorporadas en la dinámica de los Estados, conquistas de los sectores históricamente excluidos, pero aún así resultaba una mirada muy cómoda, cómoda para el análisis y cómoda para quienes se disponen a construir una nueva propuesta social. Cómoda porque los extremos son fáciles de entender, en cambio, los mátices complejos y exigen un mayor esfuerzo.

Sin dudas el Estado administra, produce y reproduce las miradas particulares de una clase social por sobre las otras, pero no es su única función. El Estado es fundamentalmente una relación de poder, y como relación de poder expresa una correlación de fuerzas[3], no una única fuerza, si no fuera así, sería inexplicable que en estos tiempos se haya puesto la salud de todos por sobre la acumulación de capital de unos pocos. Sin que esto signifique que la crisis nos afecte a todos por igual, ya que son las y los trabajadores quienes están más expuestos y sobre los que se carga la obligación de superar la crisis.

Todavía seguimos en la oscura noche de esta pandemia, pero lo más seguro es que el amanecer será con una de las más grandes crisis económicas de las últimas décadas. Estas crisis que se dan, a decir de Marx, no sólo porque no se puede vender, sino porque no se puede vender a tiempo. Esos “momentos” del capital, producción, distribución, circulación y realización(consumo)[4], de la mercancía, hoy fueron interrumpiendo por decisión de los Estados, algunos más tarde que otros, el freno de mano aplicado a los mercados, tuvo una escala que ninguna huelga o paro jamás imaginó alcanzar.

Este “paro” mundial  de consecuencias todavía desconocidas, no hubiese sido posible sin la imposición estatal. Mal podríamos decir que se impuso por la fuerza, de la que se supone el Estado ejerce el monopolio, más bien se deja ver que el Estado también ejerce el monopolio de lo universal, de convertir ideas en materia, en fuerza, como diría Garcia Linera[5]. Las causas de los niveles de acatamiento exceden por mucho el presupuesto de este artículo, pero están bien desarrolladas en las últimas reflexiones del ex Vicepresidente boliviano.

De lo anterior tomamos dos reflexiones que se presentan como el centro de gravedad de este análisis; primero que la decisión de privilegiar la salud de la población por sobre la acumulación de capital, tiene más que ver con las certezas de que este modelo de desarrollo pone en peligro la continuidad de la vida misma, límite insalvable para la acumulación siempre creciente de capital; y segundo, que los casi 40 años de neoliberalismo y su intención de convertir a todo Estado en un ente raquítico, sólo lograron dejarnos indefensos ante la más suave brisa[6], pero no lo desplazaron como ente legítimo y con autoridad sobre lo común, sobre lo colectivo, ante la mayoría de las personas.

De esto también se desprenden algunas conclusiones para quienes creemos que es necesaria una sociedad diferente a esta, que avanza siempre en la misma dirección, mercantilizando cada espacio de la vida, desde lo que ponemos en la mesa donde comemos, hasta las ideas que pensamos. La primera, es que cualquier proyecto alternativo que busque superar este orden de cosas caduco, debe tener por bandera innegociable una contundente crítica a lo que hoy llamamos desarrollo.

La enorme necesidad y urgencia de un modelo profundamente anticapitalista, hacen impostergables los debates sobre lo que se considera como “desarrollo”, sobre la idea de que la humanidad avanza siempre hacia adelante en un eterno progreso. Walter Benjamin creía que las revoluciones más que saltos hacia adelante en el tren de la historia, eran poderosos frenos a un recorrido que nos llevaba inevitablemente hacia un abismo[7]. El modelo actual de organización social no sólo es profundamente desigual, sino inmensamente destructivo.

En segundo lugar, el Estado y la democracia, que siempre se presentaron como espacios sospechosos, principalmente para el proyecto socialista, que debía obervar con cierta desconfianza a eso que se consideraba como una mera “ilusión” de libertad, una realidad velada que debía ser desmontada. Sumado a las experiencias de superestatalización del siglo pasado y su posterior caída, en el caso de la URSS, que llevaron a parte de las fuerzas populares y de la intelectualidad a considerar construir un proyecto alternativo con una distancia prudencial del Estado[8]. Hoy el terreno democrático y de disputa estatal, se convierte en el escenario ineludible para la construcción del nuevo proyecto.

El marcado protagonismo de los Estados nacionales en esta coyuntura, muestran que lejos están de ser una cáscara vacía, si bien parecen perder peso específico frente a monstruosas corporaciones y multinacionales, siguen ejerciendo la dirección de la sociedad en incontables aspectos. Asumir que los Estados nacionales perdieron su fuerza social y que carecen de importancia para las clases dominantes incluso, pierde sentido cuando se piensa en los golpes de Estado realizados por la derecha en la región para recuperar el control del aparato estatal, si el Estado careciera de importancia ¿no dejarían las clases dominantes, simplemente, que las clases subalternas lo controlen?

