Bolivia, mi amor

Antes de que el proceso político y social de gran ascenso en Bolivia se hiciera cargo del gobierno, el 80 por ciento de la riqueza producida por las empresas energéticas iba a parar en manos de las trasnacionales. Iba afuera. Cuando ese proceso catapultó a un indio en la presidencia, Evo Morales nacionalizó las empresas, llamó a los patrones y les dijo: «pueden llevar 20 por ciento, no más. Si quieren, se quedan, si no, pueden irse».
Una de esas trasnacionales era Petrobas, de Brasil. «No me pongas la espada sobre la espalda, Evo», le dijo Lula Da Silva aquella vez.
Las empresas, todas, recontrataron con el Estado boliviano. Lo primerito que se hizo con ese dinero fue otorgar por primera vez en la historia del pueblo boliviano la jubilación universal a los adultos mayores.
Cuando los grupos económicos empezaron a bloquear la nueva Constitución, en estudio, con amenazas de bloqueos de terminales, de salidas de gasoductos, Evo Morales y su gente más cercana fueron a una huelga de hambre. Y les dijo a los viejos patrones del país que él ponía su cargo a una nueva elección, como una prenda para destrabar. Aceptaron los antiguos dueños pensando que el gobierno se había debilitado, pero no, en el referendum, del 51 por ciento que había llevado a Evo a la presidencia, pasó al 67 por ciento de votos.
Desesperados, los antiguos gendarmes del capital empezaron los bloqueos de terminarles, de las salidas de gas y del aeropuerto de Santa Cruz. El gobierno de Evo Morales esperó, los policías aguantaron las bombas y los cascotazos, hasta que, en un delirio sicario como la masacre de Curuguaty, los golpistas mataron a un grupo campesino que venía a manifestarse en favor del gobierno. Derrotados en las urnas y derrotados moralmente por el asesinato, el gobierno les preguntó cuál artículo de la nueva Constitución no querían. En coro les dijeron uno solo: no tocar el latifundio anterior. Cerraron trato, sacaron la nueva Constitución sin tocar el anterior latifundio. Ese, a mi criterio, fue el error estratégico de este proceso, pero quien soy yo.
Luego, claro, con la riqueza que se distribuyó en la economía local hubo largos períodos de crecimiento económico, grandes infraestructuras, bonos escolares, hospitales. Y cuando se creía que se había estabilizado el proceso, puf, un golpe certero, coordinado desde la propia OEA (un peón yanqui en la región), con jefes militares y civiles que hace rato querían sacarse la espina de ser gobernados por un «indio».
El golpe fue de mafias, amenazaron de muerte a la hermana de Evo y a varios dirigentes si no renunciaba. Lo obligaron a renunciar en el mismo día en que había aceptado ir de nuevo a elecciones (cual era el supuesto reclamo)
Evo fuera y también su vicepresidente, Alvaro García Linera, el más grande movimiento social y político de Boliva, el MAS, se jugó de nuevo a las elecciones, aun con sus dirigentes amenazados, aun con las quemas de la whipala, aun mestizos de Santa Cruz pateando a las «cholas».
52 por ciento.
Ahí lo tienen Almagro, Camacho y Yánez.
Ahí lo tenemos América del Sur, india, morena y mestiza.
A descolonizarse se ha dicho.

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