Cómo salir de un callejón sin salidas

Ilustración: «Operación Aniquilamiento». Dibujo de Lucas Ferreira
Al término formal de la dictadura (que no fue una ruptura con el modelo stronista si no su continuidad) la acumulación fraudenta de las tierras siguió.
A la antigua ganadería extensiva se sumó, un tiempo después, la utilización de las más hermosas tierras del Alto Paraná, Itapúa, Caguazú y Canindeyú para la plantación de las semillas transgénicas. En este proceso se apuró con topadoras la desaparición de las masas boscosas del antiguo Bosque Atlántico. Dejaron el territorio pelado para que unas semillitas trasgénicas, de soja, maíz y girasoles, puedan crecer con el veneno creado para ello: el glifosato. Este veneno envenena ríos, arroyos, humedales y genera malformación del bebé en el vientre materno, además de producir cánceres y problemas respiratorios y cutáneos.
La población campesina, desahuciada, termina en changas y ocupaciones precarias. Y también las indígenas.
La altísima concentración de la tierra tanto para la ganadería como para las semillas transgénicas provoca la expulsión por venenos, por sicarios y por desalojos policiales.
El modelo produce un desastre humanitario y ecológico tremendo. Sequías sucesivas o temporales que arrasan todo a su paso son cuadros de una misma escena. Los extremos se apoderan de todo.
Las caudalosas aguas del Paraná, cuya cuenca era abrazada por los bosques más importantes de Sudamérica, aparecen tristes, mustias, delgadas, Y en ocasiones, el manso y ancho Paraguay no es más que una reliquia de la desolación.
En este marco de súper acumulación y depredación de la tierra han decretado que las «invasiones» de propiedades privadas se conviertan en crimen con pena privativa de prisión de hasta 10 años.
Es tan grande el despojo que no hay forma de defenderlo más que con balas y cárcel.
De todas las tierras públicas, solo durante la dictadura stronista y la mal llamada transición fueron destinadas, regaladas, usurpadas, ocho millones de hectáreas. Ahora, en manos de los popes, quieren defenderlo, no solo con balas si no con cárcel.
Las mejores tierras de nuestro país son para vacas que pastan cada una de ellas en más de una hectárea o para que crezca una semillita matando todo lo que hay alrededor.
Ese modelo que defiende el Partido Colorado, gran parte del Partido Liberal, Patria Querida y no sé quiénes más configura un orden que nos embute en e la miseria citadina, mientras que el poder económico hace y deshace nuestros recursos naturales y nuestras fuerzas productivas.
Hace rato que nos llevan a un callejón sin salidas. El despojo tiene rostro de niños llorando y padres desesperados.
Todos los demás temas son, realmente, una minucia frente a este desmadre humanitario y ecológico. Esta revelación debería hacernos pensar seriamente cuando hablamos de política.
Ningún proyecto popular puede apuntarse en serio si no toma la decisión real, profunda, sagrada, de revertir este cuadro.

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