Coloradismo (im)posible

“Un hombre pide prestada a su vecino una jarra de vidrio. Antes de devolvérsela, la jarra se le rompe. Cuando el vecino pide de vuelta la jarra, para zafar, el hombre contesta; primero, la jarra ya estaba rota cuando me la prestó, segundo ya le devolví la jarra y tercero, usted nunca me prestó un jarra”. Cuando se busca defender lo indefendible, los argumentos terminan por ser excluyentes.

Por Miguel Lo Bianco

El Partido Colorado ejerce una dominación en el escenario político desde hace más de 70 años, en los que tuvo a su servicio a toda la maquinaria estatal, que incluye a los 3 poderes del Estado, cargos locales, nacionales, legislativos, ejecutivos, órganos descentralizados, empresas públicas y a gran parte del funcionariado público. A esto se suman los años en los que el stronismo fagocitó a organizaciones de la sociedad civil, como sindicatos, movimientos campesinos, estudiantiles, comisiones vecinales y los puso al servicio de la maquinaria colorada. El Partido Colorado aprendió a consolidar su hegemonía desde las unidades más básicas de organización social.

El coloradismo se consolida a partir de sucesivos golpes de Estado, de disputas internas entre mafias (Rodríguez, José Carlos 1991), su posición hegemónica no nace como expresión y síntesis de “la articulación de voluntades dispersas en una unidad política que busca intervenir en la realidad”. Su rol dominante nace a partir de su sometimiento a una línea de intervención internacional, apadrinada por la política exterior estadounidense, que buscaba consolidar un bloque regional servil en su disputa contra la ahora extinta URSS. Se afianzaría después, con el acercamiento de Stroessner al Brasil, de nuevo en una relación de sometimiento (Nickson, Andrew 2010). Por lo que el ascenso y consolidación de la dominación colorada tuvo más que ver con una correlación de fuerzas  en el plano internacional, que con la manifestación de un proyecto popular.

Las expresiones internas de sectores o liderazgos con vocación democrática existieron, como el mencionado caso de Telémaco Silvera, Epifanio Méndez Fleitas, o movimientos como el MOPOCO. Pero es importante resaltar que ninguna fuerza política es expresión única de una voluntad o una unidad ideológica granítica, por pequeña que sea esa fuerza. No lo es el PC Chino, ni el Partido Laborista Inglés, ni el PRI (Partido Revolucionario Institucional) mexicano. Toda organización está minada de contradicciones internas y líneas en permanente disputa, por lo que hablar de estas contradicciones hacia adentro del Partido Colorado, tiene más un carácter anecdótico que analítico.

Pero aun si consideramos a personajes destacables y movimientos internos que pugnaban por un partido más democrático, más comprometido con la construcción de esa institucionalidad tan necesaria para consolidar un proceso democrático, con todo esto sólo se demuestra que cualquier corriente de este tipo dentro de la ANR está condenada al fracaso y a la marginalidad.

El gobierno de Nicanor Duarte Frutos (2003-2008), fue uno de los mejores en términos macroeconómicos, muy abierto a escuchar a sectores postergados, dando inicio a una serie de políticas sociales, con un discurso imponente y en sintonía con el humor popular (Rojas, Luis 2009). Ese gobierno colorado, de grandes resultados en muchos aspectos, generó una implosión tan grande a la interna de su partido, que lo llevaría a su primera derrota electoral en unas elecciones generales. Como se dijo antes, no hay lugar en la ANR para un proyecto cercano a algo popular.

La fuerza de corrientes nacionales-populares, como el peronismo en Argentina, radica en que su esencia descansa en las clases populares, en las clases subalternas, atraviesa partidos, ideas, atraviesa posiciones de poder con respecto al Estado, su fuerza está en la clase trabajadora, su vigor se basa en que “en ciertas circunstancias, las creencias populares tienen la validez de las fuerzas materiales”, como sostenía Gramsci, se convierte en una superstición que supera la racionalidad material, no está subordinada a políticas públicas, liderazgos transitorios o gestiones de gobierno, el peronismo como fuerza social trasciende por mucho a las condiciones objetivas y su destino parecería inseparable del de la clase trabajadora argentina.

¿Cómo podría un partido cuyo rumbo estuvo siempre adherido de manera simbiótica al Estado, que toda su estructura se basa en su capacidad de paralelear al Estado, vaciarlo y reproducirlo desde las seccionales a través de punteros políticos para dar respuesta a las necesidades populares, cómo podría ser una “representación dramática del pueblo y sus luchas por liberarse”, ese partido que no conoce acción social por fuera del Estado y que ejerce el monopolio de la gestión de las necesidades sociales?

Un partido vinculado históricamente a mafias (Miranda, Aníbal 2002), con el monopolio de los órganos de justicia, de las fuerzas armadas, de un ejército de cientos de miles de funcionarios, un partido que controla los órganos electorales y que puede ser comprado en su totalidad ¿puede un partido así justificar su hegemonía apelando a su elevación como fuerza inmaterial, representando una idea mucho más fuerte que sus condiciones objetivas de existencia? Sólo con mucho descaro o por lo menos ingenuidad, podría contestarse de manera afirmativa estas preguntas.

