Cómo el aislamiento y el distanciamiento sociales afectaron la salud mental en Paraguay

Por Arístides Ortiz Duarte

El encierro familiar o individual y el distanciamiento de la vida social para evitar la explosión de contagios del coronavirus, provocaron trastornos del miedo (ansiedad, angustia) y reactivaron enfermedades mentales (depresión, pánico) preexistentes en la sociedad paraguaya. Cuatro profesionales de salud mental narran y analizan cómo fue ese impacto.

El 11 de marzo pasado -cuatro días después del primer caso de contagio por coronavirus registrado en el país- la mayoría de la población, principalmente la que vive en los centros urbanos más poblados, sufrió un cambio radical en su forma de vida: el gobierno nacional decretó una emergencia sanitaria que obligó a la gente a un confinamiento en sus casas, a evitar contactos físicos y a una ruptura con sus relaciones sociales.

Las medidas de aislamiento y distanciamiento sociales desequilibraron a una sociedad con un fuerte hábito de cercanía afectiva y contacto físico en su vida social cotidiana, como ocurre en las sociedades latinoamericanas. Estas medidas se tradujeron en un asedio a la dimensión sico-social de las personas, movilizado por el miedo, la incertidumbre y las enfermedades pre-existentes.

La constante idea de la muerte

Rosa Seifart, sicóloga clínica y miembro de la Asociación Sicoanalítica de Asunción, observó que la situación sicosocial vivida “generó niveles importantes de angustia, estado de alerta y el miedo a la muerte muy presente, la idea de muerte dando vuelta en la cabeza todo el día…”.

Seifart -quien forma parte de un equipo de profesionales de salud mental que realizó terapias virtuales gratuitas de contención durante la cuarentena dura- narró que el aislamiento social evitó el daño del contagio del virus, pero al mismo tiempo nos aisló “de lo que nos hace bien, como el contacto social, la familia, las actividades recreativas, deportivas, los planes sociales…”.

“Las personas consultaron en las terapias por ansiedad y angustia, manifestadas a través de síntomas físicos, como problemas para dormir, dificultad para respirar, problemas con la digestión, contracturas musculares…”, explicó la sicóloga, aclarando que es muy comprensible haberse sentido así durante el encierro, y con más razón personas con enfermedades mentales pre-existentes, agregó.

Según el documento “La carga de los trastornos mentales en la región de las américas-2018”, elaborado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el 35,6% de la carga total de enfermedades (trasmisibles y no trasmisibles) que padece la sociedad paraguaya corresponde a la discapacidad por trastornos mentales, neurológicos y de autoagresión; en Paraguay, el 9,4% de éstas enfermedades citadas corresponde a la depresión.

Un relato de peligro y alarma

Para el médico siquiatra y antropólogo Agustín Barúa Caffarena, integrante del colectivo Noimbái, el sentimiento de incertidumbre jugó un papel desestabilizador en las personas, durante la cuarentena.

“…la incertidumbre, que es la gran referencia en esta pandemia, jugó un papel muy importante: no sabemos de la enfermedad, de su cura, de hasta cuándo estará entre nosotros, de cómo nos contagiará…”.

Barúa Caffarena dijo que el parón de la vida acelerada de la gente, característica de la modernidad, y la obligada vida lenta durante el confinamiento, también produjo rupturas sico-afectivas. “…el apuro viene siendo una impronta de época, ese ideal de la modernidad de que la tecnología nos regalará los botones y los clicks ‘que necesitamos’, volviendo la lentitud un agravio, algo despreciable; con el aislamiento se impuso un frenazo, lo que mueve mucha angustia en la gente…”, explicó.

Respecto del miedo al contagio que vivió la gente, el siquiatra entrevistado criticó a los medios de comunicación por un discurso que promovió el temor social.  “Los miedos por la enfermedad fueron esperablemente frecuentes. Pero creo que desde los medios el discurso ha sido bastante alarmista, de gran volumen y con énfasis, cayendo en un amarillismo represivo. Esta pedagogía del miedo disciplina y vende, y promueve el padecimiento psíquico.”, manifestó.

Japón, uno de los países con más altos índices de suicidio, tuvo una baja de casos durante el confinamiento.

Añadió que el relato de “peligro” o “amenaza” sobre la persona contagiada tuvo efectos terribles en salud mental, volviéndonos “tenebrosamente defensivos” ante las otras personas. Los medios publicaron casos de personas infectadas por el virus que fueron rechazadas y agredidas por sus vecinos en sus lugares de residencia.

