De monitos, mucho verde y mucha vida

Por Laura Ferreira*

Durante 20 años mi padre tuvo una cantina en el Jardín Botánico. Si mal no recuerdo, desde el año 1976. Después de la escuela yo no iba a mi casa, iba al Jardín Botánico. Allí me esperaban papá y mamá. Mientras hacía mis tareas escolares (cuando las hacía), me cobijaban los añosos árboles, mi imaginación volaba, así como mi fantasía infantil. Recuerdo que me quedaba horas enteras mirando de qué manera jugaba el sol entre las ramas de los árboles.

En varias ocasiones nos quedamos a dormir allí, al atardecer llegaban los monitos buscando algo de comida. Vivían libres en ese mundo de árboles y de biodiversidad. Y ni qué decir la cantidad de pájaros. Recuerdo que un día le pregunté: ¿Papá, porqué algunas aves están enjauladas y otras viven libres? En más de una ocasión me imaginaba entrando al zoológico y soltar a todas las aves.

No recuerdo bien si fue en el 78´ o 79´ cuando hubo una creciente del río y las familias indígenas de Puerto Botánico tuvieron que instalarse en los campos de fútbol del Jardín Botánico, en ese entonces debo confesar que yo fui feliz, por fin tenía amiguitas y amiguitos con quienes jugar.

Pasé a ser una de las indígenas más en medio de ellos, estaba tan mimetizada que cuando llegaban turistas a tomarse una foto con los/as indígenas, me invitaban a mí, y me ganaba unas monedas (risas) hasta que mi padre descubrió y no fueron pocos los cintarazos: “Ese dinero es de los indígenas no es para vos”.

Cuando cumplí 10 años, el cuidador del zoológico me permitió pasear en un caballo y fue una experiencia inolvidable.

Uno siempre vuelve donde fue feliz, y hace poco tiempo fui al Jardín Botánico con una amiga y recorrí todos esos lugares de mi infancia, me abracé a los árboles que trepaba cuando era niña. Con algunos de ellos hasta me saqué foto. Les conté quien era la que les abrazaba. Ese día le dije a mi amiga, si alguien me dice infancia, yo respondo: Jardín Botánico.

Hoy, en medio del dolor de tener a mi madre enferma en el hospital, sigo las noticias de que unos 400 árboles se van a echar abajo para construir un viaducto que facilite el tránsito de ingreso a la ciudad de Asunción.

Mientras, en la capital soportamos 42 grados de calor, una sensación de ardor en las calles, y la región del Chaco quemándose, el Parque Guazu en llamas, Chacarita y Cateura con focos de incendio… en medio del caos ambiental, la miserable desidia estatal y municipal, está permitiendo quedarnos sin ese patrimonio natural de nuestro país y del Mercosur.

Me pregunto yo, ¿Con cuántos ingenieros y expertos en construcciones contamos en el país?, ¿Cuánto dinero ya se metieron en el bolsillo y no fueron capaces de diseñar un acceso a la ciudad ¡sin destrucción de lo que nos da vida!?. EL BOTÁNICO NO SE TOCA… Me duele todo el cuerpo. Dolor que siento mimetizándome con mi madre. Dolor por ese pulmón de mi infancia que puede llegar a quedar bajo escombros.

EL BOTÁNICO NO SE TOCA… #ElBotánicoNoSeToca

*Es una destacada Cuentacuentos

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