De la guerra de movimientos a la guerra de posiciones.

Si el Estado es, fundamentalmente, una relación social que expresa una correlación de fuerzas y al mismo tiempo es instrumento de esta, las transformaciones sociales de cualquier proyecto político alternativo, deben pasar por transformaciones desde el Estado y dentro del Estado. Cuando Antonio Gramsci pensaba estas transformaciones, partía del presupuesto inicial de que el tiempo en que pequeños grupos iluminados conquistaban el poder para luego generar grandes cambios para el pueblo, había terminado, la Revolución Rusa había demostrado que es necesaria la participación más amplia de todo el conjunto del pueblo en estas transformaciones.

Es decir, si la realidad cambiaba, también debía cambiar la estrategia, de la guerra de movimientos, había que pasar a una guerra de posiciones, de asedio en paralabras de Von Clausewitz. Para Gramsci, en la lucha revolucionaria, las intituciones democráticas, en su sentido más amplio de sociedad civil más sociedad política, son equivalentes a las trincheras en la guerra de posiciones, por lo que los espacios que se ocupan no son espacios permanentes, son espacios de tránsito, ¿hacia dónde?, hacia lugares que permitan trabajar con más gente,construir más consensos, para ocupar nuevos espacios y volver a trabajar con más gente y construir nuevos consensos,  así de manera permanente.[9]

Entonces se trata de asediar ocupando trincheras, ocupando espacios, siempre pensando en llegar a más gente, construir consensos en nuestra sociedad, como evitar la vuelta de una dictadura, recuperar el autoestima como pueblo trabajador, demostrar que los partidos tradicionales sólo representan los intereses de los que más tienen. Todo espacio que permita un acercamiento a la gente, es una trinchera a conquistar y defender

Sin dudas el Estado representa parte de esas trincheras, así como la construcción de comunidad, recomponer el tejido comunitario donde este fue deshecho y fortalecerlo donde todavía existe. Asumir al Estado como ese espacio desde el cual los intereses de unos se vuelven los intereses de muchos, donde las miradas particulares se convierten en miradas generales, nos va a permitir arrebatar conquistas y construir consensos sociales más nobles y al servicio de todos.

De aquí a poco la cuerda entre dos proyectos antagónicos se va a empezar a tensar, de un lado, quienes exigirán al Estado una recuperación del pedazo de riqueza que perdieron, recortando gastos sociales, achicando el Estado y reduciendo derechos, del otro lado una abismal mayoría que vio cómo un fracasado modelo neoliberal no tuvo nada que ofrecer en décadas de gestión y que hoy exije, ante la evidente necesidad, un Estado fuerte y presente para defender a los más vulnerables.

El resultado de esta puja está por definirse y va a depender, en gran medida, de las trincheras que podamos ocupar y defender. Las propuestas que antes eran utopías, hoy son programas insuficientes para solventar la crisis, reinventar esa propuesta de sociedad alternativa de la forma más anticapitalista y radical posible, forzando a que la política sea incorporada a las vidas más comunes de nuestra sociedad, forzando a la participación, aunque esta cueste el doble para quienes deben trabajar para vivir y al mismo tiempo preocuparse por cambiar la historia.

Tal vez estos sean algunos de los desafíos que se tienen por delante, el tiempo irá disipando las dudas sobre cómo se desarrollará el conflicto pospandemia, conflicto en el que no podemos ser meros espectadores. Si hace tiempo se dijo que no se trataba sólo de entender el mundo sino de transformarlo, en este escenario de futuro incierto y un mundo cada vez más confuso, una tarea central es volver a comprender este nuevo mundo, después de todo, no se puede transformar una realidad que no se entiende.

[1] Benjamin, Walter. Tesis sobre filosofía de la historia.

[2] Marx, Carl. Engels, Friedrich. El Manifiesto del Partido Comunista.

[3] Jessop, Bob. El Estado, Pasado, Presente y Futuro.

[4] Marx, Carl. El Capital, libro primero.

[5] García Linera, Álvaro. Democracia, Estado, Nación.

[6] Harvey, David. Espacios del Capital.

[7] Benjamin, Walter. Ensayos Escogidos. Editorial Coyoacán.

[8] Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el Poder.

[9] Gramsci, Antonio. Cuadernos de la Cárcel, libro 5. Editorial Era.

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