El trote de la primera dama, lo público, lo privado y lo autoritario

Por Rocío Ortega

La cuestionada restricción al acceso de los periodistas a Mburuvichá Roga debido a que la Primera Dama se encontraba trotando por el patio del recinto detona la dimensión de «lo privado» de las actividades realizadas en la casa presidencial.

Algunos defienden la restricción solicitada aparentemente por Silvana López Moreira, diciendo que es adecuada, pues se trata de «su casa», sin embargo ese edificio que conocemos como Mburuvicha Róga forma parte del patrimonio edilicio del Estado paraguayo, es la casa en donde debe residir el presidente de la República (y su familia) por razones de seguridad y protocolo de Estado, consecuentemente es un bien inmueble de carácter público (cuyos gastos de mantenimiento son solventados con dinero del presupuesto) que contiene una función privada.

Por lo cual la medida de restringir el acceso de los trabajadores de la información que publican a la ciudadanía las actividades de la máxima autoridad electa por voto popular para que esta señora trote, fue en todo caso antipopular, rayando lo autoritario. Además, la Ley Nro 5282/14 de Acceso a la información pública, en concordancia con el articulo 28 de la Constitución Nacional, requiere transparencia en el manejo de lo publico, para lo cual los periodistas deberían poder acceder a Mburuvicha Róga como lo hacen en Estados Unidos a la Casa Blanca, con mayor facilidad sin descuidar la seguridad presidencial.

La Primera Dama debería tener en cuenta que su marido, Mario Abdo Benítez, es el presidente de la República (principal figura pública de la escena nacional) y que hace apenas un mes tomó posesión en el cargo, que una medida antipopular como ésta no ayuda a la luz de los 5 años próximos que le esperan de mandato, y finalmente que pasados esos 5 años volverá a recuperar la privacidad de un ciudadano sin cargo público.

La residencia familiar y la función pública de un presidente son dos dimensiones antagónicas que generalmente colisionan y generan inquietantes chispas; por ello la familia de la autoridad electa debe necesariamente «colaborar» para un llevadero relacionamiento con esa «dimensión pública» de uno de los miembros del grupo familiar.

Los ciudadanos que utilizamos habitualmente espacios públicos para realizar ejercicios físicos similares a los acostumbrados por la primera dama, agradeceríamos su presencia por un par de horas en esos sitios, pues estaríamos disfrutando de la alta seguridad que demanda su presencia y ella ganaría popularidad y el cariño de una parte del pueblo que eligió a su marido para administrar la cosa pública en el Paraguay.

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