El necesario avance para validar la política

Los problemas de nuestro accionar político pasan por un reduccionismo binario que desdeña el aspecto programático, es decir, el necesario proyecto alternativo. La dicotomía se expresa,(por ejemplo, en el caso de las municipales), en apuntar a derrotar al partido en el gobierno, como si el bien y el mal pasaran por lo oficial y lo no oficial.

Si se asume la problemática social con un enfoque sistémico, se puede ver que los colores no definen las miserias vigentes que aquejan a la ciudadanía. Que son trasversales a los mismos.

Las crisis de representatividad actuales de los partidos políticos, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero, pasan por la burocratización partidaria devenida a su vez de la mercantilización de la compulsa electoral, bastardeando el sentido original de representación partidaria, al equiparar esa compulsa a los efectismos  marqueteros tan equivalentes a la venta de  zapatos de marca.

Sobre polos y unidades

Desde una simplista lógica binaria, se fantasea una polarización maniquea de la necesaria unidad que debe constituir el lado bueno (“oposición”) contra el lado malo,(“ partido de gobierno”).

Si se apunta a cumplir esa manida retórica del cambio que se dice y se sabe que la ciudadanía  anhela, no nos cabe sino enfatizar sobre proyectos alternativos válidos para el efecto y su consecuente determinación de la calidad de quien estaría en condiciones desde el perfil apto, para la implementación de ese proyecto alternativo. Porque en definitiva, lo que la ciudadanía requiere es vivir mejor. En este caso en la ciudad en la que habita. Y si se trata de la capital, de toda la gran población a la que alberga en las horas hábiles de la jornada, que procede del área metropolitana.

Si pretendemos proyectos alternativos al vigente, requerimos evolucionar el concepto de política y su representación organizacional, que al fin y al cabo fue su razón de ser original: que lo organizacional político (partido) sea el signo de una formulación programática y no el signo de  una  compulsa cromática, como la de los clubes de futbol, con el respeto de los futboleros. Compulsa que desde su lógica mercantil puede llegar incluso a la seducción que puede promover una persona famosa por su destaque en el espectáculo, en el futbol o donde quepa el escaparate de la fama, sin la más mínima consideración a lo programático, y sobre todo, a que lo que se debe apuntar:  a que la ciudadanía elija al que se considera apto, desde su trayectoria, a cumplir con una formulación que no se agote en consignas generales equiparables a los slogans publicitarios, sino con las especificidades propias del programa, en las que desde un diagnóstico serio y democrático, estén enunciadas las  propuestas y respuestas realizables.

Si así no fuera, estaremos dando círculos insolubles de tristes ecuaciones de cuoteos, en una historia que es dinámica, y  que por eso, permanentemente nos interpela.

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