Carlos Federico Abente, la siembra del grito silencioso

Por Mario Casartelli

Siempre que muere un poeta –sobre todo un buen poeta– se pierde algo hermoso. En el caso de Carlos Federico Abente ocurre lo contrario: se gana para siempre. Pues se marchó dejando la labor cumplida, con una trayectoria admirable como artista y ser humano sin escisión alguna. “Verso, o nos condenan juntos/ o nos salvamos los dos”, escribió alguna vez José Martí. La frase puede reflejar con precisión también a Abente, porque al mismo tiempo que desarrolló su poesía, se brindó generoso a sus semejantes.

Nació en 1915, en Isla Valle, Areguá. Desde entonces la lengua guaraní se impregnó en sus latidos y lo acompaño aún lejos de la patria, donde también cultivó la lengua española. En él se encarnó a plenitud el bilingüismo que nos caracteriza.

En 1922, cuando el Paraguay se sacudía en golpes y contragolpes continuos de gobiernos, Carlos Federico contaba con siete años de edad y con su madre y su padrastro debieron trasladarse a Formosa, Argentina. La premiosa situación económica los llevó a esas tierras donde, en periplos colindantes, realizó sus primeros estudios. Según datos registrados, desde 1929 a 1934 fue interno de La Fraternidad y estudió en el Colegio del Uruguay Justo José de Urquiza, de Concepción del Uruguay. De vuelta a Buenos Aires, egresó como Doctor en Medicina en 1942. Al respecto, rescatamos una historia suya curiosa: para sostener sus estudios, él debió trabajar repartiendo diarios y oficiando de sparrings en cuadriláteros boxísticos. ¿Se imaginan al poeta y médico generoso, con guantes pugilísticos bailoteando fiero en el ring?

Radicado en Buenos Aires, según datos proveídos por Mario Rubén Álvarez, Carlos Federico Abente impulsó su carrera profesional como cirujano y empresario de la salud. Ofició de cirujano en la Sala 5 del Hospital Municipal Alvear, cuyo Jefe era el cirujano profesor Julio Diez. Abente ingresó al Hospital Alvear como practicante en 1937 y se jubiló en 1969 con título de Médico Honorífico. Comenzó como empresario en sociedad con Simón Israelit, su compañero del Colegio del Uruguay”, Ambos adquirieron el Sanatorio Sarmiento, para lo cual recurrieron a préstamos de amigos y familiares, en 1953. Luego fundaron Policlínica Privada. Y en 1964 Asistencia Médica Sociedad Anónima AMSA, considerada la primera empresa de medicina pre paga de Argentina.

Al principio habíamos hablado de su noble humanismo. Abente sembró flores y semillas de sólida amistad. De ello dan cuenta quienes lo conocieron y fueron atendidos por él en Buenos Aires. En los tiempos agitados de política interna, la diáspora paraguaya, producida por el enfrentamiento cívico-militar de 1947, arrojó filas de compatriotas, entre hombres y mujeres, a esas latitudes. Y muchos de ellos conocieron la dación de Abente, en cuyo hogar u hospital llegaban unos y otros, para sobrellevar la dura vida inicial en tierra extraña. Cuánta gente convergente: José Asunción Flores, Herminio Giménez, Herib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos, Néstor Romero Valdovinos, Cayo Sila Goodoy y otros, se enlazaban, de un modo u otro, para conformar aquel círculo de paraguayidad del cual emergieron tales celebridades artísticas.

A principios de la década del ’40, Abente escribió la letra para la guarania del arpista guaireño Prudencio Giménez, con el título “Islaveña”. Tal nombre nos hace imaginar su memorada vivencia natal. Abente y Giménez se conocieron en las inmediaciones de la pensión de estudiantes en Buenos Aires, y aquel hecho dio inicio a su relación con otros músicos paraguayos, al lado de quienes fue desarrollando su labor poética en lengua guaraní. Hijo del rigor de tantas represiones políticas, no en vano su recurrencia –casi obsesiva– en títulos que se refieren al grito y al silencio, como Che kirîrî asapukái haguâ (Para gritar mi silencio), Kirīrī sapukái (Grito del silencio) Sapukái (Grito) y Sapukái Sunu (Grito del trueno). Estas fueron las metáforas que perfilaron a su generación. Sin embargo, pese al silencio y a la distancia, el Paraguay nunca dejó de gritar en sus venas. Y lo sobrellevó largos años, cantando, contando y sirviendo.

Tuvo el privilegio de llegar, lúcido, a una edad que pocos hombres alcanzan, 103 años, con libros de versos, escritos en guaraní y en español. Y le fue dado legarnos, entre otras, esa pieza emblemática, señera y vital, que es la letra de la guarania Ñemity, compuesta con José Asunción Flores en 1944, la misma que en posteriores épocas de represión política, sobre todo la stronista, fue prohibida. Pero los hombres se van y las obras quedan. El poeta nos dejó esa riqueza suya que ya es nuestra. Carlos Federico Abente, fruto de esta tierra, ha’e ko yvy a.

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