Discriminaciones y nacionalismos punto cero

Diversos hechos viralizados en las últimas semanas parecen estar activando desordenadas reacciones nacionalistas en redes sociales y medios de comunicación. El maltrato a paraguayos por parte de extranjeros en nuestro propio territorio o el caso del tereré con la Argentina, son dos de los más visibles. Es quizás un momento oportuno para reflexionar acerca del nacionalismo. Comparto algunas ideas y experiencias. Preguntas, más que respuestas.

Estudié unos años en Italia. Buscaba departamento para alquilar. Una gran parte de los anuncios terminaba con la discriminativa frase “extranjeros abstenerse”. Se referían a los no europeos. Volví a Paraguay. De nuevo a buscar casa. Esta vez me encuentro con varios anuncios que dicen “solo para extranjeros”. ¿¡Qué carajos!? Se pregunta uno.

Captura del video de la agresión a la joven estudiante.

Captura del video de la agresión a la joven estudiante.

Viajé mucho por el interior del país. Llegué a ser maltratado por brasileros (o brasiguayos) por hablar en castellano. No sé si es frecuente, pero la situación es preocupante. Hacia el este, y prácticamente hasta el meridiano Caaguazú, ellos tienen sus escuelas, sus tierras, sus comercios, sus reglas. Se habla su idioma y hasta comercializan con su moneda. Y siguen avanzando hacia el Chaco, Misiones, Cordillera, Concepción, San Pedro. A ellos les es muy atractivo venir a un país en el que no se sabe a quién pertenecen las tierras, ya que las pueden conseguir con el soborno y la violencia, o comprarlas a precios ínfimos. Además, pueden cultivar sin cumplir las escasas normas ambientales, sin pagar impuestos, y con una policía nacional que actúa como si fuera su propia guardia privada para desalojar a campesinos. Pero ¿por qué este grave avasallamiento socio-territorial no genera reacciones nacionalistas como las desatadas por los últimos hechos anecdóticos?

La ley de seguridad fronteriza vigente en nuestro país establece que ningún extranjero podrá tener grandes propiedades a 50 kilómetros de las fronteras nacionales. Es una ley que existe en casi todos los países del mundo, para evitar, justamente, una invasión extranjera de facto a través de la compra de inmuebles. Según un estudio del Ministerio de Defensa, en el Departamento de Canindeyú, más del 60 por ciento de las tierras que se encuentran en esta franja, está en poder de extranjeros. ¿No es eso un maltrato hacia nuestras propias leyes que hemos permitido por no valorarnos? ¿Por no creernos capaces construir un país en serio?

Recuerdo que un campesino me contaba una vez que un prepotente brasilero de la zona había ido a una reunión con pobladores del distrito de Lima, San Pedro, en la que analizaban la problemática ambiental que les ocasionaba el cultivo de la soja. De manera amenazante, este señor afirmó que él no tenía miedo de nada, ya que “comprar a las autoridades paraguayas era más barato que comprar chicle”.

Ojo con los nacionalismos

Todas estas cosas humillan, dan rabia, impotencia. Tanto que cuando uno, por primera vez más allá de la albirroja, empieza a ver reacciones nacionalistas en la gente, quiere tener un poquito de esperanza. Pero lo que de ninguna manera se puede perder de vista es que el nacionalismo también puede llegar a ser una de las fuerzas más destructivas de la historia.

Por eso, en momentos como éste, es importante que distingamos bien el sentido de las cosas. Si entendemos el nacionalismo como una suerte de autoestima colectiva (algunos la llaman etnoestima), que nos lleva a comprendernos como sociedad, a valorarnos reconociendo la diversidad, a ser solidarios unos con otros, a inspirarnos mutuamente, a gobernarnos democráticamente, a cumplir y hacer cumplir nuestros acuerdos manifestados en las leyes, a defender la riqueza natural y cultural de nuestros territorios, mucha falta nos hace. Pero si el nacionalismo es motivo de xenofobia, de rencor, de violencia contra el otro, de discriminación invertida, de negación de la diversidad, puede causar aún mucho más daño que su ausencia.

La discriminación es ignorancia

Conversando con una chica que atendía en un local de Colonia Independencia, le pregunté cómo se llevaba con los descendientes de alemanes de la zona. Me respondió que era muy difícil darse con ellos, porque sus grupos son muy cerrados. Si bien las relaciones del día a día eran buenas, no era muy posible establecer vínculos de amistad con ellos, porque discriminan a los paraguayos. Y terminó diciendo: “A mí me parece que eso es ignorancia (la discriminación), porque todos somos iguales”.

Para el debate y la reflexión

¿Será que somos capaces de sentir la misma indignación nacionalista ante los atropellos sufridos por el campesinado que ante los que afectan a una joven estudiante en Asunción? ¿O nuestra visión clasista de la vida es más fuerte, que tiende a excluir a las clases populares en la construcción de nuestra “paraguayidad” ideal? ¿Por qué algunos casos se mediatizan más que otros? ¿A quiénes reivindicamos como legítimos portadores de la “paraguayidad”? ¿A los profesionales? ¿A la gente “educada”? ¿A los que me parecen más? ¿A quiénes pueden comprarse la albirroja original? ¿Al que toma tereré? ¿No es acaso la kuña guapa, guaraní parlante, arandu ka’aty? ¿Hay lugar para la diversidad en todo esto? Y muchas otras.

mafalda-y-el-nacionalismo

 

 

 

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