Cuando despertó, el cadáver de Pablo Medina todavía estaba allí

En los últimos años el actuar del periodista se parece a demasiadas cosas: los periodistas se parecen a los políticos, a los modelos y a los empresarios. Todos estos oficios tienen un elemento clave: no esperan de la realidad más que elogios. El cuento recurrente es que para ser periodista bastaba con ser famoso. Y pasó lo peor: nos creímos el cuento. La lógica de la fama solía ser más exigente: antes, el candidato -por lo menos-, tenía que poseer alguna cualidad, alguna gracia; ahora, sólo hace falta el combustible barato de algún casting televisivo y un par de candidatos pavos. En esto estábamos: posando como periodistas, pero con el gustito de ser otra cosa: fa-mo-sos. Pero una calurosa tarde del 16 de octubre del 2014 una bala en la humanidad del periodista de ABC Color, Pablo Medina, nos recordó que existen temas urgentes que la mayoría de los periodistas no hemos atendido como corresponde, como por ejemplo, el narcotráfico. Los periodistas nos dormimos; pero cuando despertamos, el cadáver del periodista asesinado seguía allí, como cuenta pendiente contra la impunidad.

El Narcotráfico es un negocio a escala mundial. Según el investigador Marcelo Culossi, el circuito de este negocio mueve USD 800 millones por año. A nivel regional el Paraguay es el principal productor de marihuana en Sudamérica, con una producción de 30.000 toneladas por año. Una hectárea cultivada deja una ganancia de G. 50 millones. En Paraguay la pobreza extrema tuvo un incremento del 0,4%; si le ponemos rostro a esta cifra hablamos de 710.000 personas que, en su mayoría, viven en departamentos históricamente olvidados por el Estado, como lo son San Pedro, Canindeyú y Amambay. En medio de esta pobreza aparece el negocio millonario del narcotráfico. De pronto, en medio del hambre y las precariedades, hay plata sucia para comprar el pan, para comprar el silencio; y, sobre todo, hay plata para financiar a cualquier político que garantice la impunidad. Así nace la narco-política.

El narcotráfico tiene la lógica del antiguo colonialismo: los países más poderosos se quedan con las ganancias y los países más pobres se quedan con los muertos. El 16 de octubre del 2014 el narcotráfico asesinó al periodista Pablo Medina. El crimen sucedió en Villa Ygatimi, departamento de Canindeyú. La desaparición física de Pablo vino con un mensaje de horror: la muerte es la pena para los que se metan con el negocio narco. Lo más perturbador de este crimen es que los supuestos asesinos no son seres que viven escondidos en las sombras; sino que se trata de personajes públicos, autoridades: esas personas que uno encuentra en la calle, en lo cotidiano.

El mito de medusa describe perfectamente la lógica del horror. Según la leyenda, al mirarla uno queda petrificado, inmovilizado. Este es el efecto que busca el narco: mantener a la población petrifica de miedo. No somos superhéroes, pero los periodistas podemos combatir esta situación. Una posible manera de hacerlo es dejar de convertir el crimen en mito; dejar de poner tanta fascinación en el personaje narco, tan de moda desde el mito de Pablo Escobar. La herramienta del horror narco es la mirada, lo visual. Por eso tenemos que tener cuidado con las imágenes que difundimos en diarios y noticieros. El periodismo no debe servir como instrumento de normalización de la violencia narco; porque de esta forma, lo único que hacemos es normalizarla. En las coberturas sobre el narcotráfico, los periodistas no debemos conformarnos con la tarea de contar muertos; los cuerpos de las víctimas son indicios de un poder que es anterior a esa escena; un poder al que no podemos acceder en forma directa. Este poder es brutal y responde a lo que el pensador africano Achille Mbembe denomina Necro-política: la capacidad de decidir quién vive y quién muere. Para hacer frente a esta situación los periodistas debemos volver a las calles a disputar el sentido de las cosas. El desafío es no sólo estar en la cobertura del narcotráfico sino también en la post-cobertura. Esa es nuestra función: el periodismo como garantía del acceso a la información; el periodismo comprometido –veraz y honesto-; el periodismo de calle, de a pie: el Periodismo.

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