Coronavirus: los grupos vulnerables en Paraguay

 

Por Arístides Ortiz Duarte

Todos estamos expuestos a morir infectados por el coronavirus. Hasta que nos inmunicemos. O hasta que llegue la vacuna de algún laboratorio. Sin embargo, al detallar las estadísticas de contagiados, hospitalizados, sanados y muertos en Italia, España, Estados Unidos, Ecuador y China, es claro e irrefutable que el virus matará, en absoluta mayoría, a determinados cuerpos, con determinadas edades y biografía clínica. Son los llamados “grupos vulnerables”. Grupos que, en Paraguay, son muchos, sobre todo porque nuestra población padece de un alto número de enfermos cardiovasculares y pulmonares.

 

Según los últimos datos del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social, el 58% de la población paraguaya padece de sobrepeso, obesidad y obesidad mórbida; casi el 47% padece hipertensión; el 12,5% es diabética. A estos se suman los fumadores y los alcohólicos, cuyos porcentajes no tienen fuentes oficiales pero que se presume muy altos. Ambas drogas duras (el cigarrillo y el alcohol) debilitan considerablemente el sistema inmunológico del cuerpo. Luego están los enfermos de cáncer, asma y VIH no tratados, cuyos porcentajes en Paraguay son exiguos comparados con los enfermos cardiovasculares y pulmonares. Para cerrar el círculo de los grupos vulnerables, el último dato del Ministerio de Salud arroja que Paraguay cuenta con casi 750 mil adultos mayores (más de 60 años), un 11% de la población. Los que se contagien con el virus, sobre todo lo que pertenezcan a estos grupos vulnerables, tendrán a disposición apenas 300 o 400 unidades de terapia intensiva dentro del sistema de salud pública del país.

En este ambiente biológico humano está corriendo el coronavirus. Un ambiente que se aliará con un sistema de salud pública menos que precario. Paraguay entonces podría contar sus cifras de muertos en miles en un lapso de un año (tiempo mínimo que se calcula llegará alguna vacuna): si sacáramos un promedio de las personas que en Paraguay están expuestas a un estado de gravedad provocado por el virus teniendo en cuenta los porcentajes de grupos vulnerables, nos aproximaríamos a un 40% de la población (3 millones de 7.100.000 habitantes). Respecto de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos menores sanos, sin enfermedades de base, corren casi nulo peligro de morir, aunque son feroces transmisores del virus.  Los casos de muertes de estos grupos son excepcionales.

Pero es importante matizar y poner en perspectiva los números de contagiados y muertos por el virus, a la luz de las lecciones que ya se están aprendiendo de los casos que ocurren y de la realidad de los países.

El coronavirus arroja una mortalidad baja de entre 2 y 3% del total de contagiados; el 85% de los contagiados tienen síntomas leves o nulos (niños, adolescentes, jóvenes y adultos menores sanos), es decir que para este porcentaje mayoritario el coronavirus será una gripe común, en muchos casos anecdótico; un 11% podría necesitar hospitalización por neumonía, mientras que un 4% podría necesitar terapia intensiva; de este 4 por ciento saldrían los muertos. Si calculáramos para este mayo un porcentaje muy optimista de 15.000 contagiados en Paraguay y tomáramos como medidas los porcentajes de arriba, el sistema de salud tendría que recibir a alrededor de 1600 hospitalizados, y las unidades de terapia intensiva de los hospitales a 700 enfermos. Con estos números conservadores ya colapsarían los hospitales del país.  Un escenario sanitario ya catastrófico seria 6 mil hospitalizados y 2 mil en terapia intensiva, en donde las casas se convertirían en los hospitales en las que, muy probablemente, mueran los que alcancen el estado respiratorio grave.

Las características de la salud de las poblaciones de México y Ecuador son mucho más cercanas a las de Paraguay, y por esta razón más comparables con nosotros. México es uno de los países con más obesidad en el mundo (75% de su población de 100.010.000). Las estadísticas en este país concluyen que el 70% de los muertos por coronavirus padecían de obesidad. En Ecuador, el virus entró con furia en los grandes barrios de pobres y miserables de la ciudad de Guayaquil (los equivalentes a los Bañados de Asunción), en los que el hacinamiento y las enfermedades cardiovasculares campean. Lejos de las cifras oficiales que comunica el gobierno ecuatoriano, la realidad muestra que en esta ciudad mueren entre 200 a 300 personas al día en sus casas, en las calles y, los menos, en los precarios hospitales. Respecto de los EE.UU. -el país donde hay más obesos en el mundo-, el virus se está ensañando con los más pobres de la población: la afroamericana, el segmento poblacional que más obesidad padece.  Y en ambos países, la obesidad no respeta edad: van desde niños, adolescentes, jóvenes y viejos. Con una realidad sanitaria mucho más diferente que la nuestra, en Europa -con un alto porcentaje de población de adultos mayores pero con jóvenes y adultos menores mucho más sanos- el virus arrasó con los hogares de ancianos y ancianas. Casi el 90% de las muertes registradas en España e Italia corresponden a personas de más de 70 años.

De no controlar un eventual ritmo de contagio y hospitalización explosivos -lo que hasta hoy sí se está pudiendo-, Paraguay puede ver morir, además de muchos de ese 11% de adultos mayores, a miles de jóvenes -menores de 30 años- y adultos menores -menores de 60 años- que padecen enfermedades cardiovasculares: diabetes, hipertensión y obesidad, o que son fumadores y/o alcohólicos, porque el virus ataca centralmente el sistema respiratorio (el pulmón) del cuerpo, dejando sin oxígeno suficiente a los maltrechos corazones de los enfermos. Y lo mas angustiante es que muchos de estos enfermos, ni siquiera saben que lo están.

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