El Partido colorado se hace materia en las necesidades de la gente, donde el cuerpo raquídeo del Estado no puede responder a la miseria, ahí está la fuerza del partido colorado, responsable directo de ese Estado deformado, con sus punteros y su capacidad de gestionar estas necesidades. Aquí cabe destacar la capacidad de la ANR de ser verdugo y héroe a la vez, la cura a la enfermedad que representan.

Mal podría decirse que millones de paraguayos y paraguayas afiliados al partido colorado sufren una ilusión colectiva y sólo se encuentran sometidos a una relación de dependencia, sin ningún compromiso afectivo o sentido de pertenencia. Lo que se resalta es la idea instalada del Partido Colorado como único gestor posible de las necesidades de la gente y no la representación del “espíritu de la paraguayidad”, como alguna vez señaló Luis María Argaña.

El llamado “mito movilizador” no existe en la ANR, cuya única expresión de fuerza está ligada a procesos electorales, nada despreciables por cierto, pero cuyo éxito es sólo comparable a los niveles de fraude cometidos durante estos procesos. El ‘mito’ es irrefutable en cuanto se identifica con las convicciones del grupo social y se vuelve expresión de esas convicciones, impulsando su movimiento” (Frosini, Fabio). ¿Qué voluntad popular representa el Partido Colorado?

¿Es el mito de un “Condotiero” a decir de Gramsci, un comandante de las fuerzas sociales el que mantiene dominante a la ANR, o son justamente esas permanentes disputas internas, que representan más a mafias que a voluntades populares, las que permiten que una u otra facción de esas mafias tome el control del partido y lo adapte a nuevos tiempos y nuevas circunstancias para seguir al frente en la conducción política del país?

El Partido Colorado no es el mismo que hace 15 años. No, no lo es porque al perder su centro de gravedad en el 2008, alrededor del cual orbita toda su capacidad de generar cohesión interna, que es el control del rumbo de las políticas estatales, tuvo que buscar otra fuerza que lo sostenga, que en este caso fue Horacio Cartes y su frondosa billetera, elemento aglutinador por excelencia dentro de la ANR.

Más que un comandante de las fuerzas sociales, el Partido Colorado es más parecido al director de una serie de tv, que va adaptando su lenguaje, personajes y trama, para que el público siga pegado al televisor, sin preocuparse por el contenido.

Si bien para Marcello Lachi (Lacchi, Marcello 2019), el mito en torno al Partido Colorado gira alrededor del sentido de “paraguayidad”, este elemento tan sólo explica una parte del proceso de construcción del coloradismo, consolidado durante la dictadura de stroessner en su cruzada contra el comunismo “apátrida”.

El mito que sí parecería girar en torno a la ANR, la idea-fuerza que atraviesa al Partido Colorado y que termina convirtiéndose en uno de los elementos aglutinadores, es la idea de que el reducto final donde se resuelven y gestionan todas las necesidades, todos los conflictos sociales, es dentro del partido mismo, su posición de poder genera es en sí un elemento cohesionador. Y en este punto no se habla sólo de gobierno, que no es lo mismo que Estado, que no es lo mismo que poder, se habla de la presencia de la ANR en estos tres momentos.

La capacidad del partido colorado de recompensar cada esfuerzo individual de sus correligionarios en torno al sostenimiento del poder político, parece una fuerza superior a todos los demás elementos que hacen y sostienen a la ANR. Que también cobra la fuerza de superstición, de mito que moviliza mucho más allá de lo racional a ese ejército de punteros que sale de a miles en cada elección a “defender” cada voto, recompensa que está lejos de ser sólo moral.

El partido colorado representa los intereses de las clases dominantes, de la oligarquía conservadora y al mismo tiempo administra las necesidades de las clases subalternas, conjuga una agenda internacional sometido a la política estadounidense, con una agenda local que no colisione del todo con intereses de algunas clases locales. Gerencia capitales privados tradicionales y tutela capitales de nuevos actores económicos, en el mercado legal e ilegal. Un partido así está atravesado, sin dudas, por un sinfín de contradicciones y de líneas políticas en pugna.

Pero todas esas contradicciones internas, propias de absolutamente todo lo que existe, se expresan en una síntesis, también cambiante, pero siempre en la misma dirección. El Partido Colorado no tiene absolutamente nada que ofrecer a las clases históricamente postergadas, la inercia de su historia lo empuja de manera inexorable en el sentido opuesto al de las mayorías populares y su lucha por un Paraguay más justo

Muchos son los coloradismos posibles, pero podemos estar seguros de cuál coloradismo es imposible, un coloradismo al servicio de las clases populares, un coloradismo en defensa de la patria, un coloradismo alejado de las mafias, un coloradismo que fortalezca las instituciones democráticas, ese coloradismo es imposible, más allá de la voluntad de algunos de sus miembros. La superación de la prehistoria política del Paraguay debe pasar, necesariamente, por el derrocamiento de la ANR en todas sus expresiones.

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