El hambre de Paraguay

Por Maximiliano Manzoni

La contradicción paraguaya es la contradicción de un mundo que no puede acortar distancias entre su comida y su hambre.

La creciente globalización de los alimentos, desde la Revolución Industrial, fue la globalización de sus precios, señala Martín Caparrós en su libro El Hambre: “A partir de entonces, un pollo en Senegal ya no vale lo que vale un pollo en Senegal, sino lo que podría costar en París o Nueva York si conviniera transportarlo. Con este sistema, cada vez más productores de alimentos de todo el mundo fueron perdiendo la posibilidad de consumir lo que producen; cada vez más consumidores tuvieron que acostumbrarse a pagar con salarios locales comida global: a comer poco».

La producción paraguaya de tomate, por ejemplo, bajó a la mitad de hectáreas entre 2003 y 2013. Y cuando no es la producción son los contratos leoninos con los intermediarios, la falta de un camino o un camión o un puesto donde vender. Tres empresas deciden en la capital de donde viene lo que comen millones de paraguayos.

Cada temporada hay una foto de una campesina en el diario tirando bolsas y bolsas de lo que cosechó y se echó a perder. La pérdida de esta producción, que es la pérdida de la capacidad de alimentar al país, de soberanía alimentaria, hace que en numerosos períodos comprar tomates importados cueste en los mercados asuncenos, hasta cinco veces más que su precio habitual.

Un doble filo. La ciudad depende del contrabando para comer barato. Pero el mismo contrabando mata a la producción de alimentos local.

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