Coronavirus: Encierro manicomial versus Libertad terapéutica

Por Agustín Barúa Caffarena[2]

La Pandemia extiende el manicomio

En el contexto de la pandemia por coronavirus hemos visto múltiples emergentes vinculados a la cuestión de salud mental: Los múltiples efectos nocivos de las lógicas institucionales de depósito como los contagios, los maltratos y hacinamientos en los refugios o el aumento de las medidas represivas en el hospital psiquiátrico. Además los padecimientos de trabajadores de salud con escasa o nula contención en salud mental. También los discursos oficiales gubernamentales de una “guerra contra el virus” que promueve la desconfianza, la hostilidad y hasta el odio, hacia las personas en contacto o en sospecha de contacto con el coronavirus.

Si decir que, con la pandemia, la salud mental ha comenzado a ser reconocida como un tema relevante.

La normalidad manicomial: La normalidad pre-pandemia

Se habla mucho de una “nueva normalidad”. Pero en salud mental ¿cómo era la “normalidad” que teníamos antes?

Dos puntos la ilustran.

El primero. Por todos lados, la locura siempre entendida como algo insultante, avergonzante, descalificante: “Noimbai…  Especial… Demente… Desvariá… Retrasado… Tilinga… Mongo… Personaje… Intensa”.

El segundo. Recuerdo que cuando comenzamos a trabajar en salud mental en el marco de la estrategia de Atención Primaria de Salud (APS) en el Bañado Sur de Asunción, preguntamos qué servicios de salud mental ofrecía el Estado en el territorio. La respuesta fue “recetas de sedantes que te dan los médicos en Capellanes[3]”, y la camioneta de la policía de la comisaría para la que se hacía “vaquita para el combustible para que se lleven a la gente al Neuro”.

O sea, la oferta sanitaria consistía en, por un lado, que la persona sólo es pensada químicamente por lo que lo único que se le ofertan son “pastillas” (reduccionismo biologicista) y, por otro lado, aislamiento y encierro.

Esta precariedad no se ha podido cambiar ni siquiera durante el Gobierno de Fernando Lugo (2008 – 2012). El esfuerzo de iniciar un trabajo sanitario sistemático, territorial – comunitario, participativo en salud con la estrategia de APS fue truncado por aquel golpe parlamentario. Ya sea por falta de coraje en su dirección o por no ser una prioridad de ese ministerio, la Política Nacional de Salud Mental generada para el decenio 2010 – 2020 pese a su enfoque crítico y de avanzada, nunca se puso en acción por lo que no se modificó prácticamente en nada la predominancia de un modelo centrado en lo hospitalario, en la psicofarmacología y en el encierro.

Cuidados, comunidad y derechos: Cambiando el modelo

Proponemos 8 ejes para construir políticas de salud mental en Paraguay más allá de los encierros (físicos con las internaciones compulsivas, químicos con la sobremedicación, simbólicos con las etiquetas psiquiátricas).

  1. Sustitución progresiva hasta su cierre de los hospitales psiquiátricos.
    Generar lógicas de internación para crisis en salud mental no segregativas, no estigmatizantes. Para ello, necesitamos generar experiencias de internación voluntaria: domiciliarias con apoyo de la red de APS, comunitarias en los centros comunitarios de salud mental, y hospitalarias en salas de internación de crisis en hospitales generales.
  2. Potenciar la estrategia de APS.
    Esta tiene características íntimamente vinculadas a un modelo de servicios de salud mental no manicomial. Su cercanía territorial que no desarraiga y que piensa desde la cotidianeidad compleja de cada persona, su abordaje centrado en la salud vincular (y no sólo en lo individual), el promover la participación y el protagonismo de las comunidades para transformar sus realidades. No es de balde la coincidencia entre su lema (“Cerca de la gente”) y lo que nos decían dos grandes maestros[4] “Salud mental es cercanía social”.
  3. Generar una red de servicios comunitarios de salud mental.
    Para sustituir al encierro necesitamos ir a las comunidades, a conocer y a respetar sus culturas locales, a potenciar sus redes locales de cuidados creando redes de servicios de salud mental comunitaria.

Es facilitar y sostener que cada persona tenga derecho efectivo a trabajar y/o estudiar con dignidad (y no como limosna), a socializarse en libertad, y a residir en un lugar donde sea bienvenida en el que tenga soberanía sobre el lugar.

  1. Crear un órgano de revisión contralor autónomo.
    Esta institución es imprescindible para velar por los derechos de las personas que, como última alternativa, sean internadas compulsivamente.

La misma requiere representantes de diferentes estamentos (como organizaciones de derechos humanos, de personas usuarias o ex usuarias) que puedan hacer contrapeso a la psiquiatría manicomial y a su hegemonía cultural.

  1. Formación desmanicomial en las profesionales sanitarias.
    Es imprescindible incidir en la formación de grado y postgrado donde se desnaturalice lo manicomial, se promueva el trabajo interdisciplinario, se valoren lo integral en los abordajes y se incluya la perspectiva de salud mental comunitaria.
  2. Cambiar el paradigma hegemónico en drogas químicas.
    En una sociedad como la paraguaya donde el poder económico y político del narcotráfico es enorme, nos toca repensar como debilitar este poder y un paso es la legalización de las drogas químicas poniendo fin al moralismo químico (la separación en “legales e ilegales”).

Por otro lado, necesitamos ampliar nuestra forma de trabajar con personas complicadas con drogas químicas, complementando al abstencionismo con la perspectiva de reducción de daños.

  1. Desmanicomialización de toda la sociedad.
    El proceso de transformación requiere pensar participativamente como dejamos los hondos prejuicios sobre la diferencia psíquica que son las que demandan encierro a partir de asociar locura con peligrosidad y la cordura como un todo adecuado.

Hay cuestiones culturales claves en Paraguay que, en gran medida ya tienen los valores de esta nueva mirada (inclusión, cuidados, afectos, comunidad) y pueden apuntalarlos como la amistad, lo familiar y los cristianismos.

  1. No puede haber ni salud ni salud mental, sin justicia y bienestar social para toda la gente.

La libertad es terapéutica

Ojalá en este tiempo en que sabemos lo que es no tener libertad, en que sabemos lo que es estar encerrados, en que no sabemos lo que va a pasar, podamos como sociedad aprovechar a apostar a que, en adelante, lo que defina si una  práctica es terapéutica, deje de ser el miedo que tengamos de la otra persona, y pase a ser el cuidado, la comprensión y el derecho a la libertad como algo innegociable.

[1] Este trabajo se basa en lo propuesto en dos encuentros con la Comunidad de Laicos Comprometidos titulados “¿Es posible una salud mental en Paraguay más allá del encierro?: Cuidados, comunidad y derechos” (25 de julio del 2020) y “¿Que políticas públicas  de salud mental necesitamos en PARAGUAY hoy? Protagonizando los cambios” (2 de agosto del 2020).

[2] Médico psiquiatra. Antropólogo. Integrante de ALAMES Paraguay.

[3] Se refiere al Policlínico Capellanes del Chaco del barrio Roberto L. Petit.

[4] Benedetto Saraceno y Franco Rotelli.

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