Brasil y los monstruos del crecimiento

Por Julio Benegas Vidallet

Estamos tan lejos y tan cerca de Brasil. Alguna vez, a fines de los 80 y comienzos de los 90 pensábamos, con un grupo de compañeros, que de Brasil vendrían las grandes novedades polìticas y sociales del siglo 20.

Escuchábamos Vinicius, leìamos a Jorge Amado y nos encantábamos con Sonia Braga.

Nos asombramos cómo en plena dictadura militar se consolidaba la fuerza obrera, nacía la Central Unica de Trabajadores (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT) y ubicábamos a Lula en nuestros corazones.

Y algo de razón teníamos los pendejos de entonces. En el país más desigual del planeta de entonces, cuando el neoliberalismo sacó su cara verdadera -al principio se instaló como la avanzada civilizatoria, democrática y moderna-, comenzaba el movimiento de contestación popular más importante, desde las centrales obreras, estudiantes y el Movimiento Sin Tierra.

Este movimiento antineoliberal, de carácter internacional, tendría en el Foro Social Mundial de Porto Alegre su mayor desarrollo teórico y experiencial.

Lula ganó las elecciones en su cuarta presentación a la que llegaba con saco y corbata y con un candidato a vicepresidente empresario, José Alencar, alejado de los piquetes de huelga, de las barricadas que tanto «miedo» les producía a los centros de poder financieros, brasileros y mundiales.

Su gobierno se apostó a una corriente de crecimiento económico sujeto a la explotación de los recursos naturales y abrió fronteras al capital brasilero en África de habla portuguesa y en América del Sur: Al cierre de su primer gobierno, en Africa, las inversiones de capital brasilero pasaron de 1.700 millones de dólares a alrededor de 17 mil millones.

Y con una alta tasa tributaria a la renta, acercó servicios esenciales a poblaciones que vivían en la pobreza absoluta.

En el tiempo se avanzó en la legalización de las tierras en manos de las agrupaciones campesinas, en mejorar ostensiblemente todos los derechos de acceso a la escuela y a la universidad a la gente que antes ni pensaba dicho acceso.

En este tiempo, en el marco de esa explosión de capitales, se consolidó una clase media con tarjetas de créditos, autos nuevos, departamentos, casas y los pobres extremos pasaron a ser pobres «nomás». Ya casi al final del crecimiento «sostenido» de 5, 6, 7 por ciento, y en un retorno de los antiguos gerentes del capital, desde la propia vicepresidencia del gobierno, Michel Temer, se tejió una alianza para sacar a Dilma Roussef.

La mayoría de los diputados votaba por «Dios, la patria y la familia», con discursos tan de las cavernas como el de Jair Bolsonaro, que le dijo a otra diputada que no la violaba porque ella no valía la pena.
En este tiempo también ya los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) eran vinculados con varios casos de corrupción, cosa que produjo, entre otras cosas, que Lula se concentrara más en política interna que en afianzar lo que desde el Sur nació: la alianza Brasil; Rusia; India; China y Sudáfrica, conocida por la sigla Brics.
En este tiempo el capital brasilero se expandió y creció como nunca lo hizo en su historia. Esta consolidación, con alrededor del 30 por ciento de redistribución de sus ganancias, generó un mercado interno de consumo que elevó a sectores pobres a abrazar el estatus de clase media y a sectores muy pobres a acceder a derechos básicos.
Lula, que andaba con charlas aquí y allá, candidato al Nobel, «salvador» de Brasil, tarde se dio cuenta de que debía bajar de las nubes para volver al lugar donde todo empezó: la fuerza obrera. Pero el golpe a Dilma tenía todo previsto: él no sería, por nada del mundo, candidato a presidente.

Fue así cómo, de no tener más que un 20 por ciento de intenciones, al inhabilitarse la candidatura de Lula, un tipo que odia a los negros, a las mujeres y a todas las minorías en general, que reivindica la dictadura militar, ¡paf!, aparece como el candidato más popular.

Hoy todas las encuestas le dan más del 55 por ciento del voto en la segunda vuelta, frente al candidato de Lula, el candidato del PT Fernando Haddad.
Hoy, esa extendida clase media, mayoritariamente blanca, que nunca definió como clase una elección, lo hará en favor de alguien que viene a asegurarles «seguridad» contra los pobres o muy pobres.
Hasta ahí lo que te puedo decir.

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