“El eslogan ‘Quedate en casa’ es un discurso de un clasismo particularmente agresivo, no solo para quienes viven en la calle, sino para quienes resuelven económicamente su vida en el día a día”, criticó también Barúa, aludiendo al 64,3% de la Población Económicamente Activa que, según la Dirección General de Estadísticas, Encuestas y Censo, trabaja en la informalidad, y a los miles de familias pobres que no tienen las condiciones habitacionales adecuadas, más bien precarias, para quedarse en sus casas y sostener en ellas una vida saludable.

Durante el conversatorio sobre discapacidad sicosocial en Paraguay -realizado del 10 al 12 de diciembre del año pasado y organizado por la OPS y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo-, la médica siquiatra Mirtha Mendoza, exdirectora de la dirección de salud mental del Ministerio de Salud Pública, informó que, del total del presupuesto para salud pública, apenas un 2,4% es destinado a salud mental, recursos complemente insuficientes para las demandas de enfermedades y trastornos mentales, neurológicos y suicidios en el país; Mendoza añadió que de este 2,4%, el 65% es destinado al Hospital Siquiátrico, lo que deja un monto (alrededor de 35%) insignificante para financiar la salud mental de atención comunitaria.

El encierro “irritante” de las familias

La sicóloga Paz Ortiz opinó que el encierro en las casas, producto del confinamiento, fue una situación muy difícil que la gente padeció con intensidad. “Por más que los miembros de una familia se tengan mucho afecto, este abrupto encierro dificultó, sobre todo a las familias numerosas, administrar tiempos, espacios y emociones…esto, además del corte de nuestras relaciones sociales fuera de la casa, generó mucha irritabilidad…”, comentó Ortiz.

Según informes de la Fiscalía General del Estado, el Ministerio de la Mujer y la Policía Nacional, las denuncias de violencia doméstica familiar -trasmitidas a través de los teléfonos disponibles de éstas instituciones- se dispararon en los meses de marzo y abril pasados. Solo en el número del Ministerio de la Mujer, entre el 1 y el 29 de marzo se recibieron 558 llamadas de denuncias de violencia familiar. Sin embargo, según la Policía Nacional, casi no se registraron casos de feminicidios: en abril pasado no se supo de casos de mujeres que fueran asesinadas por sus parejas o exparejas.

Paz Ortiz, quien también formó parte de un grupo de profesionales que contuvo a personas necesitadas durante la pandemia, enfatizó que subieron los niveles de ansiedad y angustia en las consultas de contención, y también “se exacerbaron enfermedades y trastornos pre-existentes en muchas personas, como la depresión o los trastornos del miedo…el encierro y el miedo las desequilibró y necesitaron ayuda…”, añadió.

Según el “Atlas de la Salud Mental en las Américas -2017”, hay 1,39 siquiatras por cada 100.000 habitantes en la región, una cantidad muy baja para la alta demanda de enfermedades y trastornos mentales; en Paraguay hay 1 siquiatra por cada 100.000 de sus habitantes.

Salud no tiene aún información

Pese a los casi tres meses que ya dura el aislamiento social, el Ministerio de Salud Pública aún no tiene informaciones y datos estadísticos que revelen qué impactos está teniendo la pandemia en la salud mental de la población. El médico siquiatra Luis Taboada, actual director de la dirección de salud mental del Ministerio de Salud, informó que su dirección está en plena etapa de recolección de información y evaluación de cómo impactó la pandemia en la dimensión sicosocial.

Los niños son los que más han padecido el encierro social para evitar la propagación del virus.

No obstante, Taboada explicó que es más que presumible que haya afectado el drástico cambio de vida social con su alta carga de miedo ante la posibilidad de contagio del virus.

“Se puede anticipar que el confinamiento social afectó mucho, especialmente a los niños, púberes, adolescentes y jóvenes; no es lo mismo la situación de las personas de tercera edad en el confinamiento y la de los niños y jóvenes, acostumbrados a la vida social activa, al movimiento y a los espacios libres…”, dijo el funcionario público, recalcando que se enfocarán en evaluar cómo la pandemia afectó a estos grupos etarios, mayoritarios en el país.

“En Japón, por ejemplo, la tasa de suicidios bajó un 20% en los dos meses de la cuarentena dura, porque el aislamiento en la familia hizo que los trabajadores japoneses, muy competitivos, evitaran el estrés del trabajo y los niños y adolescentes evitarán el estrés de las escuelas y colegios…pero no podemos comparar Paraguay con Japón, porque aquí tenemos una característica sociocultural de fuerte cercanía social, mientras que en Japón el distanciamiento social es casi normal”, comparó Taboada.

El informe de la dirección de salud mental del ministerio arrojó que alrededor de 450 personas se suicidaron en el 2019, más de una persona por día. Taboada dijo que un aspecto del trabajo de recolección de información y evaluación será el de cuantificar el número de suicidios durante los más de dos meses de la cuarentena.

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