El transporte y los derechos que nos ocultan

Por Julio Benegas Vidallet

Estos días no han sido los mejores para mi rodilla. Dos veces fui hacia Mariscal López, una de tarde y otra de mañana. Las dos veces el colectivo me dejó entre cinco a seis cuadras de la calle donde debía bajarme. A la tarde, debí atravesar raudales.

Hoy me tomé el 2 para ir al Palaciio de Justicia. Como estaba rodeado por taxis, el cole me dejó, otra vez, a seis cuadras, casi las mismas cuadras que debía caminar si me iba de una a pie. Por Mariscal López es muy difícil encontrar un cole que no sea diferencial. Cuatro pasajes en un día me costaron 14.400, casi un 20 por ciento del jornal mínimo.

En estos días me siento, además del cansancio y la inflamación, súper vulnerable. Como las dos veces salí sin bastón me dio mucho temor bajar y subir a los coles. Como soy hombre de bares y noches, el paisaje de los taxis me es súper común. Tengo muchos amigos que trabajan en el volante. En este tiempo de la pierna muy golpeada, usé bastante el servicio que es excesivamente caro para los trabajadores.

A veces, como ya no hoy cole cerca de la medianoche, pagás taxi hasta la terminal y te sale casi 80 por ciento de lo que debés pagar por un viaje a Ciudad del Este, Encarnación o Pilar.

Las cosas, en el transporte de personas, en nuestro país no están muy bien. El fastidio, el estrés y la angustia nos acompañan casi diariamente. Se nos va el dinero en transporte y comunicación, nos queda poca plata para alimentarnos bien o disfrutar un placer que no sea catártico, frenético, de hacerse mierda.

El tráfico, ya lo sabemos, se ha vuelto un demonio, negro, óxido y carbón.

En ese mundo nos carajeamos, nos culpamos, nos victimiizamos y volvemos víctimas a otra gente de nuestro humor, de nuestros maltratos, entonces, ese relato del mundo estalla por los costados, por el chofer de colectivo, el trabajador del taxi, la compañera cajera de tienda.

Algo central nos pasa y es la dificultad tremenda de entender que todos los derechos son el derecho. El derecho al trabajo y el derecho de la gente a no ser estafada. El derecho a que traten bien y que seas bien tratada. El derecho que tenemos a un transporte público de calidad y seguro.

El derecho a respirar sano y a comer sano, el derecho a nuestras tierras y a un trabajo amable, productivo, estimulante.

Nos atraviesa una dificultad seria de entender dónde está el núcleo del problema, el esquema de acumulación que mantiene el cole hecho bolsa, el direrencial que te roba, el taxi más caro de Sudamérica, la comunicación que te chupa tus billetes, el saldo que se te termina apenas hablás, el crédito que nunca terminás de pagar.

Hay algo que nos ocultan y que nos ocultamos.

Solo nos dejan el plagueo en la piel, ya casi como una constitución pigmentaria.

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