De qué hablamos cuando hablamos de inseguridad

Por Julio Benegas Vidallet

A tambor batiente avanza la idea de naturalizar las armas y la represión entre los pobres. Así, dos tipos vestidos de robokop y metralleta a la espalda pueden ingresar a una plaza, lugar de juegos, de divertimento, de pasar el tiempo. Así, en la calle esta misma gente te puede parar, apretar contra la pared y buscar jari’i. O con otra fuerza, parecida, la Senad, ahora se pretende asaltar a jóvenes de colegio para verificar si llevan consigo drogas.

La idea, acá, en Brasil, y en todas partes es que el Estado, al servicio de un poderoso grupo económico, se te presenta como el brazo de corrección y represión de los males entre pobres.

En la agenda, la presencia de efectivos uniformados con armas en el paisaje cotidiano está legitimada por «la inseguridad»
Como el despojo, la miseria y el consumismo galopantes son la matriz principal de esta «inseguridad», el modelo te presenta sus consecuencias todos los días para garantizar la «seguridad armada».
A nadie que todos los días sufra en carne propia esta sensación de inseguridad le puede parecer algo anormal que el Estado se organice para devolverle «seguridad».

Aplaudimos entonces que haya más uniformados, más armas, más máquinas de represión y exigimos más iluminación y compramos más barrotes, levantamos más murallas, mantenemos herméticamente cerradas nuestras puertas. El mal está al acecho, todos los días. Afuera, los otros, aquellos innombrados, los que solo aparecen en la televisión con sus ojos extraviados, sus cuerpos amoratados, sus cabellos sucios, ralos, son los poras de la ciudad.
Y son cada vez más y más y más. Y el monstruo crece y tiene aletas de hollín y destierro, desahucio y angustia, sin nada que perder, sin nada que ganar.

Y reclamaremos más y más armas, y más uniformes, y más barrotes, y más celdas y más cárceles y dejaremos todas nuestras libertades a merced del cateo y la violación permanente de nuestra intimidad y legitimamos y legitimaremos torturas de quien sea para sentirnos un «poco más seguros» frente a la televisión, consumiendo violencia armada, morbo y miedo.

En ese escenario paralizante y catártico, la acumulación de la riqueza producida por los pobres en un 3 por de la población paraguaya y mundial avanza. Avanzan la contaminación, las fumigaciones sobre poblaciones campesinas e indígenas, la súper explotación en las ciudades y la ansiedad, pero estas cuestiones no se nos presentan como parte de la «inseguridad». Estas cuestiones son apenas efectos colaterales del «progreso». La inseguridad es carne en nosotros no solo por el miedo de que te asalten o que te maten. Toda tu vida hoy es insegura. No es seguro que el año próximo sigas en el trabajo en el que estás. No es seguro que te brinden seguro médico y jubilación. No es seguro que no saques otra deuda para pagar la que tenés. No es seguro que tu yiyi te banque ni que chuli ya esté. La inseguridad es sello definitivo de estos tiempos, pero solo te muestran un lado de la película, ese que te hace comprar y comprar más “seguridad” y te endeuda cada día una vez más y cada vez más.

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