El “nuevo” neoliberalismo no tiene gran futuro

Por Julio Benegas Vidallet

Desmantelar derechos sociales y desmantelar lo público y la idea de lo público: la educación, la salud, las rutas, las plazas, los mercados, son el programa más claro de los nuevos gobiernos liberales de la región. Sacar financiamiento de los emprendimientos culturales y comunicaciones alternativos, devolverles solo el carácter de espectáculo, con valores y medidas del mercado, su matriz de dominación subjetiva.

Reatar las economías a las deudas externas y a las corporaciones trasnacionales y devolverles las altísimas tasas de ganancias que tuvieron en los 90, en el boom del neoliberalismo, su sendero de acumulación económica. Básicamente son gobiernos que nostalgian esos tiempos en que, finalmente, destruyeron la idea de la ocupación plena y la producción local de todos los bienes manufacturados.

Pero algo con el que ya no cuentan es con la ilusión. La ilusión que establecieron con la teoría del chorreo, de que toda riqueza acumulada, sin importar el modelo de acumulación, necesariamente se redistribuiría entre la gente y que, por lo tanto, todos viviríamos en una especie de paraíso de consumo y bienestar de barbies y hombres de bucanans. Si en todo este tiempo la riqueza se acumuló más y más en los bancos y en las corporaciones, es la muestra más evidente de que, aun con los gobiernos «progresistas», la idea de la redistribución de la riqueza no se consumó si no en sus márgenes de ganancia.

Es probable que esta oleada de gobiernos neoliberales no dure una década y que el retorno de un nuevo progresismo se produzca más temprano que tarde. Brasil podría ser el primer ejemplo más cercano.

Ya se sabe que si finalmente a Ignacio Lula Da Silva no lo inhbilitan, ganará las elecciones próximas. Si lo inhabilitan la posibilidad de que una candidatura cercana al Partido de los Trabajadores gane es también muy alta

En la Argentina, la posibilidad de que, pasada la fiebre del machirulo y sus pompas, Cristina Fernández de Kirchner gane es sumamente concreta.

Igual si en Paraguay se lo habilitara a Fernando Lugo. O si, finalmente, se lograra articular una fuerza política superior un poco más liberada de los grupos económicos del país.

En cada país existen, claro está, particularidades. Pero lo concreto es que el nuevo neoliberalismo, parece una redundancia, no tiene un programa que lo sostenga en la ilusión, su base subjetiva de dominación. La ilusión de que, al final de los ajustes, de las ventas de las empresas públicas, de la bancarización, de la trasnacionalización, todos viviríamos en una aldea global de felicidad.

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