Capitalismo de Estado, por Julio Benegas

No saldremos de la pandemia como hubiésemos querido: con gran comprensión de que este sistema de acumulación de riquezas, de explotación de nuestro tiempo, de nuestra fuerza laboral y sus manifestaciones sicológicas más evidentes: incertidumbre, angustia, paranoia, ya no va más.

Esta civilización capitalista se sostuvo y se consolidó básicamente en la esclavitud. Sobre el comercio de africanos en todo el continente americano: el gran territorio de la extracción de los recursos naturales que luego se procesaban en los países europeos y se vendían otra vez como manufactura.

Fuimos enormes territorios de acumulación de riquezas en los centros de poder imperial, primero en el período mercantil y luego en el período industrial. Lo que hoy vivimos es una suma frenética de transformación de la materia prima, el hacinamiento en mundos urbanos, de enorme deforestación y de alimentación a escala industrial.

Este último tiempo, que se lo denominaba neoliberal, produjo la concentración de riqueza jamás vista en la historia de la humanidad: 3 al 5 por ciento de la población concentra hasta el 60 por ciento de la riqueza.

En este período, esta riqueza está concentrada en a grandes corporaciones trasnacionales. El 45 por ciento de estas tiene su matriz en EE.UU. Es decir, envían sus ganancias, las conseguidas en otros países por súper explotación de mano de obra y recursos, a sus matrices de Estados Unidos. El resto de las trasnacionales se concentra en Japón, Europa y China.

Es una máquina infernal, con cambio de aceite, de pistones, bombas de agua y correa dentada todos los días.

No saldremos por el lado que a muchos de nosotros nos hubiese gustado: parar la máquina y generar nuevos modelos de creación y distribución de riqueza. Desde este lado, la riqueza entendida como la materia trasformada para satisfacer necesidades básicas sin necesidad de explotación, enajenación, hastío, ergo: violencia sistémica.

Habrá, sin embargo, cambios significativos de era. El capitalismo de Estado está demostrando ser más eficiente para asumir las crisis. La concentración de recursos y distribución planificada que se dan en China, Cuba, Alemania, países nórdicos y algunos países orientales más les dan mayores capacidades de detección, prevención y contención de crisis y catástrofes. El neoliberalismo, que no es si no la recreación de las primeras eras de capitalismo industrial, está llegando a su techo como paradigma. Esta situación es la que, entre otras cosas, genera una aparente disfunción en la conducción política, con la exaltación de xenofobias, aporofobias y homofobias a través de grotescas figuras como las de Bolsonaro, Trump y los integrantes de sus pandillas en el mundo.

Ya sus bases subjetivas: el achicamiento del Estado, la privatización de todos los servicios y el éxito individual ho’úma úle. La ilusión de que el éxito está a la vuelta de esquina y que basta con de decir: «aja, hoy es mi día» amóntema.

Estamos en la línea de la frustración. El ascenso prometido es angustia, encierro y soledad.

No es solo cambio de paradigma. Es también cambio de era. El proceso de digitalización en la comunicación y en la producción de manufactura se ha acelerado al punto de generar también la desigualdad más evidente entre los mundos que acceden a full a las nuevas herramientas digitales y los que apenas o precariamente lo hacen.  Por este recorrido la concentración de la riqueza puede ser superior todavía. Esto, a su vez, generará mayor mayor explotación, mayor desigualdad, mayor violencia. He acá que una especie de capitalismo de Estado, de concentrar la riqueza en el Estado y distribuir planificadamente, irá tomando cuerpo como paradigma. Otra vuelta de tuerca dentro de la civilización capitalista.

Zizeg habló de un oscuro comunismo. Yo digo capitalismo de Estado, que ora se puede presentar en su versión de democracia liberal y otra en su versión de partido único.

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